
A finales de los años noventa, Mel Gibson era una estrella intocable.
Éxito, prestigio, premios.
Pero detrás del brillo, su vida personal se desmoronaba.
Él mismo lo confesó después: se sentía vacío, atrapado por el alcohol y la culpa.
Fue en ese abismo donde, según su propio testimonio, ocurrió un quiebre.
Una noche, solo, abrió una Biblia y comenzó a leer los evangelios como no lo había hecho desde su infancia.
Allí nació la idea que cambiaría su vida: contar la pasión de Cristo sin filtros, sin embellecer el dolor, sin concesiones.
No sería una película de Hollywood.
Sería un voto personal.
Gibson decidió algo que parecía suicidio profesional: rodar en arameo, hebreo y latín, sin estrellas reconocibles y financiándolo con su propio dinero.
Nadie creyó en el proyecto.
Los estudios lo rechazaron uno tras otro.
Entonces apostó todo lo que tenía.
No buscaba éxito.
Buscaba redención.
El casting fue igual de radical.
Para interpretar a Jesús eligió a Jim Caviezel, un actor creyente, discreto, sin aura de celebridad.
En su primera reunión, Gibson le lanzó una advertencia brutal: “Si aceptas este papel, puede que tu carrera termine”.
Caviezel respondió con una frase que hoy parece profética: “Cada uno tiene su cruz”.
Tenía 33 años.
Sus iniciales eran J.C.
Para ambos, aquello fue una señal.
El rodaje comenzó en Matera, Italia, y desde los primeros días el ambiente se volvió extraño.
Cambios climáticos repentinos, silencios densos, una tensión difícil de explicar.
El episodio más citado ocurrió durante la filmación del sermón del monte.
Según múltiples testigos, un rayo cayó directamente sobre Caviezel.
Minutos después, otro rayo impactó en el mismo lugar, alcanzando también al asistente de dirección.
Ambos sobrevivieron sin quemaduras graves.
Los paramédicos no encontraron explicación.
Desde ese día, nadie volvió a bromear en el set.
La violencia tampoco fue una ilusión.
Durante la escena de la flagelación, un golpe fallido hizo que la punta metálica del látigo se clavara en la espalda de Caviezel.
El grito que quedó en la película fue real.
La herida, también.
Más tarde, cargando una cruz de madera maciza de más de 70 kilos, el actor cayó y el peso le dislocó el hombro.
Gibson no cortó.
Caviezel insistió en continuar.
Para él, detenerse era traicionar el sentido de la historia.
Las jornadas finales fueron aún peores.
Frío extremo, lluvia constante, horas colgado de la cruz.
Caviezel desarrolló hipotermia y luego una neumonía doble.
Aun así, siguió.
Dormía con el maquillaje puesto, con las heridas falsas mezcladas con las reales.
En algún punto, la actuación dejó de existir.
Lo que la cámara captaba era resistencia pura.
Muchos miembros del equipo comenzaron a cambiar.
Técnicos no creyentes rezaban antes de rodar.
Extras pedían confesarse.
Actores secundarios relataron experiencias que los llevaron a la fe.
Pietro Sarubbi, quien interpretó a Barrabás, contó que una sola mirada a Caviezel le provocó una crisis espiritual que terminó en su bautismo.
El actor que encarnó a Judas también afirmó haberse convertido tras el rodaje.
Circulaban rumores aún más inquietantes.
Personas vestidas de blanco que aparecían entre las cámaras y luego desaparecían.
Luces inexplicables que no quedaban registradas en el metraje.
Sensaciones de presencia durante las escenas más duras.
Nada de esto puede probarse, pero los testimonios se repiten con una coherencia perturbadora.
La figura más inquietante fue Satanás, interpretado por Rosalinda Celentano.
Gibson quiso un rostro andrógino, incómodo, casi hipnótico.
La escena del “bebé demoníaco” no está en la Biblia; surge del imaginario místico que Gibson tomó de Ana Catalina Emmerick.
Celentano confesó después que el rodaje la dejó emocionalmente devastada.
Tras la película, se alejó del cine durante años.
El estreno fue otro fenómeno.
Sin publicidad masiva, sin alfombras rojas, la película se convirtió en un evento casi litúrgico.
Iglesias compraban salas enteras.
Personas rezaban dentro de los cines.
Hubo desmayos, ataques de pánico y hasta una muerte por infarto reportada durante una proyección.
Para muchos, no fue entretenimiento: fue confrontación espiritual.
La taquilla fue histórica.
Más de 600 millones de dólares.

La película en lengua no inglesa más exitosa de todos los tiempos.
Pero el éxito trajo castigo.
La crítica acusó a Gibson de antisemitismo y fanatismo.
Hollywood le dio la espalda.
Dos años después, su arresto en 2006 y sus declaraciones antisemitas sellaron su caída pública.
Para muchos, aquello confirmó los peores temores.
Para otros, fue la prueba de que había pagado un precio.
Jim Caviezel también desapareció del cine comercial durante años.
Su rostro quedó marcado para siempre como el de Cristo.
Aceptó el silencio, viajó dando testimonio y más tarde regresó, de nuevo, en un proyecto rechazado por Hollywood que terminó siendo un éxito inesperado.
Hoy, Gibson prepara La Resurrección.
No como secuela comercial, sino como culminación espiritual.
Ha dicho que la pasión fue el cuerpo roto; la resurrección será el poder invisible.
Un descenso al misterio entre la cruz y el amanecer.
Otra vez, sin concesiones.
Quizá la pregunta no sea si todo lo ocurrido fue sobrenatural.
Tal vez la pregunta real sea por qué, veinte años después, esta historia sigue inquietando.
Porque hay obras que entretienen… y otras que dejan cicatrices.