El 20 de diciembre de 1994, a las 6 de la mañana, millones de mexicanos se despertaron y el peso había perdido la mitad de su valor de la noche a la mañana, sin aviso, sin que nadie les dijera nada.

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Los que tenían crédito hipotecario despertaron con una deuda que no podían pagar.

Los que tenían negocio propio despertaron con proveedores que cobraban en dólares y clientes que ya no tenían con qué comprarles.

Los que tenían ahorro en el banco despertaron con la mitad de lo que habían guardado a lo largo de años de trabajo.

15,600,000 personas cayeron en pobreza en 2 años.

15,600,000.

Ese es el número que el CONEVAL registró entre 1994 y 1996.

No es una estadística, es una familia en cada colonia de cada municipio de este país que perdió todo.

Mientras tanto, en los días previos al 20 de diciembre, un grupo reducido de empresarios cercanos al gobierno saliente había comprado dólares al mayoreo.

Sabían lo que venía.

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Alguien les avisó.

Ese alguien tenía nombre y ese nombre estuvo protegido durante 30 años.

Carlos Salinas de Gortari no estaba en su casa el 20 de diciembre de 1994.

estaba en el exterior haciendo campaña para convertirse en director de la Organización Mundial de Comercio.

La misma ambición que lo llevó a no devaluar cuando era necesario.

La misma ambición que le costó a 15 millones de mexicanos su patrimonio.

En ese mismo momento en que el pueblo despertaba con sus ahorros a la mitad, el presidente saliente hacía networking internacional para su siguiente cargo.

Eso es lo que significa gobernar para ti mismo.

Eso es lo que significa usar la política como herramienta de acumulación personal.

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Eso es lo que documenta la caja negra que Arfuch encontró esta semana.

Hoy Omar García Arfuch acaba de ejecutar el cateo más importante de su carrera, una propiedad no declarada, registros que sobrevivieron a tres décadas de pactos de silencio y una caja que el innombrable creyó que nunca nadie iba a abrir.

En este video te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre el saqueo del salinismo y te voy a avisar cuando llegue cada una.

La primera, antes de que llegara Carlos Salinas de Gortaria a la presidencia, México tenía un millonario en la lista de forbes.

Cuando Salinas entregó la banda presidencial, había 24 millonarios nuevos en 6 años y la mayoría de ellos salieron de un proceso que el gobierno presentó como modernización, pero que en realidad fue un remate.

La historia de cómo se privatizó Telmex, la banca y más de 11 empresas estatales es la historia de cómo un presidente transfirió la riqueza del pueblo a sus cuates.

La segunda, la partida secreta de Los Pinos durante el sexenio de Salinas fue de 854 millones de pesos.

854 millones.

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Dinero del presupuesto público que el presidente podía gastar sin dar cuentas a nadie, sin auditoría, sin registro.

Raúl Salinas, el hermano del innombrable, terminó con más de 100 millones de dólares en cuentas en Suiza con nombres falsos.

La Fiscalía Suiza dijo que el dinero venía del narcotráfico y la pregunta que nadie ha respondido satisfactoriamente es, ¿cuánto de esa partida secreta llegó a esas cuentas? La tercera, el error de diciembre no fue un error.

Fue el resultado predecible de un gobierno que durante 6 años gastó más de lo que tenía.

emitió deuda que no podía pagar y mantuvo el peso artificialmente fuerte porque el presidente buscaba ser director de la Organización Mundial de Comercio.

El pueblo pagó la cuenta de esa ambición personal y algunos empresarios, los que recibieron información privilegiada se protegieron antes de que el peso se desplomara.

Harfut encontró los registros de esas comunicaciones y la cuarta, y esta es la más pesada de todas, lo que Harf recuperó en la caja negra no son solo documentos del pasado, son registros de una red que no desapareció cuando Salinas se fue a Irlanda.

Son nombres de personas que todavía hoy están activas en la vida política y económica de este país.

Son los vínculos entre el salinismo de 1994 y el sistema que siguió operando después.

Y algunos de esos nombres, según las fuentes cercanas a la investigación, van a sorprenderte.

Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Prepárate.

Para entender lo que Arfuch encontró en esa caja negra, tienes que entender quién es Carlos Salinas de Gortari y de dónde viene.

Y para entender de dónde viene, tienes que entender lo que significa nacer en una familia de la élite política mexicana en los años 50.

No es lo mismo que nacer rico en el sentido convencional.

La élite política mexicana del PRI no operaba con la lógica del millonario que hace dinero en los negocios.

operaba con la lógica del sistema.

El dinero viene del poder.

El poder se hereda a través de la lealtad y la lealtad se mantiene mientras los resultados lleguen.

Es un ecosistema cerrado donde las reglas las escriben los que ya están adentro y donde la única manera de entrar desde afuera es convencer a alguno de los que ya están adentro de que te mereces un lugar.

Carlos Salinas de Gortari nació el 3 de abril de 1948 en la Ciudad de México.

Su padre, Raúl Salinas Lozano, fue secretario de industria y comercio durante el sexenio de Adolfo López Mateos 1958 hasta 1964.

Economista de formación, operador político de vocación, miembro del PRI de sangre.

La familia Salinas no era la más prominente de la élite priista, pero estaba bien conectada, tenía los contactos correctos y les enseñó a sus hijos, desde muy jóvenes, cómo se mueven las piezas del tablero.

Carlos fue el tercero de los Salinas.

Nojo, nojo Raúl, el mayor fue el más agresivo de los tres en términos de sus apetitos.

Enrique, el menor murió años después en circunstancias que generaron muchas preguntas y pocas respuestas.

Y Carlos, el de en medio, fue el más inteligente en el sentido más frío del término, el que aprendió a leer el sistema, a entender sus lógicas, a anticipar lo que el sistema necesitaba antes de que el sistema supiera que lo necesitaba.

