Tania Libertad de Souza Zúñiga nació en 1952 en Saña, un pequeño pueblo cercano a Chiclayo, donde el tiempo parecía avanzar despacio, pero las heridas se acumulaban rápido.
Era la única mujer entre siete hermanos varones, lo que significó heredar desde muy pequeña todas las tareas del hogar.
Planchar camisas, lavar ropa, fregar pisos y caminar durante horas para cargar agua desde un pozo lejano formaban parte de su rutina diaria, incluso antes de ensayar canciones que nadie en su casa celebraba.
Su padre, Manuel, guardia civil de ideas anarquistas y temperamento impredecible, gobernaba el hogar con mano de hierro.
Leía filosofía, despreciaba la religión y la autoridad externa, pero exigía obediencia absoluta puertas adentro.
Creía que el afecto debilitaba y que el cinturón educaba.
Nunca elogió a su hija.
Nunca.
Cuando Tania comenzó a cantar, su reacción no fue orgullo, sino furia.
“Cantás horrible”, le repetía.
“Tu voz es una vergüenza”.
Pero el castigo no se limitaba a las palabras.
La violencia física apareció cuando la niña empezó a crecer y a llamar la atención en la calle.
En lugar de protegerla, su padre la golpeaba porque otros hombres la miraban.
El mensaje era devastador: su cuerpo era vergonzoso, su voz peligrosa y su existencia debía ser controlada.
La única luz en esa casa era su madre, Mercedes Zúñiga, una enfermera incansable que entendió, en silencio, que su hija se estaba salvando a través de la música.
Mientras trabajaba largas jornadas, llamaba a la radio local fingiendo ser distintas oyentes para pedir una y otra vez los mismos boleros.
Desde casa, Tania copiaba las letras a mano, una canción por día, como quien escribe un mapa secreto para huir.
A los cinco años cantó por primera vez en público.
A los siete ganó un concurso radial.

A los ocho ya había memorizado más de 300 canciones.
Afuera, los aplausos crecían.
Adentro, el encierro también.
Su padre la dejaba salir solo para comer y cantar.
Todo lo demás era silencio o castigo.
Cuando su talento llegó a Lima, la jaula simplemente se volvió más grande.
Grabó su primer gran éxito, La Contamanina, y se convirtió en una figura conocida, pero no libre.
Su padre seguía decidiendo su vida, incluso prohibiéndole estudiar música.
La obligó a cursar ingeniería pesquera, convencido de que los artistas mueren pobres.
Fue en la universidad donde Tania encontró una nueva forma de rebelión.
Rodeada de poetas, estudiantes y músicos comprometidos, descubrió la canción de protesta.
Allí, por primera vez, su voz no era un peligro, sino una herramienta.
A los 20 años hizo lo impensable: huyó de casa.
Dos semanas desaparecida bastaron para marcar un punto de quiebre.
Cuando se reencontraron, su padre aceptó dejarla ir, pero le dio una llave de la casa familiar.
Un gesto mínimo, simbólico, que para Tania significó su primer acto de autonomía.
Esa llave no abría una puerta, abría una vida.
En 1980, tomó la decisión definitiva: dejar el Perú sin boleto de regreso.
Llegó a México con una maleta, una guitarra y ninguna certeza.
Rechazó la televisión, la fama inmediata y los contratos fáciles.
Durante siete años recorrió comunidades, escuelas, hospitales y prisiones, cantando dos veces al día, seis días a la semana, muchas veces sin micrófono.
Allí construyó algo más duradero que la fama: una conexión profunda con la gente.
El éxito llegó después, casi como consecuencia inevitable.
Discos de platino, giras internacionales, escenarios como el Carnegie Hall, el Olimpia de París y la Ópera de Sídney.
Más de 50 álbumes y millones de copias vendidas.
Y aun así, la voz interior no se callaba.
La voz del padre seguía ahí.
“¿Lo hice bien?”, se preguntaba después de cada concierto.
Como si la vida quisiera seguir probándola, enfrentó el cáncer tres veces.
Mastectomía, cirugías, biopsias cerca de sus cuerdas vocales.
Un error y su carrera terminaba.
Negoció incluso tratamientos hormonales para no perder su voz, aceptando controles médicos estrictos.
Sobrevivió.
Volvió a cantar.
Hoy, con más de seis décadas de carrera, Tania Libertad es embajadora cultural, activista por los derechos humanos y artista por la paz de la UNESCO.
Pero, sobre todo, es una mujer que ya no calla.
No odia a su padre.
Lo entiende como un hombre atrapado en su tiempo y sus miedos.
Y esa comprensión, lejos de justificar el dolor, lo transforma en memoria.
A los 72 años, Tania Libertad finalmente se permitió decir la verdad.
La niña golpeada, encerrada y silenciada nunca desapareció.
Aprendió a cantar con el miedo en el pecho.
Y quizá por eso, cada vez que su voz suena, no solo canta.
Resiste.