En la madrugada de un viernes reciente, una operación militar de alto impacto sacudió las montañas del departamento del Cauca, en el suroccidente de Colombia.

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Según reportes operativos y testimonios recogidos posteriormente, una ofensiva coordinada de fuerzas especiales terminó con la muerte de 56 hombres armados vinculados a estructuras criminales que operaban en la región.

El escenario principal fue el corregimiento de El Plateado, en el municipio de Argelia, una zona conocida por su importancia estratégica dentro de los corredores del narcotráfico hacia el océano Pacífico.

La operación, ejecutada con precisión táctica y fuerte despliegue tecnológico, reveló no solo la magnitud de la presencia armada en la zona, sino también una compleja red de actividades ilícitas que involucran narcotráfico, reclutamiento forzado y presunta corrupción institucional.

 

De acuerdo con informes preliminares, el operativo comenzó alrededor de las 2:04 de la madrugada cuando unidades especiales del Ejército Nacional de Colombia avanzaron hacia un complejo subterráneo utilizado como centro de mando de disidencias del Estado Mayor Central, una de las principales facciones surgidas tras la fragmentación de la antigua guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

El despliegue incluyó vehículos tácticos blindados, comandos de fuerzas especiales equipados con visores nocturnos y el apoyo aéreo de un helicóptero artillado tipo Sikorsky UH‑60 Black Hawk, que utilizó sensores térmicos para detectar la presencia de combatientes en el perímetro.

 

El objetivo central era una instalación conocida por los servicios de inteligencia como “La Codorní”, un búnker subterráneo que, según las autoridades, funcionaba como centro de entrenamiento, depósito de armas y base logística para operaciones de narcotráfico en los departamentos de Cauca y Nariño.

La ofensiva fue el resultado de semanas de trabajo de inteligencia que comenzaron tras la captura de un presunto operador financiero en la ciudad de Popayán.

Durante los interrogatorios, el detenido habría proporcionado coordenadas exactas, planos de la infraestructura y detalles sobre los turnos de vigilancia del complejo.

 

Durante dos semanas, plataformas de vigilancia aérea, drones y unidades de reconocimiento infiltradas en la selva verificaron la información.

Los analistas confirmaron que el lugar mantenía actividad constante y que se preparaba una reunión de mandos de la organización.

Según los informes, el movimiento de vehículos, cargamentos de bebidas y equipos de sonido detectados días antes del asalto sugería la celebración de un encuentro entre jefes de distintas células armadas, una circunstancia que suele debilitar los sistemas de seguridad perimetral de estas estructuras.

 

Con base en esos datos, el alto mando militar autorizó el inicio de la fase de ataque.

En el momento del ingreso al complejo, las cámaras térmicas registraron a decenas de individuos armados distribuidos entre el patio principal y los accesos a los túneles subterráneos.

El primer disparo se produjo desde el helicóptero, cuando un francotirador neutralizó al operador de una ametralladora antiaérea instalada en la parte superior de la instalación.

Simultáneamente, los comandos terrestres detonaron cargas de explosivo C4 para abrir brechas en los muros del búnker.

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El combate se desarrolló durante aproximadamente tres horas.

Las fuerzas especiales avanzaron por pasillos y dormitorios subterráneos siguiendo protocolos de combate urbano, mientras equipos de guerra electrónica bloqueaban las comunicaciones de radio de los insurgentes.

Según los reportes operativos, varios combatientes intentaron huir por una red de túneles que conectaba el complejo con zonas montañosas cercanas.

Sin embargo, las rutas de escape habían sido previamente identificadas por inteligencia y fueron bloqueadas, convirtiendo esos pasajes en trampas sin salida.

 

El balance final de la operación indicó la muerte de 56 miembros de la estructura armada.

También se reportaron dos bajas en las filas del ejército: el sargento Carlos Ruiz, de 33 años y oriundo del departamento del Tolima, y el teniente Andrés Vargas, de 28 años, nacido en Antioquia.

Ambos fallecieron durante los momentos iniciales del asalto mientras lideraban equipos de ingreso al complejo.

