Tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, se activaron alertas antiaéreas en Jerusalén ante el temor de una represalia con misiles y una escalada regional

Una alerta en el teléfono bastó para que el miedo tomara forma de sirenas, refugios y calles vaciadas a toda prisa en Jerusalén.
“Acabamos de recibir una alerta en nuestros teléfonos.
Una oleada de misiles balísticos acaba de ser disparada y se dirige hacia nosotros ahora mismo.
Las sirenas sonarán en cualquier momento.
La guerra ha comenzado oficialmente.
Escribo esto desde el refugio antiaéreo”, publicó Isaac, quien se identifica como judío argentino en Israel, en un testimonio que condensa el clima de urgencia tras los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán y la expectativa de una represalia inmediata.
En la capital israelí, el sonido de las alarmas antiaéreas marcó la escena de una ciudad que, de acuerdo con el relato, vio cómo multitudes abandonaban las calles ante la posible llegada de misiles “procedentes de Irán en represalia”.
En ese contexto, el mensaje que circula con fuerza no es solo militar, sino político: la ofensiva se presentó como una operación vinculada a la seguridad y a la preocupación por el programa nuclear iraní, mientras desde Teherán se insiste en la legitimidad soberana de sus actividades.

Para comprender el punto de quiebre, el texto recoge las palabras del líder supremo, Alijaí, defendiendo el carácter pacífico del programa nuclear y cuestionando la interferencia estadounidense.
“El programa nuclear con fines pacíficos no es para la guerra, sino para la administración del país.
Es para la agricultura, es para la medicina y la sanidad, es para la energía y todo aquello que depende de la energía”, afirmó, antes de rematar con una idea central para su narrativa: “Eso que ustedes dicen es nuestro derecho inalienable y absoluto”.
En su argumento, ese derecho estaría “recogido en los propios tratados y estatutos del Organismo Internacional de Energía Atómica”, y por eso lanzó una pregunta directa: “¿Por qué interfieren los estadounidenses?”.
Sin embargo, la tensión internacional no se sostiene únicamente en discursos, sino en la desconfianza sobre la verificación.
En el mismo relato se expone que el organismo internacional encargado de vigilar el uso pacífico de la energía nuclear censuró a Irán por incumplir responsabilidades de cooperación con los inspectores, lo que impedía —según se afirma— determinar si el programa era “exclusivamente pacífico”.
En esa línea, se menciona un dato que alimenta el temor global: Irán habría acumulado “441 kg de uranio enriquecido al 60%” y, si ese material se procesara más, podría equivaler —según se plantea— a suficiente volumen para “al menos una docena de bombas nucleares”.
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El texto intenta traducir ese concepto técnico a una imagen sencilla para el público: enriquecer uranio sería como separar “canicas rojas” de una bolsa llena de “canicas azules”, con el objetivo de concentrar lo útil para energía.
Describe plantas de enriquecimiento como instalaciones altamente vigiladas, y explica el proceso mediante centrifugadoras comparadas con “una lavadora que gira muy rápido”, en la que lo pesado se desplaza hacia afuera y lo liviano queda al centro.
La diferencia entre U235 y U238 se presenta como mínima, pero crucial, y de ahí el peso político del porcentaje: del 3 al 5% serviría para producir electricidad, mientras un nivel “muy enriquecido” podría usarse en armas nucleares, lo que dispara la alarma internacional.
La discusión se conecta además con el orden global establecido por el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968, descrito como un acuerdo que dividió a los Estados entre los que ya tenían armas nucleares reconocidas —Rusia, China, Francia y Reino Unido, al haberlas poseído antes de 1967— y el resto, comprometido a no fabricarlas y a permitir inspecciones.
El texto subraya la percepción de injusticia que acompaña ese esquema, resumida en una frase contundente: “Los que ya tienen armas se quedan con ellas, los demás no pueden hacerlas”, una idea que reaparece como telón de fondo de la disputa actual.

En medio del choque, el relato introduce la propaganda atribuida a Trump como justificación de los ataques: “Nunca tendrán un arma nuclear.
arrasaremos su industria de misiles”.
Pero inmediatamente contrapone un matiz clave, señalando que, “según CNN”, la afirmación de que Irán desarrollaba misiles capaces de alcanzar Estados Unidos “no está respaldada por la inteligencia estadounidense”.
Esa tensión entre certezas políticas y dudas técnicas es precisamente el terreno donde el presidente Gustavo Petro interviene, difundiendo el video que, en la narrativa presentada, apunta a la falta de confirmación sobre la amenaza nuclear mientras la devastación en tierra sí sería innegable.
“El presidente Petro también dijo, ‘Más niños muertos por misiles después de saberse que al menos 24 niñas habrían muerto en una escuela en el sur de Irán, alcanzada en uno de los ataques de la ofensiva de Israel y Estados Unidos’”, recoge el texto, conectando la discusión geopolítica con el costo humano que, en su visión, queda eclipsado por el lenguaje de la seguridad.
En paralelo, se describe que Israel declaró el estado de emergencia, cerró su espacio aéreo y su ministro de Defensa anunció el inicio de una operación conjunta apenas ocho meses después de la última gran ofensiva.
La palabra que, según el relato, vuelve a imponerse como explicación total es “seguridad”, presentada como el argumento que lo cubre todo, incluso cuando el miedo ya no se mide en discursos, sino en sirenas que obligan a escribir desde un refugio antiaéreo.