No era locura, era cálculo: la verdad íntima sobre Griselda Blanco revelada por quien la conoció
Durante décadas, Griselda Blanco fue retratada como un monstruo sin matices: despiadada, violenta, impredecible.

La “Madrina de la Cocaína”, la mujer que sembró terror en Miami y cuyo nombre se convirtió en sinónimo de muerte.
Pero ahora, una voz inesperada irrumpe para romper el silencio.
No es un policía, ni un fiscal, ni un enemigo.
Es su mejor amiga.
La única persona que la conoció sin miedo… y que decidió hablar en Los Informantes.
Lo que revela no limpia su historia, pero sí la vuelve mucho más inquietante.
Según este testimonio, Griselda no vivía en un estado permanente de furia, como la leyenda sugiere.
Era calculadora.Fría.
Extremadamente consciente de cada paso.
“Nunca levantaba la voz”, asegura su amiga.
“Cuando estaba callada, era cuando más peligro había”.
Esa calma absoluta fue, según ella, el rasgo que más aterraba a quienes trabajaban cerca.
La relación entre ambas comenzó antes de que Griselda alcanzara la cima del poder.
No se conocieron en mansiones ni rodeadas de escoltas, sino en un contexto mucho más humilde, cuando la ambición todavía superaba a los recursos.
Desde entonces, la amistad se volvió extrañamente sólida.
No basada en lealtad ciega, sino en una regla clara: no hacer preguntas innecesarias.
Uno de los secretos más impactantes revelados es que Griselda nunca se consideró una “jefa” en el sentido tradicional.
Detestaba el título.
Prefería verse como una estratega.
“Decía que los hombres necesitaban que los vieran mandar; ella no”, relata la amiga.
Griselda se movía en la sombra, dejando que otros cargaran con el ego y la exposición.
Esa invisibilidad fue su mayor ventaja durante años.
También desmonta uno de los mitos más repetidos: que Griselda disfrutaba matar.
Según su amiga, no había placer, sino convicción.
Para ella, cada asesinato era una decisión empresarial.
Fría, matemática.
“Decía que el error no era matar, sino dejar vivos a los problemas”.
Esa lógica brutal, desprovista de emoción, la convirtió en una figura aún más temida que muchos de sus pares masculinos.
El testimonio revela además un lado casi paranoico.
Griselda no confiaba plenamente en nadie.

Ni siquiera en su círculo íntimo.
Cambiaba rutinas constantemente, probaba la lealtad de su gente con pequeñas trampas, mentía a propósito para ver quién repetía la información.
Su amiga afirma que esa desconfianza no nació del poder, sino de la infancia.
“Ella siempre decía que aprender a desconfiar fue lo que la mantuvo viva”.
Pero hay un punto donde la voz se quiebra.
Cuando habla de los hijos de Griselda.
Lejos de la imagen pública de madre cruel, la amiga describe una contradicción dolorosa.
Griselda los amaba, pero los veía como vulnerabilidades.
Y en su mundo, toda vulnerabilidad era un riesgo mortal.
“Decía que el amor te hace cometer errores.
Y ella no se permitía errores”.
Uno de los secretos más perturbadores es que Griselda sabía que su final sería violento.
Lo aceptaba.
Incluso lo esperaba.
Según el testimonio, en más de una ocasión dijo que no moriría vieja ni tranquila.
“Esto no tiene jubilación”, repetía.
Por eso vivía con una intensidad obsesiva, como si cada día fuera prestado.
Esa conciencia constante de la muerte marcó todas sus decisiones.
La amiga también revela que Griselda odiaba la fama.
Las series, los libros, los rumores.
Le molestaba profundamente ser convertida en personaje.
“Decía que la gente necesitaba monstruos para no mirar su propia ambición”.
Esa frase, pronunciada años antes de su muerte, hoy suena casi profética.
Tras su caída y posterior asesinato, la amiga guardó silencio durante años.
No por miedo, sino por agotamiento.
“Contar la verdad no iba a devolver a nadie”, afirma.
Pero el tiempo, y la distorsión constante de la historia, la empujaron a hablar.
No para justificar, sino para mostrar que el mal no siempre grita ni se descontrola.
A veces piensa, calcula y sonríe.
El relato no absuelve a Griselda Blanco.
La expone desde otro ángulo.
La muestra como una mujer que entendió el poder mejor que muchos hombres, y que lo ejerció sin ilusión ni romanticismo.
Una figura que no buscó amor, ni perdón, ni redención.
Solo control.
La revelación en Los Informantes deja una sensación incómoda: entender no significa perdonar.
Pero ignorar la complejidad solo alimenta el mito.
Y Griselda Blanco, más que un mito, fue una advertencia viva de hasta dónde puede llegar alguien cuando el miedo, la ambición y la inteligencia se combinan sin freno.
Al final, su mejor amiga no la describe como un demonio… sino como algo más aterrador: una mujer que nunca se engañó sobre quién era.
Y que, precisamente por eso, nunca intentó cambiar.