Y hay algo que poca gente recuerda sobre los Salinas, que es fundamental para entender lo que vino después cuando Carlos Salinas tenía 3 años.

Algo ocurrió en su casa que marcó a la familia para siempre.

Su hermana Adriana tenía una amiga que venía a jugar.

Los niños encontraron un rifle.

Carlos jalaba el gatillo pensando que era un juego.

La amiga de Adriana murió.

Carlos tenía 3 años.

Nadie lo culpó.

Nadie podía culpar a un niño de 3 años.

Pero ese evento, el peso de una muerte accidental, la protección que el sistema familiar de los Salinas construyó alrededor del niño, la certeza de que ciertas consecuencias podían evitarse si uno tenía los contactos correctos.

Dice algo sobre el ambiente en que creció el hombre que iba a ser presidente en el sistema mexicano de los años 60 y 70.

Los hijos de los políticos tienen un destino casi genético.

Entran a la burocracia, se hacen de posiciones, acumulan poder y el día que llega su momento suben un escalón más.

Carlos Salinas siguió ese camino con una eficiencia que impresionó a todos los que lo conocieron en esa época.

Entró al PRI, fue funcionario de Hacienda, fue subsecretario y en el gobierno de Miguel de la Madrid, 1982 hasta 1988 fue nombrado secretario de programación y presupuesto.

Recuerda ese cargo, secretario de programación y presupuesto.

Porque desde esa posición Carlos Salinas de Gortari diseñó el modelo económico que después ya como presidente aplicó a escala nacional.

Y ese modelo tenía una lógica muy clara.

El Estado mexicano tiene demasiadas empresas, hay que venderlas.

Con el dinero de las ventas se paga la deuda y se moderniza el país.

Esa era la narrativa oficial.

La narrativa real era más complicada porque privatizar empresas en un país donde el gobierno decide quién las compra, a qué precio y bajo qué condiciones, no es modernización, es transferencia de poder.

Es el momento en que el poder político se convierte en poder económico.

Es el momento en que los leales al sistema se vuelven ricos y los ricos al sistema se vuelven leales para siempre.

Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Salinas llegó a la Secretaría de Programación y Presupuesto, sabiendo ya que iba a ser el siguiente candidato presidencial.

No lo sabía con certeza matemática, pero lo sabía de la manera en que los que están dentro del sistema saben esas cosas.

Por el trato que reciben, por las conversaciones que tienen acceso, por los proyectos en los que los incluyen y los que les excluyen.

El poder en el PRI no se anunciaba, se intuía.

Y Salinas tenía una intuición privilegiada.

Con esa certeza en el cuerpo, comenzó a construir su propia red desde la secretaría.

Empresarios que serían sus aliados, tecnócratas que serían su equipo, operadores, que serían sus intermediarios.

Y cuando de la Madrid lo destapó como candidato presidencial del PRI en 1987, la red ya estaba en su lugar.

Pero hay algo más sobre la formación de Salinas que hay que entender para comprender cómo pudo construir lo que construyó.

Salinas estudió en Harvard.

Hizo ahí tanto su maestría como su doctorado en economía, política y gobierno.

Y Harvard en los años 70 y 80 era el epicentro de la Escuela de pensamiento económico que después se conocería como el consenso de Washington.

La idea de que los mercados libres, la privatización, la desregulación y la apertura comercial eran el camino universal al desarrollo.

Era la doctrina que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial exportaban a los países en desarrollo como condición de sus préstamos.

Era el paradigma que definía lo que significaba ser un economista serio en ese momento.

Salinas volvió de Harvard, convencido de esa doctrina y volvió además con algo que los economistas mexicanos que se habían formado en el país no tenían.

El idioma de los organismos internacionales, la capacidad de hablar con el FMI y el Banco Mundial y la Reserva Federal en sus propios términos de presentar las políticas mexicanas en el formato que esas instituciones reconocían como legítimo.

De construir la narrativa del momento México en inglés para el New York Times y el Economist y Financial Times.

Eso no es un detalle menor.

En un país donde el acceso al crédito internacional depende de la confianza de las instituciones financieras globales, tener un presidente que habla su idioma y comparte su marco conceptual es una ventaja diplomática enorme.

Salinas la usó.

La usó para renegociar la deuda externa que había aplastado a México durante la década perdida de los 80.

La usó para construir el TLC.

la usó para presentar las privatizaciones como modernización inevitable en lugar de lo que realmente eran.

Ese idioma internacional fue también el mecanismo de construcción de su imagen.

Cuando Time Magazine ponía a Salinas en portada, cuando las universidades estadounidenses le daban premios, cuando los think tanks de Washington lo invitaban a dar conferencias.

Todo eso construía una reputación que era muy útil de dos maneras.

hacia afuera.

Legitimaba las políticas del gobierno ante los inversionistas y las instituciones internacionales hacia adentro.

Le daba a Salinas una autoridad que era difícil de cuestionar porque venía avalada por los centros del conocimiento económico más prestigiosos del mundo.

¿Quién eres tú para cuestionar las privatizaciones si el FMI dice que son correctas? Esa fue la estrategia de comunicación del salinismo y funcionó.

hasta que los números reales empezaron a emerger.

Miguel de la Madrid lo destapó como candidato presidencial del PRI en 1987.

Y aquí empieza el primer gran escándalo de la historia de Carlos Salinas de Gortari.

Aunque en ese momento muy pocas personas entendieron su verdadera magnitud.

El 6 de julio de 1988 México fue a las urnas.

Los candidatos eran tres principales.

Carlos Salinas por el PRI, Cuautemo Cárdenas por el Frente Democrático Nacional y Manuel Clautier por el PAN.

La candidatura de Cárdenas era histórica.

Era el hijo del presidente más querido de la izquierda mexicana, Lázaro Cárdenas, y representaba la primera vez en décadas que el PRI enfrentaba una oposición que amenazaba seriamente su hegemonía.

