
El telescopio espacial James Webb, lanzado en 2021, fue concebido como la máquina del tiempo definitiva.
Su misión era clara: mirar más atrás que nunca, hasta los primeros momentos del universo, utilizando visión infrarroja para capturar la luz más antigua jamás observada.
Lo que nadie esperaba era que, al hacerlo, Webb no solo observara el pasado… sino que pusiera en duda la propia idea de pasado.
Desde sus primeras imágenes, algo no cuadraba.
Las galaxias más lejanas, que supuestamente pertenecen a una época apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang, no se ven primitivas ni caóticas.
Al contrario.
Muchas son grandes, estructuradas, con discos espirales bien definidos, como si hubieran tenido miles de millones de años para evolucionar.
Demasiado orden.
Demasiada madurez.
Demasiado pronto.
Según la teoría del Big Bang, el universo comenzó hace unos 13.
800 millones de años en una explosión inicial, expandiéndose desde entonces.
En ese modelo, las primeras galaxias deberían ser pequeñas, irregulares y escasas.
Pero Webb muestra lo contrario.

Hay demasiadas galaxias, demasiado grandes y demasiado antiguas, en una etapa del cosmos donde simplemente no deberían existir.
Aquí aparece la primera grieta: el tamaño aparente de las galaxias no disminuye como debería con la distancia.
En un universo en expansión, los objetos muy lejanos deberían verse más pequeños o distorsionados.
Sin embargo, Webb revela galaxias distantes que parecen tener tamaños comparables a las cercanas.
Como si el espacio no se hubiera estirado.
Como si la expansión no fuera real… o no de la manera que creemos.
Para salvar la teoría, algunos científicos propusieron que estas galaxias eran increíblemente compactas, microgalaxias con una densidad absurda.
Pero Webb volvió a desmentirlos.
No hay señales de fusiones violentas ni colisiones masivas que expliquen su crecimiento.
Están intactas.
Elegantes.
Tranquilas.
Demasiado perfectas para un universo caótico en su infancia.
Y entonces llegó el golpe más inquietante.
El análisis de los colores infrarrojos revela poblaciones estelares que parecen demasiado viejas.
Algunas estrellas muestran edades superiores a los mil millones de años en un universo que, según el Big Bang, apenas tenía unos pocos cientos de millones.
Esto no es un pequeño error estadístico.
Es una contradicción frontal.
Nada puede ser más antiguo que el propio nacimiento del universo… y sin embargo, Webb parece estar observando exactamente eso.
Ante este escenario, algunos físicos comenzaron a mirar más allá de la cosmología tradicional.
Aquí entra una idea tan radical como perturbadora: el tiempo podría no ser una característica fundamental del universo.
Físicos como Max Tegmark han planteado que el universo podría ser un bloque estático de cuatro dimensiones, donde pasado, presente y futuro existen simultáneamente.
No hay un “flujo” real del tiempo.

Solo diferentes perspectivas dentro de una estructura fija.
Nada ocurre.
Todo simplemente es.
Julian Barbour va aún más lejos.
Para él, el tiempo no existe en absoluto.
Nuestra percepción de una secuencia temporal sería solo una ilusión creada por la memoria.
El universo estaría compuesto por una colección de “ahoras” independientes, como fotografías en un álbum cósmico.
No hay pasado ni futuro, solo configuraciones estáticas del universo.
Si esta visión es correcta, entonces el Big Bang no fue un comienzo, sino simplemente una región más en ese paisaje atemporal.
Y el tiempo, tal como lo experimentamos, sería una construcción mental, no una propiedad del cosmos.
Esto explicaría algo profundamente inquietante: por qué las leyes de la física funcionan igual hacia adelante y hacia atrás en el tiempo.
No hay una flecha temporal en las ecuaciones fundamentales.
El flujo del tiempo podría ser solo una ilusión emergente, no una realidad objetiva.
El problema se agrava cuando se intenta unir la relatividad general de Einstein con la mecánica cuántica.
La gravedad describe un espacio-tiempo suave y continuo.
La física cuántica, en cambio, permite superposiciones, incertidumbre y estados múltiples.
Ambas teorías funcionan de forma espectacular… pero juntas se contradicen.
Algunos investigadores proponen que el espacio-tiempo no es fundamental, sino que emerge de interacciones cuánticas más profundas.
Si el espacio y el tiempo surgen de algo más básico, entonces podrían romperse, desaparecer o comportarse de formas que aún no comprendemos.

Webb, al observar anomalías en las estructuras más antiguas del cosmos, podría estar mostrándonos grietas en esa ilusión.
Nada de esto significa que el tiempo haya sido “refutado” oficialmente.
La NASA no ha hecho tal declaración.
Pero sí es cierto que el telescopio James Webb ha expuesto inconsistencias tan profundas que obligan a replantear nuestras ideas más básicas sobre el origen del universo y la naturaleza del tiempo.
Estamos ante un momento histórico.
Como cuando Copérnico desplazó a la Tierra del centro del cosmos.
Como cuando Einstein curvó el espacio y el tiempo.
Webb no nos está dando respuestas definitivas, pero sí nos está quitando certezas.
Y eso, en ciencia, suele ser el primer paso hacia una revolución.
Si el tiempo no es lo que creemos, entonces nuestra existencia, nuestra historia y nuestro destino podrían ser muy distintos a como los imaginamos.
Tal vez el universo no avanza.
Tal vez siempre ha estado completo.
Y tal vez, al mirar demasiado lejos, el James Webb no encontró el pasado… sino el borde de nuestra comprensión.