
Ricardo Blume nació en Lima, Perú, en el seno de una familia marcada por la diversidad cultural y el intelecto.
Hijo de un padre de ascendencia británica y una madre peruana de raíces italianas, creció rodeado de libros, conversaciones profundas y una sensibilidad poco común.
Desde niño fue distinto.
Mientras sus hermanos corrían y peleaban en las calles, Ricardo observaba, escribía y soñaba en silencio.
Su infancia se quebró de forma brutal cuando tenía apenas siete años.
En 1940, un devastador terremoto seguido de un tsunami sacudió Lima y cambió para siempre la vida de su familia.
Perdieron estabilidad, seguridad y certezas.
Pero el golpe más profundo llegó años después, cuando Ricardo tenía trece años.
Su madre enfermó gravemente.
El diagnóstico fue implacable: cáncer.
Murió dejando a la familia sumida en un dolor que nunca terminó de cicatrizar.
Aquel duelo marcó a Ricardo para siempre.
No gritó, no se rebeló.
Escribió.
A los trece años comenzó a volcar su dolor en poemas dedicados a su madre.
La escritura se convirtió en su refugio y en una forma silenciosa de sobrevivir.
Su padre, fiel a una promesa hecha en el lecho de muerte de su esposa, jamás volvió a casarse y dedicó su vida entera a criar a sus hijos, sacrificando todo por ellos.
Durante la adolescencia, Ricardo destacó como estudiante ejemplar.

Callado, disciplinado y profundamente reflexivo, parecía cargar un mundo interior que nadie lograba descifrar del todo.
Amaba el cine clásico mexicano, la música ranchera y los boleros.
Pedro Infante, Jorge Negrete y Dolores del Río alimentaron su imaginación y sembraron una semilla que tardaría en florecer.
Tras terminar la preparatoria, se sintió perdido.
No quería ser médico ni abogado.
No sabía cómo convertir su amor por las palabras en una vida.
Un trabajo temporal en un rancho le dio el espacio para entenderlo: su vocación era el arte.
Poco después, casi por accidente, llegó al teatro amateur.
Ver actores ensayar lo sacudió por dentro.
Entendió que la actuación era su destino.
Allí conoció a Silvia del Río, la mujer que se convertiría en el amor de su vida.
Su relación creció con paciencia y respeto.
Cuando surgió la oportunidad de estudiar artes dramáticas en Madrid, Ricardo dudó.
Irse significaba posponer su boda.
Fue Silvia quien lo empujó a partir.
Si el amor era real, resistiría la distancia.
Y resistió.
Durante cuatro años se escribieron cartas todos los días, sin llamadas, sin atajos.
Palabras sobre papel sostuvieron una relación que desafió océanos y tiempo.
Ricardo vivió con lo justo en España, estudiando, formándose y puliendo un talento que más tarde deslumbraría a millones.
De regreso en Perú, se consolidó como actor, escritor y académico.
Fundó el programa de teatro de la Pontificia Universidad Católica del Perú y dirigió la institución durante ocho años, formando generaciones enteras de intérpretes.
Su impacto en el teatro peruano fue profundo y duradero.
La fama llegó con la televisión.
A los 36 años protagonizó Simplemente María, una telenovela que lo convirtió en un rostro conocido en todo el continente.
El éxito lo llevó a México, donde sería abrazado como uno de los grandes.
Mundo de juguete, Viviana, Muchacha italiana viene a casarse y más tarde María, la del barrio y Marimar lo inmortalizaron como figura paternal y elegante.
Pero su vida personal volvió a ser golpeada por la tragedia.
Su único hijo varón nació con una condición grave y murió poco después.
La pérdida fue devastadora y dejó una herida que jamás cerró.
Silvia y Ricardo siguieron adelante por sus dos hijas, que se convirtieron en su mayor orgullo.
A pesar del éxito, Ricardo nunca dejó de sentirse dividido entre países.
México lo adoraba, pero Perú era su raíz.

Regresó varias veces intentando cumplir su mayor sueño: tener un teatro propio.
Nunca pudo lograrlo.
La crisis económica lo impidió.
Ese fue el único anhelo que no pudo cumplir por sí mismo.
En un giro poético del destino, años después, un teatro en Perú fue nombrado en su honor.
Al entrar y ver su nombre en la fachada, Ricardo Blume lloró.
El sueño se había cumplido, aunque de otra manera.
En sus últimos años, su salud se deterioró.
Muchos creyeron que padecía Alzheimer, pero la verdad era Parkinson.
Su voz y movimientos se fueron apagando lentamente.
Aun así, su dignidad permaneció intacta.
Ricardo Blume murió en octubre de 2020, a los 87 años, en Querétaro, México.
Sus cenizas regresaron al Perú, el país que siempre consideró su hogar.
Se fue en silencio, como vivió, dejando un legado de humanidad, cultura y una ternura que aún habita la memoria colectiva.