La historia de Salvador Cabañas es una de las más impactantes y dolorosas que ha conocido el fútbol latinoamericano en las últimas décadas.

Se trata del relato de un hombre que pasó de ser un goleador temido en toda América, idolatrado por multitudes y con un futuro europeo asegurado, a luchar simplemente por mantenerse con vida tras recibir un disparo en la cabeza.
Su nombre, asociado durante años al éxito, la garra y el gol, quedó marcado para siempre por una madrugada que cambió su destino y lo obligó a reinventarse desde las cenizas.
Salvador Cabañas Ortega nació el 5 de agosto de 1980 en Itauguá, Paraguay, un país donde el fútbol no es solo un deporte, sino una forma de identidad nacional.
Desde niño mostró una conexión especial con el balón y una vocación natural para el ataque.
No tardó en destacar por su potencia física, su instinto goleador y su frialdad frente al arco.
Comenzó su carrera profesional en el club 12 de Octubre de Paraguay, donde su debut fue tan contundente como prometedor: cuatro goles que anunciaban la llegada de un delantero fuera de lo común.
Su capacidad para marcar diferencias lo llevó rápidamente al extranjero.
En Chile, defendiendo los colores de Audax Italiano, se consagró como máximo goleador del Torneo de Apertura 2003 con 18 tantos.
Aquella temporada fue decisiva para que los ojos del fútbol mexicano se posaran sobre él.
México sería el país donde Cabañas alcanzaría la plenitud de su carrera y donde su nombre se transformaría en sinónimo de gol.
Con Jaguares de Chiapas vivió años brillantes.
En apenas tres temporadas se convirtió en el máximo goleador histórico del club, demostrando una regularidad impresionante y una capacidad inagotable para definir dentro y fuera del área.
Su rendimiento lo colocó entre los futbolistas extranjeros más rentables y respetados de la liga mexicana.
No era solo un goleador; era un jugador completo, fuerte, inteligente y con liderazgo natural.
En 2006 llegó uno de los momentos más importantes de su carrera: el fichaje por el Club América, uno de los equipos más grandes y mediáticos de México.
Ese mismo año participó con la selección paraguaya en el Mundial de Alemania 2006, que terminaría siendo su única Copa del Mundo.
Aunque Paraguay no superó la fase de grupos, Cabañas ya era considerado una de las grandes figuras del fútbol sudamericano.
Con el América alcanzó la cima.
En 2007 y 2008 fue máximo goleador de la Copa Libertadores de manera consecutiva, un logro reservado solo para los delanteros de élite.
En 2007 fue elegido el mejor futbolista de América, consolidándose como una auténtica leyenda viva.
El 18 de enero de 2009 marcó su gol número 100 en el fútbol mexicano, cifra que confirmaba su estatus de ídolo.
Para entonces, su nombre ya sonaba con fuerza en Europa y, según revelaría más tarde, tenía un precontrato millonario para jugar en el Manchester United.

Pero la gloria se quebró de forma brutal en la madrugada del 25 de enero de 2010.
Mientras se encontraba en un bar de la Ciudad de México, Salvador Cabañas recibió un disparo en la cabeza dentro del baño del local.
En cuestión de segundos, el ídolo cayó al suelo y su vida pendió de un hilo.
Fue trasladado de urgencia a un hospital, donde los médicos confirmaron la gravedad extrema de la lesión: una bala calibre .25 alojada en el cerebro.
La situación era crítica.
Cabañas entró en coma debido a un edema cerebral y los pronósticos eran desalentadores.
Los médicos decidieron no extraer el proyectil, ya que la cirugía implicaba un riesgo mortal.
Durante días, su familia y millones de aficionados en todo el continente vivieron con el miedo constante de perderlo.
Contra todo pronóstico, el goleador sobrevivió.
El 2 de marzo de 2010 abandonó el hospital para iniciar un largo y doloroso proceso de rehabilitación.

Las secuelas fueron inevitables.
Perdió la visión del ojo izquierdo, sufrió una leve parálisis en parte de su cuerpo y presentó dificultades cognitivas.
Aun así, su recuperación fue considerada casi milagrosa.
Se trasladó a una clínica en Buenos Aires para continuar su rehabilitación, convencido de que lo peor había pasado.
Sin embargo, la tragedia aún no había terminado.
Mientras luchaba por reconstruir su vida, Cabañas descubrió que había sido traicionado por las personas más cercanas.
Según sus propias declaraciones, su representante, su abogado y quien entonces era su esposa falsificaron su firma para apropiarse de sus bienes, cuentas y propiedades.
Se estima que perdió alrededor de 12 millones de dólares.
El goleador, que alguna vez lo tuvo todo, quedó prácticamente en la ruina.
Años después, Salvador habló con una sinceridad desgarradora sobre ese periodo.
Confesó que tras el disparo entendió que muchas personas solo estaban a su lado por dinero.

“Cuando me quedé sin nada, también me quedé sin amigos”, declaró.
Lejos del rencor, encontró refugio en la fe, en su familia y en la gratitud por seguir con vida.
“Cada día agradezco a Dios por estar vivo”, afirmó con humildad.
El agresor fue identificado por el propio Cabañas y condenado a 20 años de prisión.
El Club América organizó un partido homenaje para ayudarlo económicamente y reconocer su legado.
Pese a los esfuerzos, su regreso al fútbol profesional nunca fue posible.
El propio Salvador reconoció que estaba muy lejos del nivel necesario y aceptó su retiro con dignidad.
Hoy, Salvador Cabañas lleva una vida sencilla.
Trabaja en la panadería familiar y colabora como ayudante en entrenamientos de clubes en México y Paraguay.
Más que enseñar fútbol, transmite valores, aconseja a los jóvenes y los invita a cuidar su vida, a alejarse de los excesos y a no dar nada por sentado.
Con una bala aún alojada en su cerebro, se convirtió en un símbolo de resiliencia.

La historia de Salvador Cabañas ya no es solo la de un goleador legendario, sino la de un sobreviviente.
Un hombre que lo perdió todo, menos la vida, y que transformó la tragedia en una lección profunda.
Su legado no se mide únicamente en goles, sino en la fortaleza con la que enfrentó el destino.
Hoy, más que una leyenda del fútbol, es una auténtica leyenda de la vida.