Los padres de Yeison Jiménez rompieron el silencio seis días después de su muerte y relataron que tanto ellos como el propio cantante tenían presentimientos persistentes y una sensación extraña antes de sus últimos viajes.

Por primera vez, los padres de Yeison Jiménez hablaron públicamente sobre los días previos al accidente aéreo que estuvo a punto de cambiarlo todo.
Lo hicieron con una serenidad cargada de emoción, reconstruyendo recuerdos íntimos, conversaciones profundas y silencios que hoy adquieren un significado distinto.
Lejos del ruido mediático, su relato dibuja el retrato de un hijo sensible, disciplinado y consciente de la fragilidad de la vida, incluso en el momento más alto de su carrera artística.
“Nosotros sabíamos que algo no estaba bien”, confesaron con la voz quebrada.
No se trataba de miedo sin razón, explican, sino de presentimientos persistentes que se colaban en la rutina familiar.
Días antes del viaje, el ambiente en casa se sentía “distinto, pesado”, como si algo invisible estuviera anunciando un giro inesperado.
Las noches se volvieron inquietas y el descanso difícil, mientras pequeñas señales se acumulaban sin explicación.
Desde niño, recuerdan, Yeison fue un muchacho inquieto y profundamente observador.
Antes de los escenarios, de los aplausos y del reconocimiento, ya mostraba una sensibilidad poco común.
En casa seguía siendo el mismo hijo que se sentaba a conversar de madrugada, cuando el ruido del día se apagaba.
“Hablábamos de la vida, no de la fama”, cuenta su madre.
En esas charlas, Yeison hablaba del cansancio que no se ve, de la presión por no fallarle a nadie y de un ritmo acelerado que a veces lo hacía sentirse fuera de lugar.

Con el paso del tiempo, esas conversaciones adquirieron un tono más reflexivo.
“Empezó a decirnos que tenía presentimientos, que soñaba cosas que se repetían”, relatan.
No lo decía con dramatismo, sino con una calma que inquietaba.
Su padre intentaba tranquilizarlo, aunque en el fondo también percibía ese silencio raro que se instala cuando algo se acerca sin avisar.
“Nos pidió varias veces que nos cuidáramos mucho y que estuviéramos unidos, pasara lo que pasara”, recuerdan.
En ese momento, no entendieron el peso real de esas palabras.
Cada viaje traía consigo una atmósfera distinta, especialmente cuando sabía que debía subirse a una avioneta.
Su madre notaba que ya no hacía las bromas de siempre y que comía en silencio, mirando fijo por la ventana.
“Era como si estuviera pensando demasiado”, dice.
Su padre trataba de hablarle de proyectos futuros y conciertos por venir, pero Yeison respondía con frases cortas, como si su mente estuviera en otro lugar.
Una noche, antes de uno de esos trayectos, se sentó con ellos sin prisas ni celular, algo poco habitual.
Habló de la vida con una madurez que los sorprendió.
“Cuando uno está en el aire entiende lo poco que controla el destino”, les dijo, y explicó que por eso había aprendido a hacer todo “con el corazón, sin guardarse nada”.
En otra ocasión, los llamó solo para saludar y terminó diciendo: “Si algún día no estoy, quiero que la gente sepa que todo lo que hice fue desde el amor, que nunca hubo mentira en mi música ni en mi forma de vivir”.

“No lo dijo como una despedida”, aclara su madre, “pero a mí se me hizo un nudo en la garganta”.
Su padre intentó cambiar el tema para arrancarle una risa, aunque algo no encajaba.
Hoy, ambos coinciden en que Yeison sentía más de lo que decía y que tenía una intuición inquietantemente fina, como si percibiera la vida con una intensidad que a veces asusta.
El accidente que casi le cuesta la vida resignificó cada recuerdo.
Aquel día salió de viaje como siempre, con la responsabilidad tatuada en el alma y pensando primero en cumplirle a su público.
Horas antes habían intercambiado mensajes sencillos sobre proyectos nuevos y sobre lo rápido que pasa la vida cuando se vive para los demás.
“Nada parecía fuera de lo normal”, dicen, “pero hoy cada palabra pesa”.
Cuando la noticia empezó a circular, un frío seco recorrió a la familia.
No solo por el impacto del momento, sino por la avalancha de recuerdos que volvieron de golpe.
“Entendimos que hay personas que no solo cantan su destino, sino que lo presienten”, afirman.
Para ellos, Yeison no es solo un artista exitoso, sino un ser humano profundamente sensible, capaz de hablar de la muerte sin dramatismo y de aceptar la fragilidad como parte de la vida.
En casa, recuerdan a un hombre meticuloso y casi obsesivo con su trabajo, que se exigía más de lo que cualquiera le habría pedido.
Pasó de cantar en bares pequeños a llenar grandes escenarios sin perder la humildad ni el respeto por su origen.
“No subía a lucirse, subía a entregarse”, dice su padre.
Cada presentación era una promesa sagrada y, sin saberlo, también una forma de despedida silenciosa.

Su madre fue testigo del proceso creativo, de noches sin dormir, de letras borradas y vueltas a escribir hasta el amanecer.
Yeison decía que no le obsesionaba un éxito rápido, sino construir algo con alma, algo que sobreviviera al tiempo.
“La fama no te hace invencible”, repetía, consciente de que hay miedos que no se apagan con aplausos.
Hoy, tras el susto que estremeció a Colombia, sus padres miran hacia atrás con una mezcla de dolor y claridad.
“No fueron frases sueltas”, aseguran.
“Eran advertencias”.
Recuerdan una conversación especialmente difícil, cuando Yeison les dijo con calma: “Si algún día pasa algo, no se queden con culpa.
Yo he vivido como he querido, con el corazón en la mano”.
No lo dijo llorando ni con miedo, sino con la serenidad de quien ha pensado demasiado en ello.
El accidente dejó una huella profunda, pero también reafirmó quién es Yeison Jiménez: un artista que vive y crea desde la verdad, que nunca fingió y que convirtió su propia historia en canciones que acompañan a miles.
Sus padres concluyen con una certeza dolorosa y a la vez luminosa: “Él no se despidió gritando, se despidió hablando bajito”.
Y en esa voz serena, dicen, sigue latiendo todo lo que aún tiene por entregar.
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