En marzo de 2019, un hallazgo inesperado cambió para siempre la historia del cine mexicano y la imagen pública de uno de sus íconos más queridos: Mario Moreno, mejor conocido como Cantinflas.
Miguel, un trabajador encargado de limpiar el sótano abandonado de los antiguos estudios RKO Pictures en Los Ángeles, descubrió una caja fuerte oculta tras una pared falsa.
Tras horas de trabajo, logró abrirla y encontró un único objeto: un rollo de película de 35 mm, sellado y etiquetado con una advertencia clara y misteriosa: “No abrir, no proyectar, no destruir. Propiedad de Mario Moreno. Si me pasa algo, entreguen esto a mi hijo. 1960”.
Este rollo contenía la única copia existente de *El último peladito*, una película filmada por Cantinflas en 1960 que él mismo intentó destruir.
¿Por qué? Porque esta cinta era una obra brutalmente honesta, políticamente peligrosa y personalmente reveladora, que mostraba un lado de Cantinflas que el público y Hollywood nunca habían conocido.
La película no solo criticaba la corrupción y la injusticia en México, sino que también denunciaba la manipulación y control de la sociedad a través del entretenimiento, un mensaje que Hollywood y ciertos gobiernos no estaban dispuestos a permitir.
En 1958, Cantinflas estaba en la cima de su carrera tras el éxito internacional de *La vuelta al mundo en 80 días*.
Tenía fama, poder e influencia, pero también una creciente conciencia social que lo inquietaba.
Cada vez que intentaba hacer películas con críticas sociales profundas, los estudios le presionaban para suavizar el mensaje, para hacer la comedia menos política y más inofensiva.
Los contratos millonarios con Hollywood incluían cláusulas estrictas sobre el contenido, y Cantinflas sentía que su voz estaba siendo domesticada.

Una noche, tras una reunión donde le exigieron cambiar el guion de su próxima película, Mario Moreno tomó una decisión radical: hacer una película sin filtros ni compromisos, que dijera toda la verdad, aunque eso significara arriesgarlo todo.
La película narraba la historia de un cómico famoso, claramente inspirado en Cantinflas, que descubre que su éxito ha sido orquestado por una conspiración entre el gobierno mexicano y empresas estadounidenses para mantener al pueblo distraído mientras las élites saquean el país.
El protagonista decide rebelarse, usar su plataforma para denunciar la verdad, pero es silenciado encerrándolo en un manicomio.
Mario Moreno financió la película con su propio dinero, sin involucrar a ningún estudio ni patrocinador, contratando al director Roberto Gabaldón, un comunista vetado en Estados Unidos, y un equipo pequeño que firmó acuerdos de confidencialidad estrictos.
La producción fue secreta y peligrosa.
Durante el rodaje, Mario recibió amenazas anónimas: fotos de sus hijos, notas advirtiendo que ciertos proyectos no debían completarse, y amenazas legales por parte de ejecutivos de Hollywood.
Incluso recibió una visita personal de un consultor de relaciones internacionales que le advirtió que la película afectaría las relaciones diplomáticas y que debía desistir o enfrentaría consecuencias devastadoras.
A pesar del miedo, Mario continuó filmando y completó la película en octubre de 1959.
En diciembre, organizó una proyección privada para un grupo selecto de intelectuales y artistas, incluyendo a Carlos Fuentes y David Alfaro Siqueiros, quienes reconocieron la obra como una bomba política y un llamado urgente a despertar al pueblo mexicano.

El impacto de la película no solo fue externo.
Mario enfrentó un intenso debate interno.
Su amigo Pedro Infante le advirtió que estrenar la película sería un suicidio profesional no solo para él, sino para toda la industria cinematográfica mexicana y sus trabajadores.
La gente prefería entretenimiento a enfrentar la realidad, y la industria no estaba preparada para una revolución cultural.
Además, la seguridad de su familia se vio amenazada cuando su hijo de 9 años fue intimidado.
Su esposa Valentina le urgió a elegir entre la película y la seguridad familiar.
Finalmente, Mario decidió guardar la película, destruyendo los negativos originales y una copia, pero conservando una última copia sellada en una caja fuerte, con instrucciones para que fuera entregada a su hijo si algo le sucedía.
Mario Moreno vivió 33 años con el peso de su decisión, volviéndose más cauteloso y evitando proyectos tan arriesgados.
La cinta permaneció oculta hasta 2019, cuando fue encontrada en Los Ángeles y proyectada en privado en México.
La reacción fue de asombro: la calidad artística era brillante y la crítica social, profética.

La película anticipaba problemas que México enfrentaría durante décadas: dependencia económica, corrupción endémica, manipulación mediática y la complicidad de los artistas en mantener el status quo.
El monólogo final del protagonista, interpretado por Mario, es una confesión devastadora que resonó profundamente con la audiencia actual.
*El último peladito* no solo es una película perdida, sino un símbolo de valentía y sacrificio.
Mario Moreno eligió proteger a su familia y su carrera, pero a costa de silenciar su voz más auténtica.
Este hallazgo invita a reflexionar sobre el papel del arte, la censura y la responsabilidad social.
Hoy, la película existe en un limbo: no está disponible comercialmente, pero fragmentos se han filtrado y se han convertido en un fenómeno viral entre nuevas generaciones.
Su mensaje sigue siendo relevante y desafiante.
Mario Moreno, el hombre detrás de Cantinflas, demostró que a veces la verdad es demasiado peligrosa para ser contada, pero que la valentía de intentarlo deja una huella imborrable.