Desde las primeras horas de la noche, los datos preliminares mostraban a Cárdenas ganando.

La tendencia era clara.

Las casillas del DF y de varios estados del centro daban una ventaja significativa al candidato de la izquierda.

Los medios que monitoreaban los resultados así lo reportaban.

Los activistas de la izquierda que fiscalizaban las casillas así lo confirmaban.

Y entonces cayó el sistema.

Así literalmente, los sistemas de cómputo de la Comisión Federal de Elecciones, la institución que en ese momento administraba los resultados electorales, dejaron de funcionar en el momento más crítico de la noche.

Manuel Barlet, secretario de Gobernación y responsable del proceso electoral, dijo que el sistema había fallado.

Cuando los sistemas volvieron a funcionar, los números habían cambiado de dirección.

Salinas ganaba.

Cuautemok.

Cárdenas nunca reconoció esa derrota.

Millones de mexicanos nunca creyeron en ella.

Los propios documentos de la elección que de la Madrid mandó quemar años después nunca fueron revisados de manera independiente y la frase “Se cayó el sistema” quedó como el eufemismo más infame de la historia electoral de México.

Porque lo que se cayó esa noche no fue un sistema de cómputo, fue la legitimidad de una elección.

Y lo que subió en su lugar fue un presidente que sabía desde el primer día de su mandato que le debía el puesto no al voto del pueblo, sino a la maquinaria del fraude.

Esa deuda define todo lo que vino después.

Un presidente que llega con deuda de legitimidad necesita compensar de alguna manera esa deuda.

La compensación puede ser genuina.

Gobernar también que el pueblo olvide el origen fraudulento o puede ser cínica, gobernar para los que te pusieron ahí, pagarles con contratos y concesiones y privatizaciones y construir una imagen mediática lo suficientemente poderosa para que la mayoría no note lo que ocurre en los pisos superiores.

Salinas eligió el segundo camino, aunque con suficiente habilidad para que muchos creyeran que era el primero.

El 1 de diciembre de 1988, Carlos Salinas de Gortari tomó posesión como presidente de la República en medio de protestas.

En el Congreso, diputados del PRD gritaban fraude afuera.

Miles de personas en las calles de la Ciudad de México hacían lo mismo.

Salinas entró al recinto legislativo por una puerta trasera para evitar a los manifestantes.

Esa imagen, el presidente que llega a su toma de posesión por la puerta de atrás, fue el presagio de un sexenio que siempre operaría desde las sombras.

Y entonces Salinas hizo algo que pocos anticipaban.

En lugar de gobernar con la defensiva del presidente sin legitimidad, tomó la ofensiva.

Lanzó el programa nacional de solidaridad, conocido como Pronasol, que llevó obras públicas a comunidades marginadas de todo el país, con una velocidad y una visibilidad que ningún gobierno anterior había logrado.

construyó escuelas, pavimentó calles, instaló tiendas de abasto y lo hizo con una eficiencia mediática impresionante.

Siempre había cámaras, siempre había foto, siempre había placa con el nombre del programa.

Pero hay algo que solidaridad tenía, que la mayoría de los programas sociales no tienen.

Discrecionalidad política.

Las obras no llegaban a donde más se necesitaban, llegaban a donde más convenía políticamente.

A las comunidades que habían votado por la oposición se les condicionaba la ayuda.

A las que habían votado por el PRI se les premiaba.

Solidaridad.

No era política social, era control político con Pacaying de filantropía gubernamental.

Y mientras Solidaridad construía esa imagen de modernizador que cuida al pueblo, en los pisos altos del sistema económico ocurría algo muy diferente.

En 1990, Carlos Salinas de Gortari vendió teléfonos de México.

Telmex era en ese momento la empresa de telecomunicaciones más grande de Latinoamérica.

una empresa que llevaba décadas construyendo la infraestructura telefónica del país con inversión pública, que tenía presencia en todos los rincones del territorio nacional, que era, en términos reales, propiedad del pueblo mexicano, porque fue el pueblo mexicano, a través de sus impuestos quien la había financiado antes de venderla.

El gobierno de Salinas la reestructuró, la limpió de deudas, modernizó su contabilidad, la hizo más atractiva para los compradores y ese proceso de limpieza también fue pagado con dinero público.

Es decir, el pueblo de México pagó para limpiar y preparar la empresa que Salinas iba a venderle a sus aliados.

Carlos Salinas la vendió.

La vendió a un grupo de compradores encabezado por un empresario mexicano llamado Carlos Slim.

Elu el precio fue de aproximadamente 442 millones de dólares en acciones y efectivo combinados, más el compromiso de invertir en la expansión de la red.

Pero el precio de compra no es la parte que más importa.

Lo que importa son las condiciones regulatorias que acompañaron la venta.

Telmex recibió un periodo de concesión exclusiva para la telefonía local de varios años, lo que en términos prácticos significaba que el comprador no iba a enfrentar competencia real en su segmento más lucrativo durante el tiempo suficiente para amortizar la inversión y generar ganancias extraordinarias.

Compras una empresa con dinero prestado.

La empresa tiene el monopolio del servicio.

Las tarifas que cobra son superiores al mercado porque no hay competencia.

Con esas ganancias pagas el préstamo y en pocos años la empresa entera es tuya y está libre de deuda.

Ese es el modelo y funcionó exactamente como fue diseñado.

Hay un detalle del proceso de privatización de Telmex que muy pocas personas conocen.

Cuando el gobierno anunció que Telmex iba a ser privatizada, los criterios de selección de los compradores se publicaron oficialmente.

Había un comité evaluador, había un proceso formalmente competitivo, había evaluaciones técnicas y financieras, pero los que estaban más cerca del proceso, los que conocían los criterios antes de que fueran públicos, los que sabían qué cantidad había que ofertar para ganar sin levantar sospechas, los que tenían acceso al secretario de Hacienda, Pedro Aspe, y a los funcionarios de las secretarías relevantes, esos tenían una ventaja que ningún proceso formalmente competitivo podía nivelar.

