A punto de cumplir 70 años, Yuri vive lejos del brillo que la hizo invencible: fe, culpas del pasado, enfermedades y una soledad silenciosa que nadie imaginó cuando dominaba el pop latino 💔🎤🕯️

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Yuridia Valenzuela Canseco nació en Veracruz en 1964 dentro de una familia que pronto entendió que aquella niña no era común.

Desde muy pequeña destacó por su disciplina y talento escénico, especialmente en la danza.

A los 11 años estuvo a punto de cambiar su destino para siempre cuando fue seleccionada para estudiar ballet en Rusia, una oportunidad extraordinaria que sus padres rechazaron por miedo a perderla tan joven y tan lejos.

Esa decisión, tomada por amor y temor, marcó el primer gran desvío de su vida.

Su madre, Dulce Canseco, tomó entonces el control absoluto de su rumbo artístico.

Redirigió su energía hacia la música, la convirtió en solista adolescente y diseñó cada paso de su carrera con precisión casi militar.

Yuri creció sobre escenarios, no en patios escolares.

A los 16 años ya sostenía económicamente a su familia, mientras su adolescencia quedaba enterrada bajo compromisos, giras y cámaras.

El éxito llegó de forma brutal.

En los años 80, Yuri era omnipresente.

Discos de oro, conciertos abarrotados, apariciones constantes en televisión y una imagen provocadora que rompía esquemas.

Fue la primera cantante pop mexicana en conquistar Viña del Mar.

Canciones como “Maldita primavera”, “Yo te pido amor” y “Detrás de mi ventana” la convirtieron en un símbolo sexual y una superestrella continental.

Pero detrás del brillo había una joven emocionalmente sola, sin herramientas para entenderse ni cuidarse.

Con el tiempo, Yuri reconocería que su mayor adicción no fue el alcohol ni las drogas, sino los hombres casados.

Relaciones secretas, humillantes y dolorosas que se repetían como un patrón destructivo.

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Vivía esperando llamadas que no llegaban, llorando en habitaciones de hotel antes de salir a cantar frente a miles.

En uno de esos romances, el daño fue irreversible: se enamoró de un hombre casado del círculo íntimo, esposo de una amiga cercana.

Cuando la verdad salió a la luz, el matrimonio se rompió y Yuri quedó marcada como la villana.

La culpa la persiguió durante décadas.

Años después buscó a la mujer a la que había herido para pedirle perdón.

Aunque recibió palabras de cierre, el daño interno ya estaba hecho.

Detrás de la imagen sensual y poderosa, Yuri se estaba desmoronando.

No sabía estar sola, temía al silencio y confundía amor con validación.

Llegó a admitir dos intentos de suicidio, uno de ellos en pleno pico de su fama, mientras el público la esperaba afuera de un hotel.

El cuerpo terminó reflejando el caos emocional.

En los años 90 perdió la voz durante meses por nódulos en las cuerdas vocales.

Ese silencio forzado fue devastador.

Sin escenario, sin aplausos, se enfrentó a una pregunta que siempre había evitado: quién era ella sin el show.

Fue en ese vacío donde se aferró a la fe cristiana como última tabla de salvación.

Cortó con su antigua imagen, dejó canciones que glorificaban la infidelidad y cambió radicalmente su discurso.

Ese giro espiritual la salvó, pero también la aisló.

Muchos fans no entendieron el cambio.

La industria comenzó a cerrarle puertas.

Yuri dejó de ser la estrella audaz para convertirse en una figura incómoda, moralizante, profundamente polarizante.

Ella sostiene que no cambió para agradar, sino para sobrevivir.

En los últimos años, otra herida se abrió, esta vez familiar.

Adicción al sexo de cantante Yuri

En 2025, su sobrina Lu Valenzuela rompió el silencio y la acusó públicamente de haberle dado la espalda tras la muerte de su padre, hermano de Yuri.

Según su testimonio, cuando intentó seguir una carrera musical, fue frenada por su propia abuela con el argumento de que Yuri no quería verse involucrada.

En el momento más vulnerable de su vida, Lu asegura que no recibió ni apoyo emocional ni económico.

Yuri nunca respondió públicamente.

El silencio volvió a pesar más que cualquier explicación.

A nivel profesional, su mundo también se encogió.

Hoy se presenta en teatros pequeños, festivales religiosos y giras de nostalgia.

Ya no es invitada habitual a grandes premiaciones.

Tras contraer COVID-19 desarrolló disautonomía, una condición crónica que le provoca mareos, fatiga extrema y desmayos.

Su salud limita sus presentaciones y la obliga a cancelar eventos.

Aun así, insiste en seguir cantando, aunque sea a menor escala.

Sigue casada con Rodrigo Espinosa y es madre adoptiva de Camila, un proceso que también estuvo marcado por depresión y dudas.

Yuri ha sido honesta al admitir que la maternidad no fue el refugio idealizado que esperaba.

La presión por ser perfecta casi la rompe una vez más.

Hoy, cerca de los 70 años, Yuri vive lejos del centro del espectáculo.

Ya no domina listas ni portadas.

Vive entre la fe, la nostalgia y una tristeza que asoma cada vez que habla del pasado.

Su historia no es solo la caída de una estrella, sino el retrato crudo del precio de crecer demasiado rápido, de amar sin límites y de intentar redimirse cuando ya es tarde.

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