El 16 de enero de 2026 marcó un día histórico y sombrío para la familia Guzmán y el mundo del narcotráfico en México.
En una zona rural de Chiapas, lejos de Culiacán y Sinaloa, la familia Guzmán se reunió para despedir a Iván Archivaldo Guzmán Salazar, uno de los líderes más importantes del cártel de Sinaloa y heredero directo del imperio criminal fundado por su padre, Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Lo que parecía un funeral más, se convirtió en un evento cargado de tensión, simbolismo y la certeza de que una era llegaba a su fin.
Iván Archivaldo, conocido como uno de los “chapitos”, fue abatido en un operativo coordinado por Omar García Harfuch, un golpe contundente al cártel de Sinaloa.
Durante años, Iván fue considerado intocable, un hombre con gran influencia y poder dentro de la organización.
Su muerte no solo dejó un vacío en la estructura criminal, sino que desató una serie de reacciones y movimientos estratégicos tanto dentro del cártel como en los grupos rivales.
La familia Guzmán tomó la decisión de enterrar a Iván en Chiapas, una región alejada de las disputas territoriales de Sinaloa y Guadalajara, donde la presencia de cárteles rivales como el Jalisco Nueva Generación es fuerte.
Esta elección no fue casual ni sencilla.
Se barajaron otras ubicaciones, pero finalmente se optó por un lugar que ofreciera anonimato, distancia y seguridad para evitar que el funeral se convirtiera en un escenario de violencia.
Un convoy de más de 20 vehículos blindados escoltó el ataúd desde un punto desconocido hasta las afueras de San Cristóbal de las Casas.
La operación fue militar en su logística, con sicarios de confianza asegurando el perímetro y vigilando cada movimiento sospechoso con drones y binoculares.
El ambiente en el funeral fue de una mezcla profunda de dolor y rabia contenida.
Los familiares llegaron en intervalos, con rostros que reflejaban tristeza pero también determinación.
Jesús Alfredo Guzmán Salazar, hermano de Iván y ahora líder sobreviviente de los chapitos, mostró una fortaleza fría, consciente del peso que ahora debía cargar.
Alejandrina Salazar Hernández, madre de Iván, fue una figura central en la ceremonia.
Apoyada por familiares, llevaba consigo una fotografía o un rosario que no soltó en ningún momento, símbolo de un amor y un dolor que marcaban la despedida.
El funeral fue discreto, sin ostentación ni música estridente.
Las oraciones del sacerdote local y el llanto contenido de la familia se mezclaron con la vigilancia constante de los escoltas armados, conscientes de la amenaza latente.
Un momento que llamó la atención fue cuando decenas de murciélagos emergieron y revolotearon sobre la tumba en pleno día, un fenómeno inusual que varios presentes interpretaron como una señal de muerte, transformación y renacimiento, símbolos muy arraigados en la cultura popular mexicana.
Las palabras de un joven primo de Iván, “Se los juro por mi sangre. Vamos a hacer que paguen todos”, resonaron con fuerza.
Aunque Jesús Alfredo no reaccionó visiblemente, su asentimiento casi imperceptible fue suficiente para entender que la venganza estaba en marcha.
La seguridad fue extrema durante toda la ceremonia.
Los sicarios vigilaban sin descanso, preparados para cualquier ataque que pudiera surgir de células rivales que veían la muerte de Iván como una oportunidad para expandirse.
Sin embargo, el funeral transcurrió sin incidentes violentos, aunque la tensión era palpable.
La retirada fue tan coordinada como la llegada, con la familia escoltada hasta sus vehículos y Jesús Alfredo siendo el último en abandonar el lugar, mirando una última vez la tumba de su hermano y el imperio que ahora debía defender.
Tras el funeral, se reportaron movimientos significativos dentro del mundo del narcotráfico.
Reuniones de emergencia, comunicaciones encriptadas y un incremento en la actividad armada reflejaron la lucha por el control del vacío dejado por Iván.

Jesús Alfredo convocó a los principales operadores del cártel para reforzar la seguridad y preparar una respuesta estratégica.
También inició una investigación interna para descubrir posibles filtraciones que facilitaron el operativo contra su hermano, una búsqueda que ya ha provocado desapariciones misteriosas dentro de la organización.
La organización enfrenta ahora una etapa crítica.
La fragmentación del poder en Culiacán y la presión constante de grupos rivales como el cártel Jalisco Nueva Generación amenazan la estabilidad de los chapitos.
Jesús Alfredo, hasta ahora un operador en las sombras, debe asumir un liderazgo que determinará el destino del cártel.
La cohesión interna, la capacidad de responder a ataques y la gestión de alianzas serán claves en los próximos meses.
La violencia derivada de esta lucha de poder afecta directamente a comunidades enteras atrapadas entre enfrentamientos y extorsiones.
Familias viven con miedo constante, negocios son destruidos y jóvenes son reclutados a la fuerza.
El gobierno mexicano mantiene una estrategia de presión constante, consciente de que la eliminación de líderes como Iván genera un aumento temporal de la violencia, pero busca debilitar las estructuras criminales a largo plazo.
El funeral de Iván Archivaldo Guzmán Salazar en Chiapas fue mucho más que una despedida.
Fue un símbolo del cambio profundo en el narcotráfico mexicano, el inicio de una nueva etapa marcada por la incertidumbre, la venganza y la lucha por el poder.
La familia Guzmán enfrenta ahora el desafío de mantener unido un imperio tambaleante, mientras el país observa atento los próximos capítulos de esta historia que parece no tener fin, pero que podría estar en un punto de inflexión decisivo.