La historia de Susana Pérez López, una de las actrices más famosas y queridas de Cuba, está llena de luces y sombras que revelan la realidad oculta detrás del socialismo cubano.

Durante más de tres décadas, Susana fue la reina indiscutible de las telenovelas cubanas, la imagen pública de un sistema que vendía una ilusión de éxito, privilegio y felicidad.
Sin embargo, la verdad que pocos conocen es que detrás de esa fachada de glamour y aplausos, Susana vivió atrapada en una jaula de oro, sometida a las arbitrariedades y humillaciones de un régimen que controlaba cada aspecto de su vida.
Nacida en 1952 en Marianao, hija de un linotipista y una obrera, Susana no tenía conexiones ni privilegios, solo un talento innato que la llevó a ingresar en la Escuela de Formación de Actores del Instituto Cubano de Radiodifusión (ICRT) a los 19 años.
Su ascenso fue meteórico: en 1985 protagonizó “Sol de Batey”, la telenovela más popular en la historia de Cuba, que paralizaba las calles de La Habana cada vez que se transmitía.
Susana se convirtió en la estrella oficial del régimen, la cara visible de una cultura que el gobierno quería mostrar como ejemplo de éxito socialista.
Presentó programas, condujo galas internacionales y fue exhibida como un trofeo cultural.
Pero el brillo de las cámaras ocultaba una realidad muy distinta.
En 2007, en plena crisis económica conocida como el “periodo especial”, Susana necesitaba comprar un horno eléctrico con su propio dinero en pesos convertibles, la moneda para las élites.
Para ello, tuvo que pedir permiso personal al ministro de cultura, quien se lo negó.
La actriz más famosa de Cuba, con cinco premios girasol y rostro en cada casa, se vio obligada a suplicar por un electrodoméstico básico.
Esta humillación fue el símbolo de la ilusión del privilegio que el régimen vendía al mundo: mientras los hijos de los altos cuadros disfrutaban de lujos, Susana era solo una muñeca decorativa en la vitrina del sistema.
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Uno de los episodios más significativos y poco conocidos fue cuando Fidel Castro quiso estar con ella y la invitó a su yate durante un festival de cine.
Según testimonios, Susana rechazó la invitación, marcando así su primer acto de rebeldía silenciosa contra el poder absoluto.
En Cuba, decir no a Fidel tenía consecuencias, y esta negativa fue el inicio de su distanciamiento interno con el régimen.
El dolor más profundo llegó con la partida de su hijo Roberto San Martín en 2005, quien emigró a España y comenzó a criticar públicamente al régimen desde el exilio.
La presión sobre Susana aumentó, pues en Cuba la regla no escrita era que si un familiar hablaba mal de la revolución, el resto era sospechoso.
En noviembre de 2007, Susana salió legalmente de Cuba con un visado para visitar a su hija en Miami, pero decidió quedarse.
En un programa en vivo en febrero de 2008, anunció que no regresaría, rompiendo 30 años de silencio y mentiras.
Su valentía hizo temblar a La Habana y el régimen reaccionó borrando su nombre de los créditos, censurando su memoria y calificándola de traidora.
En Miami, Susana enfrentó el reto de empezar de cero a los 55 años, sin saber inglés y con apenas 200 dólares.
Trabajó como recepcionista en una clínica de cirugía estética y luego se convirtió en imagen publicitaria.
A pesar de las críticas, defendió su derecho a sobrevivir y recuperar su dignidad.

Siguió actuando en teatro y participó en obras que le permitieron expresar su libertad artística.
En 2024, a los 72 años, protagonizó una comedia que llenó funciones y atrajo a miles de espectadores, demostrando que su talento y espíritu seguían intactos.
En 2020, Susana prestó su voz a un anuncio de campaña de Donald Trump dirigido al voto cubano, lo que desató ataques feroces de la izquierda estadounidense y del régimen cubano.
La acusaron de hipócrita y traidora, pero ella respondió con dignidad, explicando que sobrevivir bajo un régimen totalitario requiere fingir y que ella lo hizo durante años para protegerse.
Susana Pérez no solo fue una estrella de la televisión cubana, sino también una mujer con memoria y valentía que decidió romper con el sistema que la usó y la humilló.
Su historia es la de muchos artistas que fueron usados como propaganda, vigilados, censurados y finalmente expulsados.
Aunque el régimen intentó borrar su nombre, la memoria del pueblo cubano la mantiene viva.
Susana es un símbolo de autenticidad y resistencia, una mujer que eligió la libertad y la dignidad sobre la comodidad y la mentira.
La historia de Susana Pérez revela la verdadera cara del socialismo cubano: un sistema que fabrica ídolos para luego controlar y destruir sus vidas.
Su rechazo al yate de Fidel Castro, la humillación por un horno eléctrico y su exilio en Miami son testimonios de una vida marcada por la lucha por la libertad y la verdad.
Hoy, a sus 73 años, Susana continúa actuando y defendiendo su historia, recordándonos que la verdadera revolución es la de la conciencia y la valentía para decir no.
Su vida es un espejo para todos aquellos que buscan la verdad detrás de las apariencias y la fuerza para romper cadenas invisibles.