Ese acceso tenía un precio y ese precio lo pagaban los empresarios que querían participar en las privatizaciones a través de los intermediarios del sistema.

Raúl Salinas fue uno de esos intermediarios.

La partida secreta de Los Pinos fue parte del mecanismo de pago.

Esa es la anatomía del saqueo salinista.

No fue un robo burdo, fue un sistema sofisticado de transferencia de riqueza pública a manos privadas, mediado por información privilegiada, lubricado con la partida secreta y protegido por la impunidad que el sistema político mexicano garantizaba a quienes jugaban con sus reglas en el momento de la venta.

Slim ya era un empresario importante, pero no extraordinario.

Una figura del mundo empresarial mexicano con negocios en varios sectores, pero sin la escala que los llevaría a las listas internacionales.

Después de la compra de Telmex, Eslim se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo.

Eso no es casualidad.

Eso es el resultado de haber comprado a precio de remate con condiciones regulatorias que garantizaban una posición de monopolio durante años.

La empresa de telecomunicaciones de un país que en las dos décadas siguientes iba a crecer exponencialmente en el uso del teléfono, primero fijo y después móvil.

La privatización de Telmex generó una renta extraordinaria para sus compradores.

Una renta que el pueblo mexicano siguió pagando durante años en tarifas que la Comisión Federal de Telecomunicaciones reconoció como superiores a las del mercado.

Telmex fue el caso más visible, pero no fue el único.

Aquí llega la primera cosa que te prometí al principio.

Entre 1990 y 1992, el gobierno de Salinas privatizó 18 bancos.

Los mismos bancos que José López Portillo había nacionalizado en 1982, que habían sido propiedad del Estado durante casi una década, que habían sido administrados con dinero público, los vendió los 18 y recaudó 13,000 millones de dólares en ese proceso.

13,000 millones de dólares.

En ese momento una de las privatizaciones bancarias más grandes de la historia de Latinoamérica.

¿Quién compró esos bancos? Un grupo de empresarios mexicanos que en la mayoría de los casos no tenían experiencia bancaria, no eran banqueros, eran empresarios que el gobierno eligió como compradores.

Y el mecanismo de selección, aunque existía formalmente un comité evaluador, estaba permeado por relaciones de lealtad política que el mundo académico ha documentado con rigor, el resultado fue predecible.

Varios de esos bancos terminaron en crisis pocos años después.

Sus dueños se endeudaron para comprarlos.

Usaron los propios activos del banco como garantía de esas deudas.

Y cuando el error de diciembre golpeó y las tasas de interés se fueron al cielo, los bancos se quebraron.

El gobierno Cedillo tuvo que rescatarlos con el FOBAPROA, el Fondo de Protección al Ahorro Bancario.

El FOBAPROA convirtió deuda privada en deuda pública.

Los banqueros que habían comprado los bancos de Salinas, que los habían administrado para su propio beneficio, que se habían endeudado hasta las rodillas para hacerlo, tuvieron sus deudas asumidas por el Estado mexicano, por el pueblo, por los impuestos de las mismas personas que acababan de perder sus casas con el error de diciembre.

Eso es lo que se llama doble saqueo.

Primero te cobran cuando compran barato lo que es tuyo y luego te cobran de nuevo cuando te hacen pagar sus deudas.

Pero espérate, porque todavía falta la promesa número dos y es peor.

La privatización de la banca fue el ejemplo más dramático, pero el salinismo privatizó en total más de 11 empresas públicas de 1150 que existían en 1982 al inicio del sexenio de de la Madrid, cuando Salinas terminó en 1994, solo quedaban unas 200 900 empresas públicas: mineras, siderúrgicas, aerolíneas, aseguradoras, hoteles, puertos.

Ingenios azucareros, tiendas de gobierno, todo vendido.

Mexicana de Aviación, Aeronaves de México, Altos Hornos de México, Siderúrgica, Lázaro, Cárdenas, Las truchas, Conasupo, la compañía de subsistencias populares que garantizaba precios básicos de alimentos a las familias más pobres del país.

con Asupo no se privatizó en un solo acto.

se fue vaciando, achicando, desmantelando, hasta que la empresa, que garantizaba que los mexicanos de menores recursos pudieran comprar leche y tortilla y maíz a precios que podían pagar, simplemente desapareció y en su lugar quedó el mercado libre, el mismo mercado libre que en las comunidades más pobres de Chiapas significó precios que la gente no podía pagar, que significó que el maíz subsidiado de Estados Unidos llegara a competir con el maíz de los campesinos mexicanos y ganara, que significó que el modelo que prometía modernización para todos produjera, en su práctica real, marginalización para millones.

Con los ingresos de todas esas privatizaciones, el gobierno reportó haber recaudado casi 23,000 millones de dólares y la narrativa oficial decía que ese dinero se destinó al pago de la deuda pública interna y al fondo del pronasol.

Pero la deuda del gobierno de Salinas al terminar el sexenio no era menor que la que había recibido.

Era diferente en su composición.

menos deuda interna, más deuda en tesobonos, que eran instrumentos de deuda denominados en dólares.

El gobierno había emitido tesobonos para atraer inversión extranjera con tasas por encima del mercado.

Y esos tesobonos fueron los que se convirtieron en la bomba de tiempo que explotó en diciembre de 1994.

La modernización de Salinas no era un proyecto de largo plazo, era una burbuja, una burbuja enorme, brillante, perfectamente producida para los medios internacionales que aplaudían el momento México.

Y como todas las burbujas, tenía fecha de vencimiento.

El problema es que el pueblo de México no sabía cuándo vencía el gobierno.

