A los 75 años, Nuria Bages finalmente ha decidido romper el silencio que mantuvo durante décadas sobre uno de los capítulos más dolorosos y comentados de su vida personal.
La actriz mexicana, conocida por su elegancia reservada y su interpretación impecable de personajes complejos, admitió públicamente lo que durante mucho tiempo fue solo rumor en los pasillos de Televisa y en las columnas de espectáculos: tuvo una relación amorosa real con su compañero de elenco Jorge Ortiz de Pinedo durante la emisión de la icónica serie *Dr.
Cándido Pérez*.

En una entrevista reciente, transmitida en un especial televisivo que conmemoraba los 40 años de la comedia que marcó una época en la televisión mexicana, Nuria enfrentó la pregunta directa sobre la química que todos veían en pantalla.
Sin rodeos, con la serenidad que da la edad y la experiencia, respondió: “Sí, fue real.
Y no, no estoy orgullosa”.
Aquellas palabras, pronunciadas mirando directamente a la cámara, dejaron en silencio al estudio y rápidamente se viralizaron en redes sociales.
Lo que para muchos era un chisme persistente se convirtió en una confesión valiente, un acto de honestidad que redefinió su imagen pública.
La relación comenzó en el contexto de las grabaciones de *Dr.
Cándido Pérez*, serie que se transmitió entre 1987 y 1993 y que la posicionó como una de las actrices más queridas del país.
Nuria interpretaba a Silvina Gómez de Pérez, la esposa paciente y amorosa del doctor protagonista, encarnado por Jorge Ortiz de Pinedo.
En pantalla, su química era innegable: risas compartidas, miradas cómplices, diálogos que fluían con naturalidad.
El público adoraba esa pareja ficticia, pero detrás de cámaras la realidad era mucho más complicada y dolorosa.
Jorge estaba casado en ese momento, y aunque prometió en varias ocasiones que dejaría su matrimonio para estar con ella, esas promesas nunca se cumplieron.
Nuria vivió durante cuatro años una doble vida: de día, la actriz profesional que sonreía ante las cámaras; de noche, la mujer que esperaba en soledad, en departamentos prestados o en camerinos vacíos, con el maquillaje aún en el rostro como una máscara imposible de quitarse.
“Esperaba llamadas que no llegaban, cenas que se cancelaban a última hora, aniversarios que pasaban sin celebración”, recordó en su testimonio.
“Reduje mi mundo a horas robadas, y pensé que eso era normal”.
El dolor se filtraba en su trabajo.
Colegas notaron cambios: olvidos en los diálogos, tomas fallidas, momentos de aislamiento.
Algunos intentaron acercarse, pero ella se cerraba.
Creía que soportar el sufrimiento era una prueba de amor verdadero.
“Había días en los que ya no sabía cuál versión de mí era la real”, confesó.
Grababa escenas románticas con Jorge y luego se refugiaba en el baño para llorar.
En eventos de la industria, se encontraba con la esposa de él, obligada a fingir normalidad, a ser invisible.
La humillación era silenciosa, pero constante.

Cuando la serie terminó, la relación se diluyó sin grandes dramas ni despedidas épicas.
Jorge se alejó gradualmente, y Nuria se quedó cargando el peso de lo no dicho.
Pasaron años en los que fingió estar bien, desviando preguntas en entrevistas con anécdotas ligeras.
Guardó el secreto no por protección hacia él, sino por vergüenza propia.
“Durante demasiado tiempo dejé que otros moldearan mi historia”, dijo más tarde.
Pero a los 75 años, decidió que ya había pagado suficiente precio por el silencio.
Esta no fue la primera experiencia devastadora en el amor para Nuria.
Mucho antes, en 1975, a los 24 años, se casó con el actor Enrique Rocha, una figura magnética del cine y la televisión mexicana.
El matrimonio duró apenas tres años.
Enrique era mayor, consolidado, con un carisma sombrío que dominaba cualquier espacio.
Nuria, aún en formación, llena de pasión por la literatura y el teatro, encontró en él intensidad inicial, pero pronto surgieron las diferencias irreconciliables.
Él necesitaba admiración constante; ella, libertad creativa.
El hogar se llenó de silencios pesados.
No hubo escándalos públicos, solo un divorcio discreto en 1978.
Durante años, Nuria cargó con la culpa de creer que había fallado, que si hubiera cedido más, si hubiera estado más presente, quizás habrían funcionado.

Esa culpa la hizo vulnerable.
Cuando llegó Jorge Ortiz de Pinedo, alguien poderoso y familiar en el medio, cayó en un patrón similar: amar a quien no podía elegirla por completo.
Tras la ruptura, la industria la etiquetó como “complicada”.
Puertas se cerraron, ofertas disminuyeron.
Se sintió castigada no solo por amar al hombre equivocado, sino por atreverse a sufrir en voz alta.
Rechazó papeles que le recordaban demasiado su dolor y consideró abandonar la televisión.
Sin embargo, la resiliencia la llevó a reinventarse.
A inicios de los 90 llegó *Los parientes pobres*, donde interpretó a María Inés, una mujer herida pero fuerte, inteligente y precavida.
No fue solo un rol: fue una declaración.
El público respondió con entusiasmo, reconociendo en su actuación una honestidad cruda.
Directores, especialmente mujeres, volvieron a llamarla.
Sus personajes se volvieron más complejos, más audaces.
Dejó de perseguir el amor público y encontró refugio en el oficio, en la literatura, en el teatro.
Recuperó el respeto por sí misma.

Nuria Bages nació en 1950 en Monterrey, Nuevo León, en una familia marcada por el exilio.
Su padre, un intelectual español que huyó del franquismo en 1939, trajo consigo el peso de la guerra civil.
La casa era modesta, pero repleta de libros: traducciones rusas, textos prohibidos, poesía de Lorca y Neruda recitada a media voz.
Desde niña, Nuria leyó a escondidas obras como *Crimen y castigo* o *Ana Karenina*, encontrando espejos en personajes que amaban demasiado o sufrían en silencio.
Estudió literatura, danza clásica y se convirtió en profesora, pero el teatro la atrapó por casualidad en la universidad.
Su primer protagónico en una adaptación de Tolstoy la transformó: por fin su mundo interior tenía voz.
Llegó a Ciudad de México con miedo, pero se quedó décadas.
Vivió en habitaciones compartidas, soportó críticas por ser “demasiado seria”, pero construyó una armadura de dignidad.
En los 80 debutó en televisión con papeles pequeños que pronto se volvieron protagónicos.
Su intensidad la distinguió: no era la ingenua típica, era una mujer que pensaba, que esperaba, que dotaba de profundidad incluso a personajes secundarios.
Hoy, su confesión no busca revancha.
No ofrece detalles morbosos ni cronologías precisas.
Ofrece contexto emocional: el de una mujer que esperó en vano, que lloró en soledad, que sobrevivió al desamor.
“Esa mujer también merece ser vista”, dijo.
La reacción ha sido abrumadora.
Mujeres de generaciones enteras le escriben cartas de agradecimiento, reconociendo en sus palabras dolores que nunca se atrevieron a nombrar.
En una era de narrativas curadas, Nuria recuerda que la honestidad sigue siendo revolucionaria.
A los 75 años, Nuria Bages no es ya la Silvina sonriente ni la amante invisible.
Es una mujer que ha reclamado su voz, que ha integrado sus heridas a su historia sin pedir permiso.
Su vida, como sus interpretaciones, es ahora más verdadera que nunca: compleja, dolida, resiliente.
Y en ese acto de abrir la puerta que mantuvo cerrada tanto tiempo, invita a otros a hacer lo mismo.