Venezuela: El Primer Dominó Que Hará Caer al Imperio del Dólar | Pepe Escobar

Desde París, en mi café habitual, mientras el humo de mi café etíope se mezcla con aromas exóticos, el verdadero humo que importa se alza desde Caracas.

Pepe Escobar
No es el humo de las refinerías petroleras, sino el humo de las bombas estadounidenses que están por cambiar para siempre el equilibrio geopolítico global.

Estamos en el momento más crítico desde el fin de la Guerra Fría, donde las decisiones que se tomen en Washington en las próximas horas definirán si Estados Unidos mantiene su hegemonía o si el mundo avanza hacia una realidad multipolar.

 

Lo que está ocurriendo en Venezuela no es una simple operación militar más.

Es el último acto desesperado de un imperio en declive que apuesta todo a controlar las mayores reservas petroleras del mundo antes de que el sistema petrodólar colapse definitivamente.

La operación militar estadounidense, bautizada como Absolute Resolve, no es lo que aparenta en los medios occidentales.

Mientras se habla de narcotráfico y democracia, la realidad es mucho más cruda y calculada.

 

Estados Unidos libra su última batalla por el corazón energético de América.

Cada barril de petróleo venezolano que fluye hacia China es un clavo más en el ataúd del dominio estadounidense.

Venezuela posee las reservas petroleras probadas más grandes del mundo, con 303,8 mil millones de barriles, superando a Arabia Saudita, Rusia, Canadá e Irak combinados.

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Pero lo que realmente mantiene despierto a Washington es que el 76% de la producción petrolera venezolana se vende a China, no a Estados Unidos.

Además, la ubicación geográfica del petróleo venezolano permite que llegue a China en 35 días a través del canal de Panamá, mientras que el petróleo del Medio Oriente tarda 45 días y debe pasar por el estrecho de Malaca, que Estados Unidos puede bloquear en cualquier momento.

 

China no solo compra petróleo venezolano, sino que financia toda la infraestructura para extraerlo, refinarlo y transportarlo.

Desde 2007, Beijing ha invertido más de 67 mil millones de dólares en el sector energético venezolano, y cada dólar de esa inversión está denominado en yuanes, no en dólares.

Estos acuerdos no son préstamos tradicionales, sino intercambios de recursos por infraestructura: China construye carreteras, puertos, refinerías y sistemas de telecomunicaciones a cambio de suministros garantizados de petróleo a precios preferenciales.

 

Este modelo rompe con la tradición neocolonial que ha caracterizado las relaciones de Estados Unidos con América Latina durante siglos.

Además del petróleo, Venezuela posee las segundas reservas de oro más grandes de América Latina, y desde 2018, cada onza de oro venezolana que sale del país va directamente a China, pagada en yuanes como parte de acuerdos de intercambio monetario entre Caracas y Beijing.

 

La narrativa estadounidense que acusa a Venezuela de narcotráfico se desmorona frente a esta realidad.

El verdadero “crimen” de Venezuela es estar construyendo un sistema económico independiente del dólar estadounidense.

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La operación militar estadounidense es, en esencia, un intento desesperado por salvar el sistema petrodólar, que desde 1973 requiere que todo el petróleo se comercialice en dólares.

Este sistema es la base del poder financiero global de Estados Unidos, permitiéndole imprimir dólares sin sufrir inflación gracias a la demanda constante para comprar energía.

 

Sin embargo, cuando países con grandes reservas energéticas, como Venezuela, Rusia e Irán, comienzan a comerciar petróleo en monedas nacionales —principalmente el yuan—, la demanda de dólares disminuye, erosionando la capacidad estadounidense de financiar su déficit comercial y militar.

Venezuela representa el 18% de las reservas probadas de petróleo del mundo que operan fuera del sistema dólar, una hemorragia que Washington no puede permitir.

 

Cuando Trump acusa a Venezuela de “robar petróleo estadounidense”, revela una mentalidad imperialista que considera que todos los recursos energéticos le pertenecen a Estados Unidos.

La realidad es que Venezuela elige libremente a sus socios comerciales, que no están en Washington, sino en Beijing y Moscú.

 

China ha reaccionado estratégicamente, sin confrontación directa.

Mientras Estados Unidos despliega portaaviones y bombardea Caracas, Beijing firma contratos para importar gas natural licuado de Qatar, acuerdos conjuntos de refinamiento con Kuwait y acelera conversaciones con Arabia Saudita para establecer un centro energético en el Golfo Pérsico que operaría en monedas no occidentales.

 

La agresión estadounidense en Venezuela está acelerando la desdolarización global que Washington quiere evitar.

Cada bomba que cae en suelo venezolano envía un mensaje claro a los países del Sur Global: si tienes recursos estratégicos, eres un objetivo.

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Brasil ha declarado que cualquier operación militar estadounidense en su territorio será considerada un acto de agresión.

