
En 1961, el físico y premio Nobel Eugene Wigner propuso un experimento mental que empujaba la mecánica cuántica hasta sus límites más incómodos.
La pregunta era simple y devastadora: ¿qué provoca realmente el colapso de la función de onda?
En la mecánica cuántica, antes de una medición, un sistema puede existir en superposición, es decir, en varios estados posibles al mismo tiempo.
Cuando medimos, obtenemos un resultado concreto.
Tradicionalmente, se asumía que el aparato de medición —un detector, una pantalla, una placa fotográfica— era suficiente para producir ese colapso.
Wigner fue más lejos.
Sugirió que quizá no bastaba con un dispositivo físico.
Tal vez era la conciencia del observador la que cerraba definitivamente la superposición y convertía la posibilidad en hecho.
Para ilustrarlo, imaginó la siguiente escena: un amigo suyo se encuentra dentro de un laboratorio midiendo el estado de una partícula cuántica.
El amigo observa el resultado y, para él, el sistema ya ha adoptado un estado definido.
El hecho ha ocurrido.
Pero Wigner, situado fuera del laboratorio y sin acceso al resultado, puede describir todo el sistema —la partícula más su amigo— como una única superposición.
Desde su perspectiva, el experimento aún no ha producido un hecho definido.
Aquí nace la paradoja: para el amigo, el evento ya es real.
Para Wigner, todavía no.

¿Quién tiene razón? ¿Puede un mismo suceso haber ocurrido y no haber ocurrido al mismo tiempo?
Durante décadas, este escenario fue considerado una provocación filosófica.
Sin embargo, la teoría cuántica avanzó y comenzaron a aparecer resultados matemáticos inquietantes.
Entre ellos, los llamados teoremas de imposibilidad.
El teorema de Bell ya había demostrado que no podemos mantener simultáneamente el realismo clásico (que las propiedades existen antes de ser medidas) y la localidad (que nada influye instantáneamente a distancia).
Más recientemente, trabajos como los de Časlav Brukner y otros investigadores extendieron estas ideas al escenario del amigo de Wigner.
Sus conclusiones fueron impactantes: no es posible construir un modelo que conserve simultáneamente tres suposiciones intuitivas —que los resultados son objetivos, que la mecánica cuántica es universal y que los observadores pueden razonar de forma coherente sobre los resultados de otros— sin caer en contradicciones.
En términos simples: los “hechos” pueden no ser absolutos para todos los observadores.
En 2019, un equipo liderado por Massimiliano Proietti en la Universidad Heriot-Watt realizó un experimento inspirado en esta paradoja utilizando fotones entrelazados.
En lugar de personas, emplearon dispositivos de medición que actuaban como “amigos” y otros sistemas que desempeñaban el papel de “Wigner”.
El resultado mostró violaciones de desigualdades diseñadas precisamente para detectar si los hechos podían considerarse universales.
Los datos fueron consistentes con la predicción cuántica: no se puede asumir que todos los observadores compartan un conjunto único de hechos objetivos.
Esto no significa que cada persona cree su propia realidad al estilo de una fantasía mística.
Tampoco implica que la mente humana sea una fuerza mágica que moldea el universo.
De hecho, la mayoría de los físicos actuales no consideran necesaria la conciencia para explicar el colapso.
Lo que sí implica es algo más sutil y, quizás, más inquietante: la teoría cuántica no permite combinar todas las perspectivas en una única descripción global sin tensiones.
En otras palabras, la mecánica cuántica puede ofrecer descripciones coherentes desde el punto de vista de cada observador, pero no garantiza que exista una “metadescripción” absoluta que las integre todas sin contradicciones.
Esto ha llevado a interpretaciones radicales.
Algunas, como la de los muchos mundos, sostienen que todas las posibilidades se realizan en ramas distintas del universo.
En ese marco, no hay contradicción: cada observador simplemente se encuentra en una rama diferente.

Otras interpretaciones, como el llamado “QBismo” o los enfoques relacionales, proponen que los estados cuánticos no describen la realidad en sí misma, sino la información que un observador tiene sobre ella.
Los hechos serían relacionales, no absolutos.
Incluso hay propuestas más recientes que sugieren que los “eventos” no son entidades universales, sino dependientes de la interacción específica entre sistemas.
No existiría un punto de vista externo y total que capture toda la realidad de una sola vez.
Sin embargo, es crucial no exagerar las conclusiones.
En la práctica cotidiana, el mundo clásico emerge gracias a la decoherencia.
Las interacciones constantes con el entorno estabilizan los resultados y producen un consenso efectivo entre observadores.
Por eso no vivimos en un caos de realidades incompatibles.
La física cuántica no destruye la ciencia ni convierte la verdad en algo arbitrario.
Lo que hace es revelar que, en el nivel más fundamental, nuestras intuiciones clásicas sobre hechos universales pueden ser aproximaciones emergentes, no principios absolutos.
Curiosamente, incluso en el mundo clásico encontramos ecos de esta tensión.
Dos personas con distinta información pueden describir un mismo evento de manera diferente hasta que comparten datos.
En el ámbito cuántico, la diferencia es que la teoría misma limita la posibilidad de una síntesis total.
La paradoja del amigo de Wigner no nos dice que la realidad no exista.
Lo que cuestiona es la idea de que exista una versión única y absoluta de los hechos accesible simultáneamente desde todos los puntos de vista.
Tal vez la realidad no sea un bloque monolítico, sino una red de relaciones.
No un escenario fijo donde ocurren eventos independientes del observador, sino un entramado donde los hechos se definen en el contexto de interacciones específicas.
Eso no nos convierte en creadores omnipotentes del universo.
Pero sí nos obliga a aceptar algo profundamente desconcertante: el mundo, en su nivel más íntimo, puede no ser tan objetivamente uniforme como creíamos.
Y en ese espacio incómodo entre la certeza y la superposición, la ciencia sigue avanzando, obligándonos a mirar de nuevo lo que pensábamos incuestionable.
Quizás la realidad exista.
Pero no necesariamente del modo simple, sólido y universal que nuestra intuición clásica siempre dio por sentado.