Sí, y hay algo que muy pocas personas saben sobre los meses finales del salinismo, que hace aún más oscuro lo que vino después.

En noviembre de 1994, pocas semanas antes de que Cedillo tomara posesión, hubo una reunión entre los equipos del gobierno saliente y el gobierno entrante.

En esa reunión, el secretario de Hacienda de Salinas, Pedro Aspe, le explicó al equipo de Cedillo la situación real de las reservas.

La situación real de la deuda en tesobonos, la situación real de la economía que Salinas le iba a entregar.

El equipo de Cedillo vio los números y con esos números en la mano, el 1 de diciembre de 1994, Cedillo tomó posesión.

El protocolo presidencial, la banda, el discurso, el handshake.

Y Salinas se fue con la impunidad intacta, con la imagen de modernizador preservada en el imaginario internacional, con los 24 millonarios que había construido todavía muy agradecidos.

Recuerda el número, 29,000 millones.

Ese era el nivel de las reservas internacionales del Banco de México en febrero de 1994.

El punto más alto del sexenio.

El número que Salinas mostraba al mundo como prueba de que su modelo funcionaba.

Guarda esa fecha, febrero de 1994.

Porque en ese mismo mes en Chiapas el llevaba más de un mes con el levantamiento armado y las reservas empezaron a caer y no pararon de caer durante 10 meses.

Y alguien en el gobierno sabía exactamente lo que esa caída significaba.

El 1 de enero de 1994, mientras la mayoría de los mexicanos dormían la resaca de Año Nuevo, el ejército zapatista de Liberación Nacional tomó siete municipios del estado de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Las Margaritas, Altamirano, Chanal, Oxchukuc, Uikstan.

Elle no era un movimiento improvisado.

Llevaba años organizándose en las comunidades indígenas del sureste mexicano bajo la dirección del subcomandante Marcos, una figura que combinaba la retórica marxista con el conocimiento profundo de las comunidades tziles y teltales de los Altos de Chiapas.

El Selen no era solo una guerrilla, era el síntoma de décadas de abandono, de exclusión, de comunidades que el Estado mexicano había ignorado mientras construía su narrativa de modernización y su fecha de irrupción no fue accidental.

El 1 de enero de 1994 era el día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el TLC, la carta de presentación de Salinas al mundo desarrollado, El certificado de membresía al club de los países modernos y el le decía al mundo ese mismo día.

Para los pueblos indígenas de Chiapas, el TLC es una sentencia de muerte.

El TLC eliminaba los aranceles que protegían a los productores agrícolas mexicanos de la competencia de los productos subsidiados de Estados Unidos.

El maíz americano, cultivado con tecnología industrial y apoyado con subsidios federales del gobierno estadounidense iba a inundar el mercado mexicano a precios que los campesinos mexicanos no podían igualar.

Para las comunidades indígenas de Chiapas que dependían del cultivo del maíz para sobrevivir, el TLC no era modernización, era la destrucción de su modo de vida.

El subcomandante Marcos lo dijo con una claridad que los análisis económicos de ese momento rara vez igualaron.

Preferimos morir en combate que morir lentamente del hambre y la miseria.

Salinas respondió primero con operaciones militares, después con negociaciones, nombrando a Manuel Camacho Solís como comisionado de paz.

Y en pocos semanas eln dejó de ser el tema central de la agenda política porque otro tema se impuso.

La irrupción zapatista fue el primer crack en la fachada del milagro salinista y a ese crack le siguieron dos golpes que cambiaron el rumbo de México para siempre.

El 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio fue asesinado en Tijuana.

Ya en el guion anterior hablamos de eso con detalle.

Lo que importa aquí es el efecto económico inmediato.

El asesinato del candidato presidencial disparó la fuga de capitales con una fuerza que los instrumentos del Banco de México apenas podían contener.

Los inversionistas extranjeros que habían metido dinero en tesobonos y en cetes durante el salinismo empezaron a preguntarse si el país era tan estable como el gobierno decía, y algunos empezaron a sacar su dinero.

Las reservas cayeron más.

El Banco de México intervino, compró pesos, emitió más tesobonos para estabilizar el tipo de cambio, pagó tasas más altas para mantener el atractivo de la deuda mexicana para los inversionistas extranjeros.

En términos sencillos, el gobierno se endeudó más a tasas más caras para evitar que el peso se devaluara antes de las elecciones de agosto de 1994, porque Salinas no podía permitir una devaluación antes de las elecciones.

Cedillo tenía que ganar y para ganar el peso tenía que mantenerse, aunque eso significara agotar las reservas.

Cedillo ganó las elecciones de agosto de 1994.

Las reservas siguieron cayendo.

El 28 de septiembre de 1994, otro disparo en la Ciudad de México, esta vez en las afueras del hotel Casablanca en la colonia Tepellac.

El blanco era José Francisco Ruiz Masieu, secretario general del PRI, excuñado de Salinas, había estado casado con Adriana Salinas.

hermana del presidente y recién nombrado como coordinador de los diputados priistas en la Cámara de Diputados.

Era el hombre que iba a liderar la agenda legislativa del gobierno de Cedillo.

Ruiz Maieu cayó con cinco disparos.

Su hermano Mario Ruiz Masieu, subprocurador general de la República, fue nombrado por el propio Salinas para investigar el asesinato y Mario, en lugar de investigar encubrió, desvió las investigaciones, protegió al autor intelectual y ese autor intelectual, según lo que la PGR estableció años después, era Raúl Salinas de Gortari, hermano del presidente.

Carlos Salinas ordenó el asesinato de su excuñado.

Esa acusación nunca llegó a juicio.

Pero el pliego de consignación que la PGR presentó ante un juez en 1995 decía algo devastador, que en marzo de 1993, en una reunión en palacio presidencial, los hermanos Carlos, Raúl y Adriana Salinas de Gortari, junto con su padre Raúl Salinas Lozano, habían discutido la necesidad de eliminar físicamente a Ruiz Masieo porque se les había salido del jacal y estorbaba al proyecto salinista.