Argentina mantiene silencio, pero sus generales están nerviosos.

Colombia apoya oficialmente la operación, pero extraoficialmente acelera su acercamiento al bloque BRICS Plus, entendiendo que si Estados Unidos puede bombardear Venezuela por su petróleo, también podría hacerlo por otros recursos.

 

Rusia, por su parte, no envía tropas, pero acelera la integración del comercio energético ruso, chino, iraní y venezolano en una plataforma de liquidación en yuanes que elimina la necesidad de bancos occidentales y el sistema SWIFT.

Irán ya prueba esta plataforma con sus exportaciones a China, y Venezuela estaba a punto de integrarse cuando comenzó la operación militar.

 

Putin entiende que la mejor respuesta no es la violencia directa, sino acelerar un sistema financiero que haga irrelevante la violencia estadounidense.

 

La gran incógnita es qué pasará cuando Arabia Saudita se integre a esta plataforma.

Si Riyadh decide comerciar petróleo en yuanes, el sistema petrodólar colapsaría de la noche a la mañana.

 

Estados Unidos ya no tiene la capacidad económica para competir con China en América Latina.

Beijing ofrece inversiones reales en infraestructura, tecnología y comercio a largo plazo, mientras Washington solo ofrece amenazas y sanciones.

 

La operación Absolute Resolve puede lograr objetivos tácticos, pero está destinada a fracasar estratégicamente.

Trump puede derrocar a Maduro e instalar un gobierno títere, pero no cambiará la realidad de que China es el socio comercial más importante de América Latina.

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China apuesta a largo plazo, invirtiendo en energías renovables, tecnologías de almacenamiento y redes eléctricas inteligentes que diversifican las fuentes de energía.

Su estrategia no busca solo reemplazar a Estados Unidos como hegemón, sino crear un sistema multipolar donde ningún país monopolice los recursos energéticos.

 

Venezuela es clave en esta estrategia porque proporciona la base energética para la iniciativa de la Franja y la Ruta en América Latina.

Los puertos, carreteras y ferrocarriles que China construye en la región requieren un suministro energético seguro que no pueda ser interrumpido por sanciones estadounidenses.

 

Maduro entiende su papel: Venezuela no solo resiste la agresión estadounidense, sino que ayuda a construir la infraestructura del mundo post-hegemónico.

Cada tanque de petróleo que llega a China es una inversión en un futuro donde Washington no dicta con quién se comercia.

 

Rusia fortalece la defensa venezolana con sistemas S400 y misiles hipersónicos, haciendo a Venezuela prácticamente inexpugnable para ataques futuros, y enviando un mensaje a todos los países del Sur Global: la alianza con China y Rusia ofrece protección contra la coerción estadounidense.

 

Estados Unidos enfrenta una trampa de sobrecarga militar, incapaz de sostener operaciones simultáneas en múltiples frentes.

La guerra en Ucrania ya mostró sus limitaciones, y ahora abrir un segundo frente en América Latina agota aún más sus recursos.

 

Además, el complejo militar-industrial estadounidense depende de materiales estratégicos controlados por China, desde tierras raras hasta semiconductores, lo que limita su capacidad de confrontar directamente a Beijing.

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La operación militar en Venezuela no es solo sobre Venezuela, sino sobre evitar el surgimiento de un sistema económico global independiente de Estados Unidos.

Pero ese sistema ya está emergiendo, y bombardear Venezuela no lo detendrá.

 

El mundo multipolar es una realidad en desarrollo, con el bloque BRICS Plus representando más del 40% de la población mundial y más del 35% del PIB global, cifras que crecerán con la inclusión de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Irán.

 

Venezuela simboliza la transición del mundo unipolar al multipolar: un país con recursos enormes que elige libremente sus alianzas y resiste la coerción de la superpotencia.

 

La operación Absolute Resolve, irónicamente, acelera la integración de América Latina con el bloque euroasiático liderado por China y Rusia, unificando la región contra la hegemonía estadounidense.

 

Desde París, con mi última taza de café, la pregunta que queda es: ¿cuánto tiempo podrá Washington sostener una estrategia que acelera su propia irrelevancia geopolítica?

La verdadera tragedia de esta operación es que en lugar de restaurar el prestigio estadounidense, evidencia que Estados Unidos solo puede relacionarse con sus vecinos a través de la violencia, mientras el mundo busca alternativas al dólar y se acerca a la órbita china.

 

Los historiadores marcarán esta crisis como el momento en que la hegemonía unipolar se suicidó públicamente, no por las bombas en Caracas, sino por la demostración de que el imperio ya no tiene instrumentos de poder más allá de la fuerza bruta.

 

El petróleo y la sangre que fluyen en Venezuela hoy no son el final de una historia, sino el inicio de una nueva era donde ningún imperio puede monopolizar los recursos del mundo, y donde la multipolaridad es una realidad inevitable.

 

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