Se examina la trayectoria de Alberto Rojas desde sus orígenes humildes hasta su consolidación como figura clave del cine popular mexicano

La historia de Alberto Rojas es la de una figura que desafió los estándares tradicionales del espectáculo para convertirse en uno de los rostros más recordados del cine popular mexicano.
Nacido en un entorno humilde, sin la presencia constante de una figura paterna y con una madre que trabajaba arduamente en una fábrica, su infancia estuvo marcada por carencias económicas y una rebeldía que lo alejaba de los estudios.
Desde muy joven encontró refugio en el entretenimiento.
Admirador de figuras como Germán Valdés y Óscar Pulido, frecuentaba salas de cine donde descubría un mundo que lo fascinaba profundamente.
“El teatro me cambió la vida”, recordaría años después al evocar aquel primer contacto con los escenarios que lo dejó impactado por la magia de las luces, los vestuarios y la actuación en vivo.
Su entrada al mundo artístico no fue inmediata ni sencilla.
Comenzó como mandadero en un teatro, ganándose poco a poco la confianza del elenco.
A pesar de la oposición inicial de su madre, quien temía que abandonara la escuela, finalmente logró equilibrar ambas responsabilidades.
“Sabía que no podía fallarle, pero tampoco podía dejar lo que amaba”, confesó en una ocasión.

Decidido a triunfar, dejó Monterrey y se trasladó a la Ciudad de México, donde empezó a conseguir pequeños papeles teatrales.
Su físico poco convencional —alto, delgado y con rasgos particulares— lejos de ser un obstáculo, se convirtió en su sello distintivo.
Con el tiempo, ese mismo aspecto que en otros contextos habría sido motivo de rechazo, le abrió puertas en la comedia.
Su salto al cine llegó con participaciones modestas hasta consolidarse en producciones más comerciales.
Sin embargo, fue en la década de 1970 cuando alcanzó verdadera notoriedad al integrarse al fenómeno del cine de ficheras, un estilo caracterizado por el humor pícaro, escenarios de cabaret y diálogos de doble sentido.
En este género compartió pantalla con figuras como Rafael Inclán, Alfonso Zayas y Luis de Alba.
Lejos de avergonzarse de este tipo de cine, Rojas lo defendía con convicción.
“La gente necesita reír, y nosotros se lo damos sin pretensiones”, afirmaba.
Su carisma lo llevó a protagonizar numerosas películas, entre ellas “Las muñecas de medianoche”, que consolidaron su imagen como uno de los actores más representativos del género.

A pesar de no encajar en el molde clásico de galán como Andrés García o Jorge Rivero, logró conquistar al público.
Incluso posó para una revista dirigida al público femenino, rompiendo esquemas en una industria donde ese tipo de exposiciones eran poco comunes para hombres.
“Nunca me sentí menos que nadie”, llegó a decir, reafirmando su confianza y autenticidad.
Además de actor, incursionó como director y productor, adaptándose a los cambios de la industria.
Durante la crisis del cine nacional en los años 80 y 90, participó activamente en los llamados videohomes, producciones de bajo presupuesto destinadas al mercado doméstico.
“Había que seguir trabajando, el público seguía ahí”, explicaba sobre esta etapa de su carrera.
En el plano personal, su vida estuvo marcada por altibajos.
Su relación con Lucero Reinoso generó controversia desde sus inicios, aunque finalmente formaron una familia con tres hijos.
Tras un divorcio y posterior reconciliación, Rojas reconoció públicamente el papel fundamental de su esposa: “Ella siempre estuvo ahí, incluso cuando yo no supe estar”.

En sus últimos años, el actor mostró una faceta más reflexiva, especialmente a través de monólogos como “La Catrina”, donde abordaba la muerte con humor y profundidad.
Sin embargo, su salud comenzó a deteriorarse de manera preocupante a finales de 2015.
Tras notar síntomas inusuales, acudió al médico y recibió un diagnóstico devastador: cáncer de vejiga.
A pesar de someterse a diversos tratamientos, su prioridad siempre fue seguir trabajando.
“Mientras pueda pararme en un escenario, ahí voy a estar”, expresó con determinación.
La enfermedad avanzó rápidamente.
El 21 de febrero de 2016, Alberto Rojas falleció en su hogar, acompañado por su familia.
Su partida dejó un vacío significativo en el mundo del espectáculo mexicano.
Con más de 70 producciones cinematográficas, innumerables obras teatrales y una personalidad que rompió moldes, su legado permanece vigente.
Su historia es testimonio de perseverancia, autenticidad y una conexión única con el público que lo convirtió en un ícono irrepetible del entretenimiento popular en México.
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