La imagen era tan inquietante como inexplicable.
Junto al cuerpo sin vida de Waldo de los Ríos, uno de los compositores más influyentes de la música en España, la policía encontró dos fotografías cuidadosamente colocadas.
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Una era del hombre que había amado en silencio.
La otra mostraba a Jeanette sonriendo, captada durante una cena en París apenas dos semanas antes de la tragedia.
Esa foto bastó para convertirla en sospechosa y para arrastrarla, sin quererlo, al centro de uno de los episodios más dolorosos y silenciados de la historia cultural española.
Jeanette, la voz dulce detrás de himnos eternos como “Soy rebelde” y “Porque te vas”, tuvo que sentarse frente a los investigadores la misma noche del suicidio y explicar qué hacía su imagen junto al cadáver de Waldo de los Ríos.
Aunque no existía ninguna prueba en su contra, el daño ya estaba hecho.
En la España de finales de los años setenta, verse vinculada a un suicidio marcado por el estigma de la homosexualidad era una condena social silenciosa pero devastadora.
Para entender por qué esa fotografía estaba allí, hay que retroceder muchos años atrás, hasta el momento en que la vida de Jeanette se quebró por primera vez.
Tenía apenas 12 años cuando, durante un desayuno aparentemente normal, su padre le anunció que se divorciaría de su madre.
Décadas después, ella misma describiría ese instante con una sola palabra: trauma.
A partir de ese día, todo cambió.
Su madre hizo las maletas y la llevó a España, arrancándola de Los Ángeles, de su idioma, de su mundo conocido.

Barcelona fue un shock brutal para aquella adolescente que no hablaba español y que se sentía completamente perdida.
Sin amigos, sin referencias y sin un lugar al que pertenecer, Jeanette pasó años sintiéndose sola.
La música fue su salvación.
En el sótano de un colegio, con apenas tres acordes aprendidos en una guitarra, compuso “Cállate, niña”.
Tenía 14 años y, sin saberlo, estaba comenzando una carrera que la llevaría a lo más alto… y también al dolor más profundo.
El éxito llegó pronto, demasiado pronto.
Con apenas 16 años, Jeanette encabezaba las listas de popularidad en España mientras aún asistía al instituto.
Pero la fama no fue celebrada en casa.
Su madre, preocupada por sus estudios, le obligó a abandonar la música.
Aquello fue una herida que jamás cerró del todo.
Desde ese momento, Jeanette aprendió una lección que marcaría toda su vida: si no decides tú, otros deciden por ti.

Esa filosofía explica muchas de sus decisiones posteriores, incluidas las que el mundo jamás entendió.
Rechazó colaboraciones con Michael Jackson y Camilo Sesto.
Dijo no cuando cualquier otro habría dicho sí sin pensarlo.
Para ella, la música no era ambición, era supervivencia.
Waldo de los Ríos apareció en su vida como mentor, amigo y figura clave en su carrera.
Genio musical, poderoso dentro de la industria y atormentado en lo personal, Waldo vivía atrapado en una España donde amar a otro hombre era un delito.
Su relación con Jeanette fue siempre profesional y cercana, marcada por el respeto y una complicidad profunda.
Aquella cena en París fue, sin saberlo, una de las últimas noches en las que Waldo fue feliz.
El 28 de marzo de 1977, Waldo de los Ríos se quitó la vida en su casa de Madrid con una escopeta.
Vestido completamente de blanco, dejó tras de sí una escena tan simbólica como perturbadora.
En su tocadiscos sonaba en bucle la voz del hombre que lo había abandonado.
En sus bolsillos llevaba una cantidad inusual de dinero.
Y junto a su cuerpo, las dos fotografías que decían más que cualquier nota de despedida.

La prensa fue cruel.
Insinuaciones, morbo y desprecio marcaron los titulares de la época.
Jeanette fue interrogada, señalada y juzgada sin pruebas.
Aun así, siguió adelante.
Siempre lo hizo.
Como cuando décadas más tarde confesó, sin filtros, que durante los últimos años de enfermedad de su marido rezaba para que muriera, no por falta de amor, sino por compasión.
Una confesión tan brutal como honesta que dejó al público sin palabras.
La humillación pública volvió a alcanzarla en 2023, cuando fue ignorada en el homenaje a Carlos Saura durante los premios Goya.
Otra artista interpretó “Porque te vas” sin que nadie pensara en llamar a su voz original.
Jeanette se enteró viéndolo por televisión.
Aun así, días después, cantó esa misma canción frente al féretro del director, en un acto íntimo y desgarrador, lejos de las cámaras y del ruido.

Hoy, con más de 70 años, Jeanette sigue cantando.
Vive sola, pero en paz.
Se define más rebelde ahora que en su juventud.
Tal vez porque sobrevivió a todo: al desarraigo, a la censura, al escándalo, a la pérdida y al silencio.
Y ahora sabemos que aquella foto junto al cadáver no era un misterio criminal, sino el último refugio emocional de un hombre roto que, antes de morir, quiso aferrarse al recuerdo de alguien que lo hizo sentir humano.
Eso, y nada más, fue Jeanette en esa historia: no una sospechosa, sino una superviviente.