 

Tras asegurar el área, los equipos de criminalística iniciaron el registro detallado de las instalaciones.

El inventario incautado reveló la magnitud del arsenal acumulado por la organización.

Entre los elementos decomisados se encontraban más de ochenta armas de largo alcance, incluidos fusiles de precisión de gran calibre capaces de perforar blindaje militar, además de decenas de explosivos improvisados y miles de cartuchos de munición.

 

Uno de los hallazgos más significativos fue un depósito oculto que contenía decenas de paquetes de clorhidrato de cocaína de alta pureza.

Las investigaciones preliminares indicaron que la droga estaba destinada a ser transportada por vía terrestre hasta el puerto de Buenaventura, desde donde sería enviada en contenedores marítimos hacia mercados internacionales en Norteamérica y Centroamérica.

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No obstante, el descubrimiento que generó mayor preocupación en los organismos de seguridad fue la recuperación de un conjunto de dispositivos electrónicos almacenados en una bóveda protegida con explosivos.

Técnicos antiexplosivos lograron desactivar el mecanismo de autodestrucción y preservar computadores portátiles, discos duros y memorias USB que contenían información estratégica de la organización.

 

Los análisis forenses iniciales revelaron documentos relacionados con un plan denominado “Expansión Pacífico 2026”, en el que se describía una estrategia para consolidar el control de rutas de narcotráfico en varios departamentos del suroccidente colombiano.

Los archivos incluían registros contables, comunicaciones internas y presuntas listas de contactos institucionales.

 

De acuerdo con fuentes cercanas a la investigación, algunos documentos sugerían la existencia de pagos periódicos a funcionarios públicos locales con el fin de facilitar el movimiento de insumos químicos, alertar sobre operaciones militares y permitir el tránsito de cargamentos ilícitos.

Aunque estos datos aún se encuentran bajo verificación judicial, el hallazgo ha generado preocupación sobre la posible infiltración del crimen organizado en administraciones locales.

 

La operación desencadenó también una rápida reacción en otros puntos del país.

En menos de 24 horas, autoridades judiciales realizaron allanamientos en varias ciudades, incluyendo Cali y nuevamente Popayán.

Estas acciones condujeron a la captura de varios presuntos operadores financieros y al congelamiento de activos que superarían los cuatro millones de dólares.

 

Mientras tanto, el impacto de la ofensiva generó una reconfiguración inmediata del equilibrio criminal en la región.

Informes de inteligencia detectaron movimientos de grupos armados rivales, entre ellos facciones del Ejército de Liberación Nacional y de la Segunda Marquetalia, que intentaban aprovechar el vacío de poder dejado tras la destrucción del búnker.

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Para la población civil de Argelia y sus alrededores, la situación se volvió tensa en las horas posteriores.

Varias comunidades rurales reportaron enfrentamientos esporádicos entre grupos armados que regresaban al lugar sin saber que el complejo había sido destruido.

Las autoridades locales documentaron confinamientos de familias campesinas, cierre de escuelas y suspensión temporal de actividades comerciales.

 

Organismos humanitarios y representantes de la Defensoría del Pueblo fueron enviados a la zona para evaluar la situación y establecer corredores de asistencia para la población afectada.

La prioridad, según las autoridades, es evitar desplazamientos masivos y garantizar la seguridad de las comunidades rurales.

 

A pesar de la magnitud de la operación y de los resultados reportados, la reacción oficial desde el gobierno central encabezado por Gustavo Petro ha sido limitada.

Hasta el momento, los detalles del operativo y los documentos incautados permanecen bajo custodia de la Fiscalía General de la Nación y de organismos de inteligencia, dentro de procesos de investigación clasificados.

 

El caso continúa en desarrollo y podría tener implicaciones significativas para la seguridad nacional y la lucha contra el narcotráfico en el suroccidente colombiano.

Las autoridades judiciales analizan ahora la información recuperada para determinar el alcance de las redes criminales, sus vínculos financieros y cualquier posible infiltración en instituciones públicas.

Mientras tanto, la región del Cauca permanece bajo fuerte presencia militar, en medio de una compleja disputa por el control territorial que continúa afectando a las comunidades locales.