
Desde la Tierra, el Sol parece casi del mismo tamaño que la Luna.
Sin embargo, esa coincidencia visual es solo una casualidad cósmica.
El Sol se encuentra unas 400 veces más lejos, y aun así domina por completo nuestro sistema.
Su diámetro alcanza los 1.392.000 kilómetros, y dentro de él cabrían más de un millón de planetas Tierra.
Además, concentra más del 99% de toda la masa del sistema solar.
Para nosotros, es un coloso absoluto.
Pero en el universo… es promedio.
El Sol pertenece a la categoría de estrellas de secuencia principal, astros estables que brillan durante miles de millones de años al fusionar hidrógeno en helio.
Su vida total ronda los 10.000 millones de años, y actualmente se encuentra apenas a la mitad de ese camino.
Es una estrella tranquila, modesta, diseñada para la estabilidad, no para el espectáculo.
Otras estrellas no son tan pacientes.
Basta con mirar a Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno.
Tiene apenas el doble de masa que el Sol y un radio 1,7 veces mayor, pero su temperatura superficial se acerca a los 10.
000 grados Celsius.
Esa diferencia aparentemente pequeña la vuelve 25 veces más luminosa.
El precio es brutal: Sirio vivirá solo una cuarta parte del tiempo que el Sol.
Y eso es solo el primer escalón.
Cuando una estrella alcanza diez veces la masa del Sol, su destino se acelera de forma violenta.
Su temperatura superficial supera los 25.000 grados y su brillo se dispara.
El sistema Beta Centauri alberga estrellas de este tipo, cada una con una potencia unas 20.000 veces superior a la solar.
Viven apenas 20 millones de años, una existencia fugaz a escala cósmica.

En la cima de la secuencia principal se encuentra R136a1, una bestia estelar con una masa estimada de más de 300 soles.
Su luz es casi nueve millones de veces más intensa que la del Sol.
Y sin embargo, su tamaño físico es “solo” unas 30 veces mayor.
Es tan masiva que su propia gravedad apenas logra mantenerla unida.
Cada segundo pierde cientos de millones de toneladas de materia en forma de viento estelar, desangrándose lentamente hacia su final inevitable.
Cuando estas estrellas abandonan la secuencia principal, el verdadero horror comienza.
Algunas se transforman en gigantes rojas.
Estrellas que, con masas apenas superiores a la del Sol, se inflan hasta tamaños absurdos.
Gacrux, por ejemplo, tiene solo un 30% más de masa que nuestro astro, pero su radio se ha expandido 84 veces.
Y cuando el Sol llegue a esa fase, crecerá hasta unas 200 veces su tamaño actual, engullendo a Mercurio, Venus y probablemente la Tierra.
Pero las gigantes rojas no son las reinas del tamaño.
Ese trono pertenece a las hipergigantes.
Las hipergigantes son estrellas tan enormes que su gravedad superficial es débil, incapaz de retener su propia materia.
Se deshacen mientras brillan, rodeadas de nubes colosales de gas caliente.
La Estrella Pistola, una hipergigante azul, posee unas 25 veces la masa del Sol pero un radio 300 veces mayor.
Vive apenas unos millones de años antes de colapsar.
Más raras aún son las hipergigantes amarillas, como Rho Cassiopeiae.
Con unas 40 veces la masa del Sol y un radio de 500 soles, brilla medio millón de veces más que nuestro astro.
Solo se conocen unas 15 en toda la galaxia, lo que sugiere que esta fase es breve, un suspiro entre transformaciones violentas.
Y entonces llegamos a las verdaderas ganadoras: las hipergigantes rojas.
Aquí, las cifras dejan de ser cómodas.
Estas estrellas son tan grandes y difusas que medirlas con precisión es un desafío.
Cambian, pierden masa, se expanden y contraen.
Aun así, conocemos auténticos monstruos.
Betelgeuse —una de las más famosas— ya sería suficiente para causar pesadillas si estuviera en nuestro sistema solar.
Pero no es la mayor.
UY Scuti, durante años la estrella más grande conocida, posee un diámetro de unos 2.
400 millones de kilómetros.
Si el Sol fuera una pelota de fútbol, UY Scuti sería un edificio de cientos de metros.
Darle la vuelta en avión llevaría cerca de 3.000 años sin detenerse.

Luego está VY Canis Majoris, con un diámetro cercano a los 2.000 millones de kilómetros.
En volumen, podrían caber más de mil millones de soles dentro de ella.
Su destino será una supernova tan violenta que probablemente deje atrás un agujero negro.
Pero en la cima del ranking actual se alza Stephenson 2-18.
Este coloso desafía cualquier intuición humana.
Su diámetro se estima en unos 3.000 millones de kilómetros.
Si estuviera en el centro del sistema solar, su superficie se extendería más allá de la órbita de Saturno.
Más de 10.000 millones de soles cabrían dentro de su volumen.
Incluso viajando a la velocidad de la luz, tardaríamos casi nueve horas en rodearla.
Es una estrella moribunda, inestable, perdiendo masa y acumulando elementos pesados en su núcleo.
Algún día explotará como supernova, sembrando la galaxia con el material que dará origen a nuevas estrellas, nuevos mundos… y quizás nuevas vidas.
Frente a estos titanes, nuestro Sol no es débil.
Es perfecto para nosotros.
Pero el universo no está diseñado a nuestra escala.
Está poblado por monstruos de fuego que nacen, brillan y mueren en actos de violencia inimaginable.
Y lo más inquietante es esto: a medida que nuestros instrumentos mejoran, no hay garantía de que Stephenson 2-18 conserve su trono.
El universo aún podría estar ocultando algo todavía más grande.