¿Era verdad ese pliego de consignación? ¿Era evidencia sólida o era fabricación de la Procuraduría de Cedillo que tenía sus propias razones políticas para destruir al salinismo? Esas preguntas quedaron sin respuesta definitiva porque Raúl Salinas fue absuelto en 2005 y el caso nunca llegó a un juicio completo sobre la autoría intelectual.

Lo que sí quedó claro, lo que ningún proceso judicial pudo desmentir fue que durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari ocurrieron dos magnicidios en el mismo año, que su hermano terminó con más de 110 millones de dólares en cuentas en Suiza con nombres falsos, que el hermano de la víctima nombrado para investigar el crimen encubrió al sospechoso y que el presidente que presidía todo ese caos salió de la presidencia sin una sola acusación.

formal en su contra.

En ese momento con el candidato presidencial muerto en marzo y el líder del partido muerto en septiembre, con el ECLN en Chiapas y las reservas internacionales en caída libre, con las tasas de interés globales en alza, con el déficit en cuenta corriente en niveles insostenibles, la crisis era matemáticamente inevitable, pero el gobierno de Salinas no hizo nada, nada.

Durante los 5 meses que separaron el asesinato de Ruiz Masu septiembre de 1994 del fin del sexenio de Salinas, 30 de noviembre de 1994, el gobierno no implementó ningún ajuste económico, no devaluó el peso, aunque era necesario, no redujo el déficit, no tomó medidas para frenar la hemorragia de divisas, siguió emitiendo tesobonos a tasas por encima del mercado para financiar los compromisos del gobierno.

¿Por qué? La respuesta más documentada, la que los analistas económicos del Banco Mundial, del FMI, de las universidades más serias del mundo, han señalado durante 30 años es que Salinas no quería devaluar porque eso hundiría su imagen en el momento en que buscaba ser elegido como director general de la Organización Mundial de Comercio.

buscaba ese cargo, quería esa plataforma internacional y una devaluación del peso en el último mes de su gobierno habría destruido cualquier posibilidad.

El pueblo de México pagó la cuenta de esa ambición personal.

Las reservas cayeron de 29,000 millones de dólares en febrero de 1994 a 10,457 millones.

El 19 de diciembre de ese año, el 20 de diciembre de 1994, el nuevo gobierno de Ernesto Cedillo anunció la devaluación.

Y aquí llega la segunda cosa que te prometí.

Aquí llega la segunda y prepárate.

La noche del 19 de diciembre de 1994, horas antes de que el gobierno de Cedillo anunciara públicamente la devaluación, el secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche convocó a una reunión a un grupo de empresarios.

La convocatoria fue discreta, no había comunicado oficial, no había lista pública de asistentes, una reunión en las oficinas del gobierno donde se les informó que el peso iba a devaluar esa información era oro.

¿Quién tenía esa información? Antes que los mercados podía convertir sus pesos a dólares antes de que el tipo de cambio subiera.

Podía cubrir sus deudas en dólares antes de que el costo se disparara.

Podía proteger su patrimonio mientras el resto del país dormía sin saber lo que vendría en la mañana.

Los empresarios que asistieron a esa reunión usaron la información.

Al día siguiente, cuando el peso se devaluó y las familias mexicanas despertaron con la mitad de sus ahorros, esos empresarios ya tenían sus posiciones cubiertas.

Esto no es especulación, está en los registros.

El periódico Milenio lo documentó con claridad.

Los asistentes a esa reunión nocturna se ahorraron la pesadilla de la crisis porque fueron advertidos.

La fuga de reservas en los días previos al anuncio de la devaluación fue significativamente mayor de lo que los datos oficiales explicaban.

Alguien antes del anuncio público estaba comprando dólares al por mayor.

¿Quiénes eran esos empresarios? Esa lista nunca fue completamente pública.

Y aquí hay que ser muy preciso sobre lo que estamos diciendo y lo que no estamos diciendo.

Lo que está documentado es que esa reunión ocurrió, que empresarios asistieron, que recibieron información antes que el público general, que algunos usaron esa información para proteger sus posiciones antes de la devaluación.

Eso está en el registro histórico.

Lo que no está documentado con certeza judicial es la identidad completa de todos los asistentes y la magnitud exacta de las operaciones que realizaron con esa información.

Eso es exactamente lo que Arfuch fue a buscar.

Según las fuentes cercanas a la investigación, entre los documentos que el equipo aseguró en la propiedad catada, esta semana se encuentran registros de comunicaciones y reuniones de los últimos días del gobierno de Salinas que incluyen nombres, nombres que el sistema protegió durante 30 años.

Nombres de personas que en diciembre de 1994 usaron información privilegiada para salvarse mientras el pueblo de México se hundía.

Lo voy a repetir.

Mientras 15 millones de mexicanos caían en pobreza en 2 años, hay personas que sabían lo que venía, que protegieron su patrimonio con esa información y cuyos nombres nunca aparecieron en ninguna investigación oficial.

Hasta ahora, páralo un segundo, deja que eso entre.

Piensa en lo que eso significa en términos de justicia, que el 20 de diciembre de 1994, en la misma ciudad, en el mismo momento, unas familias despertaron con la mitad de sus ahorros evaporados y otras familias despertaron con sus posiciones dolarizadas y su patrimonio intacto, y que la diferencia entre unos y otros no fue el talento o el esfuerzo, fue el acceso a una reunión nocturna a la que algunos fueron invitados y otros No, eso se llama tráfico de información privilegiada y en la mayoría de los países desarrollados es un delito penal.

En México en 1994 no hubo ningún proceso por eso.

