Jorge Raúl Porcel de Peralta nació el 7 de septiembre de 1936 en Avellaneda, en una familia humilde.
Su padre era taxista, su madre ama de casa, y nada parecía indicar que aquel niño de voz grave y cuerpo grande se convertiría en uno de los mayores íconos del espectáculo argentino.
De pequeño soñó con ser atleta o abogado, pero la música y el escenario terminaron marcando su destino.
En patios de barrio cantaba tangos y boleros con una voz de barítono que hacía detener a los vecinos para escucharlo.
El punto de inflexión llegó en 1956, cuando fue descubierto por Juan Carlos Mareco en un restaurante de Barracas.
Convencido de su talento, Mareco escribió una profecía en una servilleta: Porcel iba a triunfar.
Y así fue.
A comienzos de los años 60, su figura ya era habitual en la televisión argentina.
Ingenioso, rápido, pícaro, Porcel conquistó al público con una comicidad que parecía espontánea y arrolladora.
Su gran salto llegó con Revista Dislocada y luego con Operación Ja-Já, donde conoció a Alberto Olmedo.
Bajo la visión de los hermanos Sofovich, nació un dúo que cambiaría para siempre la historia del humor argentino.
Porcel y Olmedo se volvieron inseparables, una maquinaria perfecta de risas, dobles sentidos y química irrepetible.
Juntos protagonizaron programas, obras teatrales y películas que hoy son clásicos culturales.
Durante las décadas del 60, 70 y 80, Porcel fue omnipresente.
Cine, televisión, teatro de revista, musicales.
Su nombre garantizaba éxito.
Películas como Rambito y Rambón, Los caballeros de la cama redonda o El gordo de América llenaban salas.
En el teatro Maipo se convirtió en rey absoluto.
Era amado por el público, temido y respetado en el ambiente.
Pero detrás del gordo pícaro había otro hombre.
Excesivo, dominante, contradictorio.
Su vida privada fue tan intensa como escandalosa.
Casado durante más de 40 años con Olga Gómez, adoptaron a una hija, María Sol, quien se convirtió en su mayor sostén emocional.
Sin embargo, la fama trajo tentaciones.
Porcel fue un mujeriego confeso.
Sus romances con Carmen Barbieri y Luisa Albinoni ocuparon portadas y dejaron heridas.
Amores apasionados, secretos, culpas y mentiras que desgastaron su vida emocional.
Uno de los capítulos más dolorosos fue su relación con su hijo biológico, Jorge Porcel Junior.
Nacido de una relación extramatrimonial, el vínculo estuvo marcado por la ausencia y el resentimiento.
Junior denunció abandono, falta de afecto y apoyo.
Esa herida nunca cerró.
La música fue siempre su refugio oculto.
Grabó discos, cantó boleros, soñó con ser cantante romántico.
Pero el humor lo devoraba todo.
Y luego llegó el golpe final: en 1988 murió Alberto Olmedo.
Para Porcel fue una pérdida devastadora.
Sin su socio, sin su espejo, el escenario dejó de tener sentido.
Cayó en una profunda depresión.
Buscando empezar de nuevo, en 1991 se mudó a Miami.
Allí condujo un polémico programa nocturno y más tarde se convirtió al cristianismo evangélico.
Renegó de su pasado, de la lujuria, del humor picaresco que lo había hecho famoso.
Se volvió pastor, escribió libros religiosos, abrió un restaurante.
Pero su salud se deterioraba rápidamente.
La obesidad lo llevó a la diabetes.

La artrosis y los problemas de columna lo dejaron en silla de ruedas.
El Parkinson terminó de encerrarlo en su propio cuerpo.
Amargado, irritable, hostil con la prensa y con quienes querían recordarle su gloria, Porcel fue apagándose lentamente.
El 16 de mayo de 2006 murió en Miami, a los 69 años, tras complicaciones de una cirugía.
Su funeral fue discreto.
Pocos colegas.
Poca prensa.
Muy lejos del estruendo que había acompañado su vida.
Sus restos descansan en el cementerio de la Chacarita.
El legado de Jorge Porcel es complejo.
Para muchos, un genio irrepetible del humor argentino.
Para otros, un hombre difícil, abusivo, arrogante.
Ídolo popular y figura controvertida.
Genio en escena, tormento fuera de ella.
Quizás ahí resida su verdadera tragedia: haber hecho reír al mundo mientras nunca logró reconciliarse consigo mismo.