Audios no verificados que circularon tras el siniestro intensificaron el impacto emocional, mientras testigos describieron fallas al despegar, una explosión y un choque fulminante que dejó seis víctimas.

La confirmación llegó de forma brutal y dejó al país sin aliento: Yeison Jiménez había fallecido.
La noticia comenzó a correr desde muy temprano, multiplicándose en emisoras, titulares digitales y plataformas sociales, mientras Colombia trataba de asimilar una realidad que parecía irreal.
Al inicio, no se conocían precisiones, solo la certeza de una desgracia inesperada.
Con el paso de las horas, se supo que el artista, una de las figuras más queridas de la música popular, perdió la vida en un siniestro aéreo.
La noticia avanzó con velocidad, sembrando estupor y una conmoción colectiva difícil de describir.
Cuando aún no se superaba el impacto inicial, empezaron a aparecer nuevos indicios: audios que supuestamente estaban ligados a la avioneta accidentada.
Eran fragmentos breves, confusos y sin verificación oficial, pero se viralizaron casi de inmediato.
Muchos aseguraban que correspondían a momentos posteriores al despegue, cuando algo comenzó a fallar.
“¡Ayuda! ¡Ayuda!” se escuchaba en uno de los registros más difundidos, una voz desesperada que imploraba auxilio hasta que la grabación se interrumpe de golpe.
El vuelo era privado, en una aeronave ligera utilizada para traslados cortos hacia otro compromiso laboral del cantante.
Todo estaba previsto para durar poco, pero apenas minutos después de elevarse, la situación se tornó crítica.
En ese lapso mínimo, los audios ubican el comienzo de la tragedia.
Los primeros testimonios hablaban de un intento de la avioneta por ganar altura tras despegar, esfuerzo que no habría resultado como se esperaba.
Algo impidió que el ascenso fuera estable y, segundos después, una explosión habría sellado el desenlace.

Desde los organismos oficiales se insistió en la prudencia y se aclaró que todavía no era posible certificar la veracidad de los audios que circulaban.
Sin embargo, las grabaciones siguieron difundiéndose sin control, alimentando rumores y una sensación de angustia compartida.
Cada vez que reaparecían, el peso de la tragedia parecía hacerse más denso.
Para muchos admiradores de Yeison Jiménez, oír esas voces fue como volver al instante del accidente sin necesidad de imágenes, solo guiados por sonidos cargados de ansiedad y urgencia.
“Tenía el tiempo contado. Esa misma noche debía subir a un escenario y miles de personas lo aguardaban”, recordaron quienes conocían su apretada agenda.
La aeronave, vulnerable frente al cielo amplio de Boyacá, acababa de dejar la pista cuando se hizo evidente que algo fallaba.
Testigos contaron que la aeronave parecía esforzarse contra el viento, intentando ganar altura, pero nunca consiguió elevarse lo suficiente.
“Parecía una lucha constante, como si una fuerza contraria impidiera que la aeronave se afirmara en el aire”, relataron.
El impacto llegó de forma violenta y fulminante, anulando cualquier posibilidad de control.
“El estruendo fue estremecedor, el silencio que siguió aún más perturbador”, narraron quienes estaban en el lugar.
No hubo tiempo para reaccionar ni espacio para maniobras de emergencia.
En cuestión de instantes, el lugar se llenó de desconcierto.
Algunos corrieron sin saber cómo auxiliar, otros quedaron inmóviles, incapaces de procesar lo que habían visto.
La sensación dominante era de incredulidad absoluta.

Cuando los equipos de emergencia lograron llegar, ya no existía posibilidad alguna de auxilio.
Las llamas habían actuado con una velocidad despiadada y lo que encontraron fue una escena que muchos describieron como insoportable.
Seis personas habían perdido la vida atrapadas y calcinadas entre los restos del avión, entre ellas Yeison Jiménez.
“No hubo súplicas ni señales posteriores al impacto, solo una quietud pesada que dominaba el lugar”, comentaron los rescatistas.
La violencia del choque fue total.
La aeronave quedó reducida a una masa irreconocible de metal deformado, con fragmentos dispersos a varios metros, como si hubieran sido arrojados sin control.
“La carga emocional y el impacto visual quedaron grabados de forma imborrable”, admitieron quienes participaron en las labores de recuperación.
La ausencia de datos precisos generó un vacío que se llenó de inquietud colectiva.
“Nada parecía suficiente. Ninguna explicación alcanzaba”, decían los familiares de las víctimas.
La tragedia no hizo distinciones.
Cantante, piloto, colaboradores, todos quedaron igualados por el mismo final.
Para los seguidores de Yeison Jiménez, la noticia fue un golpe devastador.
“Era un artista en la cima de su carrera, llenando escenarios y conquistando nuevos públicos”, recordaron sus colegas.
El accidente expuso esa cara invisible del espectáculo, donde muchas vidas sostienen una carrera sin reconocimiento público.

Mientras el país comenzaba a entender la magnitud de lo ocurrido, una antigua entrevista de Yeison resurgió en redes sociales.
En ella, el cantante confesaba haber soñado varias veces con morir en un accidente de avioneta.
“Era solo una confesión más, pero ahora resulta estremecedora”, comentaron sus seguidores.
La coincidencia llevó a muchos a hablar de premonición, mientras otros insistían en que no era más que una cruel coincidencia.
La investigación sobre el accidente se abrió de inmediato, revisando registros de mantenimiento y las decisiones previas al despegue.
Sin embargo, la falta de respuestas concretas se sentía con fuerza.
“El país necesita comprender qué falló y por qué”, exigían los familiares.
La tragedia de Yeison Jiménez se convirtió en un referente cada vez que surgía un accidente similar, recordando que incluso los vuelos más rutinarios pueden esconder riesgos imprevisibles.
Mientras su música sigue sonando, su voz permanece viva en cada escenario donde actuó, pero también quedó una sombra, una sensación inquietante y una historia que todavía no se ha cerrado.
La investigación continúa abierta, esperando que algún día la verdad emerja, recordándonos que hay tragedias que no se diluyen con el tiempo, sino que siguen vivas en cada pregunta sin respuesta.