Y ahora llegamos al hermano, porque ninguna historia del salinismo está completa sin hablar de Raúl Salinas de Gortari, el hermano incómodo, el hombre que el propio Miguel de la Madrid, antecesor y mentor político de Carlos Salinas, le dijo a Carmen Aristegui en una entrevista que robó como loco.

Palabras del expresidente que lo había puesto en el camino al poder.

Palabras que la familia de la Madrid intentó desmentir al día siguiente diciendo que el anciano ya no estaba en sus cabales, pero las palabras ya habían salido.

Y todos los que conocían al sistema sabían que de la Madrid estaba diciendo la verdad.

Raúl Salinas de Gortari no era funcionario público durante el sexenio de su hermano.

No tenía un cargo oficial.

No aparecía en el organigrama del gobierno, pero tenía algo que vale más que cualquier cargo.

Acceso, acceso al presidente, acceso a la información que solo circulaba en los círculos más íntimos del poder, acceso a los funcionarios que decidían qué empresa iba a ser privatizada, en qué momento, bajo qué condiciones.

Ese acceso no es abstracto.

Es un servicio que se puede prestar.

Los empresarios que querían participar en las privatizaciones necesitaban saber cómo funciona el proceso por adentro, qué secretario llamar, qué funcionario persuadir, qué cronograma manejar, qué cantidad ofertar para ganar sin levantar sospechas.

Raúl Salinas tenía esa información y la vendía.

Eso es lo que los investigadores suizos, los que pasaron 13 años revisando sus cuentas, concluyeron que el dinero en esas cuentas era el producto de servicios de información privilegiada y de protección política que Raúl Salinas prestó durante el sexenio de su hermano y ese dinero no era poco.

En noviembre de 1995, Paulina Castañón, esposa de Raúl Salinas, fue detenida en Ginebra cuando intentaba abrir una caja de seguridad en el banco Pictet Etsi.

Dentro de esa caja había un pasaporte falso con la fotografía de Raúl Salinas, pero con el nombre de Juan Guillermo Gómez Gutiérrez, y documentos de 17 cuentas bancarias en instituciones suizas a nombre de ese alias y de otros.

17 cuentas en Pictet ETS, en Julius Baer Bank, en Banque Privé Edmund de Rotschield, en el Citybank de Zurich.

La operación de ocultamiento era sofisticada.

Raúl Salinas no tenía las cuentas directamente a su nombre.

Las tenía a nombre de alias que había construido con pasaportes falsos.

Los fondos se movían de una cuenta a otra a través de transferencias que dificultaban rastrear el origen.

Había empresas pantalla en diferentes jurisdicciones.

Había testaferros que firmaban documentos.

Todo el aparato de un sistema diseñado para hacer invisible a quien tenía el dinero invisible el origen del dinero.

La fiscal suiza Carla del Ponte, que después se haría mundialmente conocida como fiscal del Tribunal Penal Internacional, que procesó a líderes de genocidios en Ruanda y en la exYugoslavia, llegó a una conclusión sin ambigüedades después de años de investigación.

El dinero en esas cuentas provenía del narcotráfico, de sobornos que traficantes de droga habrían pagado al hermano del presidente por la protección de sus cargamentos durante los años del gobierno de Salinas.

Raúl Salinas negó siempre esa conclusión.

dijo que el dinero era el resultado de inversiones legítimas de empresarios mexicanos que le habían confiado fondos, que él era el gestor de esas inversiones, que todo tenía origen lícito.

El problema es que cuando investigadores del Tribunal Federal Suizo intentaron rastrear el origen concreto de los fondos, los empresarios mexicanos, que supuestamente eran los dueños del dinero, daban versiones que no cuadraban.

Algunos admitían haber transferido dinero, pero no sabían bien en qué condiciones.

Algunos admitían relaciones de negocios con Raúl, pero no recordaban los detalles.

La cadena de evidencia nunca fue lo suficientemente sólida para probar el narcotráfico más allá de toda duda razonable.

y Raúl Salinas fue absuelto del asesinato de Ruis Maieu en 2005 después de 10 años en la cárcel y el proceso por el dinero suizo terminó con Suiza devolviendo a México 74 millones de dólares de los 110 congelados con la conclusión de que ese dinero había sido defraudado, pero sin que nadie fuera a la cárcel por el fraude.

Ese es el sistema en su versión más perfeccionada.

Ya abordamos el hermano, pero hay un tercer elemento de la anatomía del salinismo que ninguna investigación ha podido abrir del todo.

Esta es la tercera y necesito que pongas atención.

La partida secreta de Los Pinos durante el sexenio de Salinas fue de 854 millones de pesos.

Ese no es el presupuesto total de la presidencia, es específicamente la partida secreta, el dinero que el presidente puede gastar sin dar cuenta a nadie, sin auditoría, sin registro público.

Una práctica que existía en todos los exenios, pero que bajo Salinas alcanzó dimensiones nunca vistas.

854 millones de pesos a la paridad de los años 90.

Era una cantidad que te permitía hacer muchas cosas sin dejar rastro, comprar lealtades, pagar silencios, financiar operaciones que el Estado no podía registrar oficialmente.

Y Raúl Salinas, según el expediente que la PGR abrió en 2001 bajo el gobierno de Vicente Fox, cuando había algo más de voluntad política para investigar al salinismo, era el principal operador de esa partida.

El expediente de ese caso tiene páginas que describen cómo funcionaba el mecanismo.

Raúl Salinas recibía las bolsas de dinero, las distribuía según las instrucciones de su hermano y en el proceso se quedaba con su parte.

No como roba un funcionario que mete la mano en la caja chica, como opera un intermediario que cobra comisión por cada transacción que facilita.

¿Qué tipo de transacciones? Esa es la pregunta que los investigadores de la PGR, que durante el sexenio de Fox intentaron responder con más seriedad que en los sexenios anteriores, no pudieron completar.

La partida secreta no deja registros por diseño.

Su razón de existir es precisamente no tener registros.

