Todo comenzó como una misión rutinaria de mapeo.
Equipos del British Antarctic Survey, junto con investigadores de universidades de Estados Unidos y Noruega, estaban probando un nuevo sistema de radar de penetración profunda, una evolución de la tecnología usada por la NASA en las campañas IceBridge.
El objetivo era simple: leer las capas de hielo antiguo como páginas congeladas de un libro climático.
Pero el radar devolvió algo que nadie esperaba.
En lugar de ecos caóticos propios del hielo deformado, la pantalla mostró líneas rectas, paralelas, formando un patrón de cuadrícula.
No curvas.
No pliegues.
Ángulos de 90 grados extendiéndose cientos de metros bajo el continente.
La naturaleza no construye así.
Al principio, pensaron en un fallo técnico.
El hielo antártico profundo suele distorsionar las señales.
Pero al repetir el barrido, la anomalía se volvió aún más nítida.
Las lecturas de densidad indicaban que aquello era más pesado que la roca madre circundante, más cercano a basalto compacto o incluso a un material artificial.
Y eso eliminó rápidamente una explicación clave: volcanes.
Aunque la Antártida esconde más de 130 volcanes bajo su hielo, ninguno genera estructuras geométricas con superficies planas y esquinas perfectas.
La inquietud aumentó cuando entraron en juego los datos sísmicos.
Al enviar pulsos similares a los usados para revelar las montañas ocultas de Gamburtsev, las ondas rebotaron de forma limpia, casi quirúrgica.
No había irregularidades.

Había superficies planas.
Y justo encima de la anomalía, el hielo mostraba una firma térmica uniforme, como si algo hubiera emitido calor desde abajo durante mucho tiempo.
Aquí la historia dio un giro peligroso.
Estudios publicados en Nature ya habían sugerido que partes de la Antártida Oriental estuvieron libres de hielo hace entre 12.000 y 14.000 años.
Si eso es correcto, entonces lo que hoy yace bajo kilómetros de hielo pudo haber estado expuesto en la superficie durante una ventana habitable del pasado reciente en términos geológicos.
Luego llegaron los magnetómetros.
Las lecturas se dispararon hasta 300 veces por encima del campo magnético normal del lecho glaciar.
No de forma caótica, sino concentradas en un anillo simétrico que rodeaba la estructura.
Las anomalías magnéticas naturales suelen ser irregulares, manchas difusas.
Esta seguía la geometría del radar con una precisión inquietante.
Al comparar los datos con archivos desclasificados de la Marina estadounidense de los años 50, surgió otro detalle perturbador: la anomalía ya había sido detectada décadas atrás, pero fue descartada como error de instrumentación.
En aquel entonces, la Antártida era solo un vacío blanco en los mapas.
Hoy, esa excusa ya no se sostiene.
Mientras el debate crecía, los glaciólogos perforaron núcleos de hielo directamente sobre el sitio.
Lo que encontraron dentro del hielo antiguo fue igual de desconcertante: polen fosilizado de plantas templadas.
Pastos, arbustos e incluso plantas con flores que hoy no existen en la Antártida.
Los análisis isotópicos confirmaron que no eran contaminación moderna ni polvo transportado por el viento.
Eran restos de vegetación local.
Y lo más inquietante: esos granos de polen aparecían justo por encima de la profundidad donde comienza la anomalía del radar.
Eso significa que la vegetación creció allí, no que llegó volando desde otro continente.
Un entorno verde.
Habitable.
Capaz de sostener vida… y quizá viajeros humanos.
Una fotografía olvidada añadió otra capa al misterio.

En archivos desclasificados del programa satelital CORONA, un glaciólogo encontró una imagen tomada el 3 de octubre de 1962.
Mostraba una depresión rectangular en la superficie del hielo, justo en las mismas coordenadas de la estructura enterrada.
En su momento fue archivada como una simple duna de nieve.
Tres meses después, el carrete completo fue reclasificado y retirado del acceso público.
Cuando los investigadores superpusieron esa imagen con los mapas actuales de radar y sísmica, el encaje fue perfecto.
Entonces ocurrió algo que nadie pudo explicar.
Estaciones sísmicas de la Antártida Oriental registraron un terremoto de hielo de baja frecuencia directamente bajo el sitio.
No fue un crujido superficial ni un colapso glaciar.
Provenía de 2,3 km de profundidad, duró 11 segundos y liberó energía de forma simétrica, limpia, como si algo se hubiera desplazado.
El temblor ocurrió apenas tres horas después de un escaneo sísmico de alta ganancia sobre la estructura.
Algunos ingenieros comenzaron a preguntarse, en voz baja, si el pulso pudo haber perturbado algo enterrado allí.
Informes internos mencionaron “armónicos sísmicos”, un patrón normalmente asociado a túneles o espacios diseñados, no a cuevas naturales.
Luego apareció una línea extraña en un informe logístico filtrado: “Void Return 2B”.
Una muestra de núcleo sellada, con GPS redactado y una advertencia: material volátil detectado.
Los análisis mostraban gases raros como isobutano y xenón, poco comunes en hielo antiguo pero frecuentes en entornos sellados o artificiales.
Dos técnicos fueron reasignados.
Se firmaron acuerdos de confidencialidad.
Como si no fuera suficiente, las comunicaciones comenzaron a fallar.
Dentro de un radio de 3,5 km alrededor del sitio, las señales de radio se distorsionaban o desaparecían.
Incluso frecuencias ultrabajas rebotaban con un retraso exacto de 2,73 segundos, como si chocaran contra superficies reflectantes bajo el hielo.
Drones experimentaron fallos de brújula y sensores que indicaban altitudes imposibles.
Y finalmente, el evento que heló la sangre del equipo.
La noche del 3 de julio de 2025, un globo infrarrojo alemán captó una firma térmica bípeda, del tamaño de un humano, moviéndose sobre el hielo a pocos cientos de metros del sitio.
Duró 38 segundos.
Caminó.

Se detuvo.
Y desapareció sin dejar rastro térmico ni huellas.
No había expediciones, ni drones, ni vuelos registrados.
Los datos fueron verificados.
No fue un error de software.
Algunos hablan de espejismos térmicos.
Otros, de actividad subglacial mal entendida.
Pero cada nueva explicación parece más débil que la anterior.
Porque lo que hay bajo la Antártida no solo emite señales… responde.
Y la pregunta que nadie quiere formular en voz alta ya está sobre la mesa:
si allí abajo hay una estructura de 12.
000 años… ¿quién la construyó cuando el mundo aún no era como lo conocemos?