💔🎭 A los 63 años, Arturo Peniche rompe el silencio más doloroso de su vida: la confesión íntima sobre su matrimonio, el momento en que se sintió inútil y la verdad que casi lo aleja para siempre del amor

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Arturo Delgadillo Peniche nació el 17 de mayo de 1962 en la Ciudad de México.

Su vida estuvo ligada a la actuación desde antes de que pudiera decidirlo.

Con apenas seis años debutó en el cine y creció entre foros, libretos y cámaras, aprendiendo a interpretar emociones antes incluso de entenderlas.

Aquella infancia marcada por el oficio lo convirtió en un actor precoz, pero también en un hombre acostumbrado a cargar responsabilidades desde muy joven.

En su juventud, Peniche destacó por su valentía artística.

A los 21 años aceptó papeles teatrales con desnudos, rompiendo tabúes en una época donde pocos se atrevían.

No buscaba provocación gratuita, buscaba verdad.

Esa misma intensidad lo llevó rápidamente a la televisión, donde en 1986 alcanzó su primer gran éxito con Montecalvario.

A partir de ahí, su ascenso fue imparable.

Los años siguientes lo consolidaron como uno de los galanes más sólidos de la telenovela mexicana.

Amor en silencio, María Mercedes, Morelia, María José, La intrusa.

Peniche no solo era atractivo, era creíble.

Lloraba, sufría, amaba con una intensidad que el público sentía real.

Mientras su carrera crecía, su vida personal parecía avanzar con la misma estabilidad.

A principios de los años 80 conoció a Gabriela Ortiz.

Se casaron jóvenes, con poco dinero y muchas incertidumbres, pero con una convicción clara: elegirían caminar juntos.

Durante décadas, Gaby fue su ancla.

Arturo Peniche posa con sus nietos e hijos de Brandon son sus clones | Las  Estrellas Home Lo Último | Las Estrellas

Mientras él grababa, viajaba y acumulaba éxitos, ella sostenía el hogar y le recordaba quién era cuando la fama amenazaba con desdibujarlo.

Por eso, cuando en 2020 Peniche admitió públicamente que estaban separados, el impacto fue enorme.

Durante semanas guardó silencio, hasta que decidió hablar con sus propias palabras.

Y lo que dijo sorprendió a todos.

No habló de peleas, ni de infidelidades, ni de terceros.

Habló de algo más difícil de aceptar: sentirse innecesario.

“Me siento estorbo.

Me siento inútil”, confesó.

Palabras duras, especialmente viniendo de un hombre que durante años fue símbolo de virilidad y éxito.

Peniche explicó que con el tiempo algo se había ido apagando.

No el amor, sino el lugar que sentía ocupar en la vida de su esposa.

El silencio entre ambos creció despacio, respetuoso, pero constante, hasta volverse insoportable.

A diferencia de muchas rupturas mediáticas, Peniche nunca habló mal de Gaby.

Al contrario, la describió como una mujer extraordinaria, su compañera de vida, la madre de sus hijos.

Aseguró que alejarse no fue un acto de abandono, sino de amor.

“Me hago a un lado porque la amo”, dijo, dejando claro que no sabía si la separación sería definitiva.

Durante ese tiempo, el actor se refugió en un rancho, lejos del ruido, enfrentándose a sí mismo sin cámaras ni aplausos.

Ahí, en la soledad, entendió algo que nunca había querido admitir: había construido su identidad alrededor del trabajo y del rol de proveedor, y cuando sintió que ya no cumplía esa función, su autoestima se derrumbó.

Mientras tanto, Gaby también vivía su propio proceso.

La separación le devolvió independencia y confianza.

Descubrió que podía estar sola, pero que elegir estar con Arturo era precisamente eso: una elección, no una costumbre.

Con el paso de los meses, la comunicación regresó.

Sin promesas grandilocuentes, sin presión externa.

Su hijo Brandon fue quien más tarde confirmó lo que muchos esperaban: estaban reconstruyéndose.

Viajaban juntos, hablaban más, se escuchaban de verdad.

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No intentaban volver a ser quienes fueron a los veinte, sino aprender a amarse desde quienes eran ahora.

En febrero de 2025, Arturo Peniche y Gabriela Ortiz confirmaron que habían retomado su relación.

No como un final feliz de telenovela, sino como algo más honesto.

Dos personas que se separaron para no destruirse y regresaron porque, después de todo, seguían eligiéndose.

Hoy, a los 63 años, Peniche no habla desde la pose del galán eterno.

Habla desde la vulnerabilidad.

Admite que el amor no siempre se rompe con gritos, a veces se desgasta en silencio.

Que incluso los hombres fuertes se sienten pequeños.

Y que alejarse, en ocasiones, es la única forma de salvar lo que aún importa.

Su confesión no destruyó su imagen.

La humanizó.

Porque detrás del actor, del protagonista, del ícono de la televisión mexicana, hay un hombre que tuvo miedo de dejar de ser necesario.

Y que, al admitirlo, encontró una nueva forma de amar.

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