Pero alguien guardó algo.

Ese es el principio que guía el cateo de Harf esta semana.

No los registros que el sistema creó para ser descubiertos.

Los registros que el sistema creó para su propio uso interno y que alguien, por alguna razón que todavía no entendemos del todo, no destruyó.

Según las fuentes cercanas a la investigación, entre los documentos recuperados en la propiedad catada hay un registro parcial del uso de la partida secreta en los últimos 2 años del sexenio.

Un registro que tiene entradas con fechas, con montos y con categorías que los investigadores están intentando descifrar.

Ese registro tiene entradas, fechas, montos y frente a cada entrada una categoría protección, acuerdo, compensación, operación especial.

¿Qué significa cada categoría? Eso es lo que la investigación de Harfoods está intentando descifrar, pero hay una categoría que se repite en los documentos con una frecuencia que no puede ser casual.

Una categoría que aparece en las semanas previas a dos eventos específicos de 1994, las semanas previas al 23 de marzo y las semanas previas al 28 de septiembre.

Las fechas del asesinato de Colosio, del asesinato de Ruis Masieu.

Deja que eso entre.

No estamos diciendo que esos documentos demuestren que Salinas ordenó los asesinatos.

Eso sería un salto que la evidencia disponible no permite dar.

Pero sí estamos diciendo que en los documentos que Harfs recuperó hay pagos de la partida secreta en las semanas previas a los dos magnicidios más grandes de la historia moderna de México y que la investigación va a tener que explicar qué fueron esos pagos.

Lo voy a repetir porque importa.

La investigación de Arfuch no acusa a nadie todavía.

tiene documentos, tiene registros, tiene patrones que requieren explicación y esos patrones son suficientemente incómodos para que el sistema haya protegido esa caja negra durante 30 años.

Y ahora la cuarta, la más pesada de todas, lo que hace que los documentos que Arfuch recuperó sean cualitativamente diferentes a todo lo que ha circulado sobre el salinismo durante tres décadas.

Es esto, no son análisis periodísticos.

No son libros de académicos, no son declaraciones de testigos que el sistema puede desacreditar, son registros internos del propio sistema.

Son los documentos que el sistema generó para su propio uso y que alguien por alguna razón no destruyó.

Y aquí hay que hacer una pausa para hablar de algo que generalmente queda fuera de las historias sobre el salinismo.

Durante 30 años, desde que Carlos Salinas salió de Los Pinos hasta hoy, han gobernado México cinco presidentes.

Ernesto Cedillo, que terminó su sexenio en 2000.

Vicente Fox, primer presidente no priista en 70 años, Felipe Calderón, que apostó todo a la guerra contra el narco, Vicente Enrique Peña Nieto, que trajo de regreso al PRI, y Andrés Manuel López Obrador, que prometió la cuarta transformación, cinco presidentes, tres décadas.

Y ninguno de ellos abrió de manera completa y efectiva el expediente del salinismo.

¿Por qué? La respuesta más fácil, la que el discurso de izquierda suele dar es que todos fueron cómplices, que el sistema protege al sistema, que la élite política y empresarial que Salinas construyó siguió siendo suficientemente poderosa para que ningún presidente quisiera enfrentarla.

Hay algo de verdad en eso, pero hay también una explicación más específica y más concreta.

El salinismo no se fue cuando Salinas se fue.

Los empresarios que se beneficiaron de las privatizaciones siguieron siendo empresarios con contratos que el gobierno, cualquier gobierno, necesitaba.

Los tecnócratas que diseñaron el modelo salinista siguieron siendo los expertos de referencia en las instituciones financieras internacionales, en los bancos centrales, en los despachos consultivos que los gobiernos posteriores contrataban.

Los operadores políticos que manejaron las redes del salinismo siguieron siendo brokers de influencia, personas sin cargo oficial, pero con capacidad real para mover acuerdos.

Ese es el legado más peligroso del salinismo.

No el fraude de 1988, no las privatizaciones, no las cuentas en Suiza.

La red, la red que sobrevivió al sexenio porque fue diseñada para sobrevivir al sexenio.

la red de intereses cruzados entre el poder político y el poder económico, que el salinismo institucionalizó de una manera que ningún gobierno posterior pudo o quiso desmantelar completamente.

Y esa red tiene nombres, nombres que no aparecieron en ningún proceso judicial, nombres que no figuran en ningún reportaje sobre el salinismo, nombres de personas que en 1994 estaban en posiciones perfectas para beneficiarse de la información privilegiada, de las privatizaciones, de los contratos, de la partida secreta y que después continuaron en la vida pública de este país bajo otras lealtades con otros otros discursos, pero con las mismas redes.

Según las fuentes cercanas a la investigación de Arf, esos nombres están en los documentos que fueron asegurados esta semana.

No todos son del pasado.

No todos se retiraron a vivir de sus rentas en algún punto tranquilo del mundo.

Algunos siguen activos en empresas, en consejos de administración, en instituciones, en posiciones desde las que siguieron acumulando y operando mucho después de que Salinas dejó el poder.

Y eso es lo que convierte a la caja negra en algo más que una reliquia histórica.

No es un archivo del pasado, es el mapa de una red que sigue operando en el presente.

Esa es la cuarta promesa y esa es la razón por la que el sistema protegió esa caja durante 30 años.

Porque si los nombres de los que se beneficiaron del salinismo en 1994 son también los nombres de los que siguieron operando después.

Entonces, el caso Colosio, el caso Ruiz Masieu, el error de diciembre, las privatizaciones no son historia, son el origen de un sistema que todavía funciona y los que siguen beneficiándose de ese sistema tienen razones muy concretas para que esos nombres no salgan.

Arfuch tiene ahora esa lista.

Y la pregunta que define lo que sigue es si el sistema mexicano tiene la capacidad o la voluntad de hacer algo con ella.

No lo sabemos todavía.

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