
Para comprender lo extraordinario, debemos empezar por lo diminuto.
Imagina un átomo ampliado hasta el tamaño de un estadio de fútbol.
En el centro, el núcleo sería como una pequeña mosca flotando en medio del campo.
¿Y el resto del estadio? Vacío.
O al menos eso creíamos.
Los electrones no orbitan como planetas bien definidos; existen como nubes de probabilidad alrededor del núcleo.
Si elimináramos todo el espacio “vacío” de los átomos que componen a la humanidad entera, los miles de millones de personas del planeta podrían comprimirse en un volumen minúsculo, aunque con una masa gigantesca.
La solidez que sentimos no proviene de bloques compactos, sino de fuerzas invisibles.
Cuando te sientas en una silla, en realidad no la tocas.
Los electrones de tu cuerpo y los de la silla tienen carga negativa y se repelen intensamente.
Esa repulsión electromagnética es lo que percibes como dureza.
Flotas, a una distancia microscópica, sobre un campo de fuerzas.
Pero la física del siglo XXI va aún más lejos.
Según el modelo estándar, las partículas fundamentales no son pequeñas bolitas sólidas.
Son excitaciones de campos cuánticos que impregnan todo el espacio.
Existe un campo electrónico, un campo de fotones, un campo de quarks, un campo de Higgs.
Estos campos están en todas partes.
Las partículas son simplemente ondulaciones locales en esos campos.
Imagina un lago perfectamente tranquilo.
Cuando lanzas una piedra, aparece una onda circular.
Esa onda no es algo separado del lago: es el lago moviéndose.
De la misma manera, un electrón no es una cosa independiente, sino una vibración en el campo electrónico.
Tú mismo eres un complejo patrón de vibraciones estabilizadas en múltiples campos cuánticos.
La materia no es lo fundamental.
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Los campos lo son.
Primero está el océano invisible; luego, las olas que llamamos partículas.
Aquí entra en escena una de las herramientas más poderosas y desconcertantes de la física: la función de onda.
Representada normalmente por la letra griega psi, no describe una posición concreta, sino un abanico de posibilidades.
Antes de ser medido, un electrón no está en un punto específico.
Está distribuido como una nube de probabilidades.
Erwin Schrödinger formuló en 1925 la ecuación que describe cómo evoluciona esa función de onda en el tiempo.
No es una fórmula caótica; es estricta, precisa, matemática.
Lo sorprendente es que sus soluciones indican que múltiples resultados pueden coexistir en superposición.
Si la función de onda dice que hay un 30 % de probabilidad de que una partícula esté en un lugar y un 70 % en otro, eso significa que, antes de la medición, ambos estados forman parte de la descripción completa del sistema.
La realidad, a nivel cuántico, no elige inmediatamente.
Permanece abierta.
El experimento de la doble rendija es la prueba más famosa de esta naturaleza ondulatoria.
Cuando se disparan electrones hacia una pared con dos rendijas, el patrón resultante en la pantalla posterior no es el de dos líneas, como esperaríamos de pequeñas partículas sólidas.
Es un patrón de interferencia, típico de ondas que pasan simultáneamente por ambas rendijas.
Más desconcertante aún: incluso enviando electrones uno por uno, el patrón de interferencia emerge con el tiempo.
Como si cada electrón atravesara ambas rendijas a la vez e interfiriera consigo mismo.
Pero cuando los científicos colocan detectores para observar por cuál rendija pasa el electrón, el patrón cambia.
Desaparece la interferencia y aparecen dos franjas simples.
El acto de medir altera el comportamiento.
La función de onda parece “colapsar” en un resultado concreto.
Durante mucho tiempo se pensó que este comportamiento era exclusivo del mundo microscópico.
Sin embargo, experimentos con moléculas cada vez más grandes han demostrado que la naturaleza ondulatoria persiste en sistemas compuestos por miles de átomos, siempre que estén suficientemente aislados del entorno.
Aquí entra la decoherencia.
Cuando un sistema cuántico interactúa con su entorno —luz, aire, radiación térmica— pierde rápidamente su coherencia.
Las múltiples posibilidades dejan de interferir entre sí y el sistema adquiere apariencia clásica.
No porque deje de ser cuántico, sino porque la información se dispersa en el entorno.
Este proceso es extremadamente rápido para objetos grandes.
Por eso no vemos gatos atravesando paredes.
No es que no sean ondas en esencia; es que su interacción constante con el ambiente destruye cualquier superposición observable casi instantáneamente.
Pero hay una interpretación que lleva esta lógica hasta el límite.

En 1957, Hugh Everett propuso que la función de onda nunca colapsa.
Según su interpretación de los “muchos mundos”, todas las posibilidades descritas por la ecuación de Schrödinger se realizan.
El universo no selecciona una opción; se ramifica.
Cada vez que ocurre un evento cuántico con múltiples resultados posibles, la realidad se divide en tantas ramas como resultados haya.
En una rama, el electrón pasa por la rendija izquierda.
En otra, por la derecha.
En una, decides seguir leyendo.
En otra, dejas el teléfono.
Estos universos no están “lejos” en el espacio.
Coexisten, pero ya no interactúan debido a la decoherencia.
Como emisoras en diferentes frecuencias, superpuestas pero inaccesibles entre sí.
Algunos físicos, como David Deutsch, han sugerido que el funcionamiento de los ordenadores cuánticos podría entenderse naturalmente dentro de esta interpretación.
Los qubits explotan la superposición para realizar ciertos cálculos de manera más eficiente que los ordenadores clásicos.
No es prueba directa del multiverso, pero sí un ejemplo tangible de cómo la superposición es un recurso físico real.
El entrelazamiento cuántico añade otra capa al misterio.
Dos partículas que interactúan pueden quedar correlacionadas de tal manera que medir una determina instantáneamente el estado de la otra, sin importar la distancia que las separe.
Este fenómeno ha sido confirmado experimentalmente y fue reconocido con el Premio Nobel de Física en 2022.
Algunos enfoques teóricos incluso sugieren que el entrelazamiento podría estar relacionado con la estructura misma del espacio-tiempo.
Sin entrelazamiento, el tejido del universo podría no mantenerse unido de la forma que conocemos.
Y en el terreno cosmológico, se han buscado señales de posibles colisiones entre “burbujas” universales en el fondo cósmico de microondas.
El famoso “punto frío” ha generado especulación, aunque no existe consenso científico de que sea evidencia de otro universo.
Las hipótesis son audaces, pero aún no concluyentes.
Entonces, ¿qué significa todo esto?
Que lo que percibes como sólido es, en esencia, una danza de campos.
Que la materia es vibración organizada.
Que la función de onda describe un abanico de realidades potenciales.
Y que, según algunas interpretaciones coherentes con las ecuaciones, todas esas posibilidades podrían ser igualmente reales.
Tal vez no seas una pieza aislada en un universo rígido.
Tal vez seas una onda compleja en un océano cuántico, una de innumerables versiones que se bifurcan a cada instante.
No estamos hechos de cosas.
Estamos hechos de procesos.
Y si todo es, en última instancia, 99,9 % ondas… entonces la realidad es mucho más vasta, profunda y plural de lo que jamás imaginamos.