Mercurio es el planeta más pequeño del sistema solar, pero su historia es desproporcionadamente grande.
Durante siglos fue un punto brillante difícil de observar, siempre demasiado cerca del Sol como para estudiarlo con comodidad.
Esa cercanía lo protegió del escrutinio… y quizás también de preguntas incómodas.
Las primeras grietas en el relato aparecieron en 1973 con la misión Mariner 10.
Las imágenes revelaron una superficie brutalmente craterizada, un paisaje que recordaba a la Luna, pero con anomalías difíciles de explicar.
Aún más inquietante fue el descubrimiento de un campo magnético global.
Un planeta tan pequeño y de rotación lenta no debería tenerlo.
Pero lo tenía.
Décadas después, la sonda MESSENGER llevó el desconcierto a otro nivel.
Orbitando Mercurio durante años, reveló algo que rompía todos los esquemas: un núcleo gigantesco que ocupa cerca del 85% del volumen total del planeta.
En comparación, el núcleo terrestre apenas alcanza una fracción de eso.
Mercurio no es un planeta rocoso normal.

Es, en esencia, un enorme corazón metálico con una corteza delgada, casi como una cáscara.
Esa estructura extrema dio pie a una teoría inquietante: Mercurio pudo haber sido un planeta mucho mayor, brutalmente golpeado en los primeros días del sistema solar.
Una colisión colosal habría arrancado su manto y su corteza, dejando expuesto un núcleo denso y rico en hierro.
No fue una formación suave.
Fue una mutilación cósmica.
Pero los secretos no terminan ahí.
A pesar de estar tan cerca del Sol que sus temperaturas diurnas pueden derretir plomo, Mercurio alberga hielo de agua.
No en teoría.
En realidad.
En cráteres polares que nunca reciben luz solar, las temperaturas son tan bajas que el hielo puede sobrevivir durante millones de años.
Este hallazgo fue uno de los más perturbadores de la exploración planetaria reciente: fuego y hielo coexistiendo en el mismo mundo.
Junto al hielo, los instrumentos detectaron depósitos oscuros que muchos científicos interpretan como compuestos orgánicos complejos.
Restos de carbono, posiblemente traídos por cometas, preservados en la sombra eterna.
No es vida, pero es el tipo de química que precede a ella.
En un planeta que jamás fue considerado candidato para nada parecido.
La actividad interna de Mercurio también rompió expectativas.
Durante años se creyó que era un mundo geológicamente muerto.
Sin embargo, MESSENGER encontró evidencias de vulcanismo explosivo relativamente reciente.
Depresiones superficiales formadas por la pérdida de elementos volátiles indicaban que el planeta aún “respiraba” desde dentro.
Mercurio no estaba tan muerto como se pensaba.
Luego está su tiempo.
En Mercurio, un año dura 88 días terrestres, pero un día solar completo dura 176.
El Sol parece detenerse en el cielo, retroceder y avanzar de nuevo.
Este extraño baile, producto de una resonancia orbital 3:2, genera los contrastes térmicos más extremos del sistema solar y contribuye a condiciones físicas que no se repiten en ningún otro planeta.
Su campo magnético añade otra capa de misterio.
No solo existe, sino que está desplazado del centro del planeta.
Como si algo en el interior no estuviera equilibrado.
Algunos modelos sugieren una dinamo extraña, alimentada por una fina capa de metal líquido alrededor de un núcleo interno sólido desproporcionadamente grande.
Un mecanismo que desafía lo aprendido con la Tierra.
¿Y James Webb? Aunque no observa Mercurio de forma directa como un orbitador, sus instrumentos infrarrojos han aportado contexto crítico.
Al refinar modelos térmicos, composiciones y comparaciones con exoplanetas extremos, Webb ha obligado a los científicos a reevaluar qué significa realmente un planeta “cercano al Sol”.
Mercurio ya no es una excepción incómoda, sino una advertencia: los mundos pueden ser mucho más extraños de lo que nuestros modelos permiten.
La próxima gran pieza del rompecabezas llegará con BepiColombo, la misión conjunta europea-japonesa que entrará en órbita de Mercurio en 2025.

Sus instrumentos están diseñados para estudiar el planeta con un nivel de detalle sin precedentes: su núcleo, su exosfera, su campo magnético y su historia térmica.
Muchos científicos creen que confirmará algo inquietante: que Mercurio no solo es diferente, sino que es un sobreviviente deformado de un pasado violento que el sistema solar preferiría olvidar.
Mercurio ya no parece un simple planeta abrasado.
Parece un archivo dañado del origen del sistema solar.
Un mundo que perdió partes de sí mismo, que esconde hielo bajo el Sol, que conserva química orgánica en la oscuridad eterna y que sigue generando un campo magnético contra toda lógica.
Tal vez el verdadero secreto no es que Mercurio sea extraño.
Es que durante décadas lo miramos sin querer entenderlo.
Y ahora, demasiado tarde, empieza a devolvernos la mirada.