La cara oculta del Rey: Roberto Carlos revela los nombres que nunca quiso pronunciar

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Roberto Carlos, el hombre cuya voz ha sido la banda sonora de millones de vidas, finalmente ha revelado los nombres de los artistas que dejaron cicatrices profundas en su camino.

No lo hizo con odio, sino con la serenidad de alguien que ha cargado un peso durante décadas.

Entre ellos, resuena un nombre que sorprende y duele: Julio Iglesias.

Dos leyendas, dos titanes de la música romántica, unidos por el éxito pero separados por egos irreconciliables.

Aunque sus encuentros iniciales parecían prometedores, detrás de las cámaras todo era diferente.

Roberto lo describió como “un vendedor de sí mismo”, una crítica que encapsula su decepción hacia alguien que veía el escenario más como una pasarela que como un templo sagrado.

La tensión entre ambos alcanzó su punto máximo cuando Julio lanzó una versión de “Amigo”, una de las canciones más emblemáticas de Roberto, sin siquiera consultarlo.

Aunque legalmente estaba permitido, para Roberto fue una traición artística que nunca pudo perdonar.

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Durante años, eliminó la canción de su repertorio, y los intentos de reconciliación fracasaron rotundamente.

Para él, Julio representaba una visión de la música centrada en el brillo y la fama, mientras que Roberto siempre buscó autenticidad y conexión emocional.

Otro nombre que aparece en esta lista es Ronnie Von, un cantante brasileño que en los años 60 fue presentado como el “príncipe” que competiría con el “rey”.

La prensa alimentó una rivalidad que, aunque nunca explotó en enfrentamientos directos, dejó a Roberto agotado.

Las comparaciones constantes y la sensación de que su autenticidad estaba siendo diluida por imitadores lo marcaron profundamente.

Aunque Ronnie nunca fue un enemigo declarado, su presencia simbolizó una amenaza al trono que Roberto había construido con esfuerzo y pasión.

José José, el “Príncipe de la Canción”, también ocupa un lugar en esta lista.

Aunque desde afuera parecía haber respeto mutuo, Roberto siempre sintió una tensión constante.

Lo admiraba como artista, pero no podía aceptar su vida marcada por excesos y autodestrucción.

Un momento particularmente incómodo ocurrió en Miami, durante los ensayos para un especial televisivo.

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José José reclamó una línea de la canción que debían interpretar juntos, generando una fricción que se hizo evidente en su actuación.

Desde entonces, Roberto evitó cualquier colaboración o encuentro con él, considerando su estilo de vida incompatible con su visión de la música como un arte que debía sanar y elevar.

El Puma, José Luis Rodríguez, es otro nombre que emerge en esta confesión.

Aunque inicialmente compartieron escenarios y proyectos, sus diferencias artísticas y personales hicieron imposible una relación duradera.

Para Roberto, el Puma representaba una visión de la música como espectáculo, centrada en luces y poses, algo que él consideraba superficial.

Un incidente en Viña del Mar, donde fueron fotografiados juntos, terminó por romper cualquier intento de cercanía.

Roberto lo resumió con una frase contundente: “No me pongo en vitrinas ajenas”.

Tal vez la herida más profunda fue la que dejó Erasmo Carlos, su compañero de la “Jovem Guarda” y coautor de muchos de sus éxitos.

Durante años, fueron inseparables, pero las tensiones comenzaron a surgir cuando Roberto expandió su reinado hacia la música romántica internacional, mientras Erasmo exploraba caminos más experimentales.

La prensa contribuyó a la fractura, sugiriendo que Erasmo vivía a la sombra de Roberto.

Aunque nunca hubo enemistad abierta, la amistad se deterioró, dejando una herida que nunca cicatrizó por completo.

La reconciliación llegó tarde, más como un gesto simbólico que como un verdadero reencuentro.

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Finalmente, Gloria Estefan, una figura que parecía representar un encuentro artístico perfecto, también dejó una marca amarga en Roberto.

Un proyecto de dueto que prometía ser una colaboración íntima terminó siendo una experiencia fría y comercial.

Para Roberto, la música debía ser un acto de conexión emocional, y lo que encontró fue una coreografía de promoción que lo dejó profundamente decepcionado.

Desde entonces, evitó mencionar su nombre o interpretar la canción que grabaron juntos, considerando que carecía de la autenticidad que él valoraba por encima de todo.

Estas revelaciones no buscan destruir la imagen de los artistas mencionados, sino mostrar el lado humano de una leyenda que siempre fue vista como impecable.

Roberto Carlos, el hombre detrás del ídolo, también sufrió decepciones, también cargó con silencios y también aprendió que incluso en la cima, la soledad puede ser abrumadora.

Su confesión no es un acto de revancha, sino un intento de liberar el peso de años de emociones contenidas.

Y aunque su voz sigue siendo dulce y su legado intacto, estas palabras nos recuerdan que detrás de cada aplauso hay una historia que merece ser contada.

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