Bajo la iglesia amarilla que todos creían inocua se oculta una montaña hecha por manos humanas: descubre cómo siglos de secretos, túneles y murales podrían reescribir la historia de la civilización y sacudir nuestros mitos fundacionales 🌋🕯️🔍

Durante siglos la gente vio una colina con una iglesia; nadie pensó que la tierra era una construcción tan deliberada que merecía el nombre indígena Tlachwaltepetl: montaña construida.
Pero bajo el pasto y el cierre colonial, la gran pirámide de Cholula guarda un volumen tremendo: una base monumental que, por su masa, supera en metros cúbicos a la Gran Pirámide de Giza.
No es que se alce más alto en el cielo, sino que se hace inmensa en anchura: millones de adobes, moldeados a mano y puestos por generaciones, conforman una obra donde el tiempo fue el principal constructor.
La pirámide no nació de una sola ambición; fue una matrioska arquitectónica: al menos seis construcciones superpuestas, una sobre otra, cada una heredando, recubriendo y amplificando la anterior.
Empezó alrededor del 300 A.C.
como una plataforma modesta y, bajo la influencia de Teotihuacán, adquirió formas talud-tablero que la integraron a una lengua visual y política mayor.
Posteriormente toltecas, luego aztecas, rindieron culto y añadieron capas: no una usurpación, sino una acumulación sagrada.
Con cada fase, la montaña ganó no solo volumen sino legitimidad simbólica.
El tiempo hizo su trabajo: la superficie de adobe erosionó, semillas anidaron, y la pirámide se volvió colina.
Llegaron los españoles y coronaron la cúspide con la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios.

No enterraron el monumento: la naturaleza ya lo había cubierto; colocaron encima su símbolo del nuevo orden y fijaron así la ilusión por siglos.
Solo en el siglo XX Ignacio Marquina, con visión de cirujano, decidió perforar el cuerpo de la colina en vez de tocar la iglesia.
Excavó hacia adentro y abrió túneles que hoy suman unos ocho kilómetros: galerías que son un museo subterráneo —capas, murales, muros y altares— narrando cronologías superpuestas.
Los hallazgos son tan íntimos como incómodos.
En un vasto “patio de los altares” emergen evidencias de rituales de enorme carga religiosa: ofrendas, altares y, entre ellas, restos humanos infantiles asociados a cultos de lluvia, un recordatorio brutal de que la devoción en ese mundo podía tomar formas que hoy nos resultan difíciles de aceptar.
Pero también hay fiesta y comunión: el famoso Mural de los Bebedores, un friso de 57 metros descubierto en 1969, nos muestra a más de 110 figuras compartiendo pulque en una ceremonia que mezcla lo profano y lo sagrado.
No es sólo iconografía; es una ventana a la experiencia comunitaria: desde el éxtasis hasta la jerarquía, el mural habla de un pueblo donde la bebida era puente hacia lo divino.
Otros murales —saltamontes, escarabajos— repiten motivos que conectan agricultura, simbolismo y cosmovisión.
Todo suma: la pirámide no guarda un solo secreto, sino una biblioteca de vida cotidiana, fe y poder.
Más allá del interior, tecnologías modernas han revelado que la gran pirámide es el corazón de una plataforma artificial que se extiende mucho más allá de su base, una metrópolis enterrada de posiblemente cinco kilómetros cuadrados, comparable en tamaño a grandes centros antiguos.
LiDAR, radar de penetración terrestre y escaneos han mostrado contornos de plazas, complejos y viviendas: Cholula fue ciudad densamente poblada, no solo un templo aislado.
Hoy la conversación es doble.
Por un lado, el sitio ofrece un relato esperanzador sobre la cooperación intergeneracional: culturas que construyeron sobre lo anterior para preservar la sacralidad acumulada.
Esa filosofía, de edificar en vez de borrar, resuena en tiempos que requieren proyectos de largo plazo.
Por otro lado, la ciudad moderna aprieta: urbanización, cimientos y agua amenazan los adobes milenarios y los murales frágiles.
La preservación exige drenaje, estabilización y políticas de protección que compitan con la presión inmobiliaria.
Cholula no es un mero vestigio; es una máquina del tiempo con páginas por leer.
La mayoría de su estructura permanece sin excavar: el subsuelo aún guarda capas y espacios que sólo resplandecerán si se decide conservar y explorar con método.
Cada nuevo túnel, cada nuevo escaneo, devuelve voces: de constructores anónimos que moldearon adobes, de sacerdotes que sacrificaron con convicción, de comunidades que celebraron con pulque y murales.
La gran pirámide no promete tesoros sensacionalistas, promete algo más perturbador y valioso: cambiar la narrativa de cómo las sociedades se construyen y se heredan.
En Cholula la historia no está enterrada ni muerta; es una conversación lenta entre barro, piedra, fe y tiempo.
Quien se incline a escuchar, encontrará que el pasado no es un museo estático, sino una montaña viva que aún tiene algo que decir sobre nosotros.