
Jim Caviezel no era un actor marginal cuando Mel Gibson lo llamó.
Venía de protagonizar Frequency, La delgada línea roja y El Conde de Montecristo.
Hollywood lo veía como una estrella en ascenso.
Todo cambió en 2002, cuando Gibson lo invitó a una reunión en Malibú bajo un pretexto falso.
Tras horas de conversación, el director fue directo: quería que interpretara a Jesucristo en La Pasión de Cristo, una película que sabía que sacudiría al mundo… y probablemente destruiría carreras.
Al día siguiente, Gibson fue aún más claro.
Le advirtió que aceptar el papel podía convertirlo en un paria en Hollywood.
Que lo cancelarían.
Que quizá no volvería a trabajar.
Caviezel no dudó.
Respondió con una frase que hoy parece profética: “Cada uno tiene su cruz.
O la cargas, o te aplasta”.
Entonces notó algo inquietante.
Tenía 33 años.
Sus iniciales eran JC.
Para él, no era coincidencia.
Era un llamado.
La preparación no fue solo técnica.
No se trataba de aprender arameo o memorizar líneas.
Gibson quería realismo absoluto.
Quería dolor auténtico.

Y el set comenzó a sentirse diferente desde el inicio.
Miembros del equipo hablaron de sueños extraños, sensaciones de presencia, emociones inexplicables.
Pero nada preparó a nadie para lo que vendría.
Durante la filmación del Sermón de la Montaña, Caviezel fue alcanzado por un rayo.
No metafóricamente.
Un rayo real cayó sobre su cuerpo.
Testigos dijeron que se iluminó como un árbol de Navidad.
Sobrevivió.
Minutos después, el asistente de dirección Jan Michelini se acercó a ayudarlo… y fue alcanzado por otro rayo.
Michelini ya había sido golpeado una vez antes durante el rodaje.
Dos rayos.
En el mismo set.
Estadísticamente absurdo.
Para muchos, espiritualmente imposible de ignorar.
El sufrimiento físico continuó.
En la escena de la flagelación, un error de milímetros hizo que uno de los ganchos del látigo se clavara en la espalda de Caviezel, dejándole una cicatriz de más de 30 centímetros que aún conserva.
Los gritos que se oyen en la película no fueron actuación.
Fueron reales.
Su hombro se dislocó gravemente durante el rodaje.
Aun así, tuvo que cargar una cruz maciza colina arriba.
El dolor era insoportable.
Sin embargo, ocurrió algo que dejó atónitos a los médicos del set: lesiones que normalmente requerirían cirugía y meses de recuperación sanaron en horas.
Radiografías mostraban daños severos una noche… y ninguna lesión visible a la mañana siguiente.
Sin explicación médica.
Durante las escenas de crucifixión, Caviezel desarrolló hipotermia severa.
Estaba semidesnudo, clavado a una cruz, en un acantilado, con vientos helados.
Si la estructura fallaba, moriría.
No había doble.
No había red.
Solo él y el abismo.

En medio del caos, el clima cambió de forma abrupta.
El cielo se oscureció, comenzó a llover solo sobre el set, y el rodaje pudo continuar.
Muchos lo interpretaron como una intervención inexplicable.
Pero el impacto no terminó con el último “corte”.
Tras el estreno en 2004, La Pasión de Cristo se convirtió en un fenómeno mundial, recaudando más de 600 millones de dólares.
Iglesias llenaban cines.
Personas lloraban, se desmayaban, rezaban.
Vidas cambiaban.
Excepto una: la carrera de Jim Caviezel.
Hollywood dejó de llamarlo.
De estrella en ascenso pasó al silencio absoluto.
“No hice nada malo”, diría después.
“Solo interpreté a Jesús”.
Ejecutivos lo consideraban demasiado religioso, demasiado controversial.
Fue, en la práctica, borrado.
El precio también fue físico.
Años después, las secuelas del rayo derivaron en graves problemas cardíacos que lo llevaron a cirugías, incluida una operación a corazón abierto.
Las cicatrices no eran solo visibles.
Eran espirituales.
Y aun así, Caviezel no se arrepiente.
Dice que ese papel no fue una actuación, sino una misión.
Una cruz que sigue cargando.
Ahora, 21 años después, el círculo se cierra.
Caviezel volverá a interpretar a Jesús en La Resurrección de Cristo, que comenzará a filmarse en agosto de 2025.
Será rejuvenecido digitalmente para parecer nuevamente de 33 años.
Como si el tiempo se plegara sobre sí mismo.
Esta vez, entra consciente del precio.
Ayuna.
Reza a diario.
Se prepara como quien entra en batalla.
“No estoy interpretando a Jesús”, ha dicho.
“Le estoy pidiendo que trabaje a través de mí”.
La pregunta ya no es si el papel lo cambiará.
Eso ya ocurrió.
La verdadera pregunta es qué ocurrirá ahora, cuando regrese al fuego sabiendo exactamente lo que puede perder.