En un testimonio que, de ser auténtico, sacudiría los cimientos de la historia reciente del narcotráfico en México, Adán Salazar afirma ser hijo extramatrimonial de Amado Carrillo Fuentes, el legendario líder del Cártel de Juárez conocido como “El Señor de los Cielos”.

En una declaración marcada por la enfermedad y la inminencia de la muerte, Salazar asegura que su padre no falleció en 1997 durante una cirugía plástica, como sostuvo la versión oficial, sino que fingió su muerte con apoyo de la CIA y vivió bajo una identidad falsa en Estados Unidos hasta 2023.
La versión oficial sobre Amado Carrillo Fuentes ha sido durante décadas una de las más repetidas en la historia del narcotráfico: murió en julio de 1997 en un hospital de Ciudad de México tras someterse a una cirugía para cambiar su apariencia y evadir a las autoridades.
Sin embargo, Adán Salazar sostiene que todo fue un montaje cuidadosamente coordinado.
Según su relato, agentes de inteligencia estadounidenses facilitaron la extracción del capo y su traslado a Montana, donde habría vivido discretamente bajo protección, a cambio de información estratégica sobre redes criminales rivales.
Salazar afirma que su padre negoció su salida a cambio de cooperación.
“No fue una captura, fue un acuerdo”, asegura en su confesión.
Según él, la guerra contra las drogas ha sido, en muchos casos, una puesta en escena diseñada para controlar el mercado ilícito más que para erradicarlo.
Asegura que su padre proporcionó datos sobre rutas, cargamentos y líderes enemigos, permitiendo que ciertas organizaciones fueran desmanteladas mientras otras continuaban operando bajo una suerte de equilibrio pactado.
La vida de Adán, según describe, estuvo marcada desde la infancia por la violencia y la disciplina férrea.
Criado en la sombra de un imperio criminal, relata que fue introducido en el negocio antes de alcanzar la mayoría de edad.
Habla de entrenamientos, traslados constantes y una educación centrada más en la lealtad que en la escuela.
“En mi mundo, la traición se pagaba con sangre”, afirma.
Según su versión, no tuvo opción real de elegir otro camino.
Con el paso de los años, asegura haber participado directamente en operaciones de tráfico de drogas, secuestros y ejecuciones.
Reconoce su responsabilidad en actos de violencia y no intenta justificarlos, aunque explica que vivía bajo presión constante.
En su relato, la estructura criminal funcionaba como una organización empresarial con códigos estrictos, pero también como una red vigilada por agencias que utilizaban la información para intervenir selectivamente.
Uno de los aspectos más polémicos de su confesión es la supuesta colaboración prolongada con la CIA.
Salazar afirma que durante más de quince años actuó como informante, entregando datos sobre movimientos de otros cárteles, conexiones internacionales y cargamentos estratégicos.
A cambio, habría recibido protección parcial y facilidades para operar en determinadas zonas.
Sostiene que esta cooperación no era excepcional, sino parte de una dinámica más amplia de infiltración y manipulación.
Según su testimonio, tanto autoridades estadounidenses como mexicanas habrían mantenido contactos directos o indirectos con figuras del narcotráfico.
Describe reuniones en propiedades privadas, intercambios de favores y acuerdos destinados a sostener un equilibrio funcional.
En su narrativa, los grandes operativos antidrogas frecuentemente respondían a disputas internas o a la necesidad política de mostrar resultados ante la opinión pública.
Salazar también afirma que en varias ocasiones intentó abandonar el negocio.
Asegura que buscó establecerse en actividades legales, pero que recibió amenazas tanto de antiguos socios como de intermediarios vinculados a agencias de inteligencia.
“Sabía demasiado”, declara.
Según él, la información que poseía sobre acuerdos, nombres y operaciones lo convirtió en un riesgo que debía mantenerse bajo control.
Hoy, enfrentando un cáncer en etapa terminal, dice no tener nada que perder.
Su decisión de hablar, explica, responde a la necesidad de dejar constancia antes de morir.
Afirma haber reunido documentos, grabaciones y registros que respaldarían sus declaraciones.
Estos materiales, según sostiene, estarían resguardados con instrucciones para hacerse públicos tras su fallecimiento.
Las acusaciones, de comprobarse, implicarían una revisión profunda de la narrativa oficial sobre la lucha contra el narcotráfico en América del Norte.
Sin embargo, hasta el momento no existen pruebas independientes que confirmen sus afirmaciones.
Expertos en seguridad señalan que las teorías sobre la supervivencia de Amado Carrillo han circulado durante años sin evidencia concluyente.
Otros advierten que las declaraciones de figuras vinculadas al crimen organizado pueden mezclar hechos reales con exageraciones o intentos de reescribir la historia personal.
Más allá de la veracidad de cada detalle, la confesión de Salazar reabre el debate sobre la complejidad de la guerra contra las drogas.
Durante décadas, la estrategia ha sido criticada por su alto costo humano y resultados ambiguos.
Organizaciones civiles han denunciado corrupción, infiltración institucional y pactos tácitos que distorsionan los objetivos declarados.
El relato de Salazar también expone la dimensión humana de quienes nacen dentro de estructuras criminales.
Sin exculparse, describe un entorno donde la violencia era normalizada y la salida parecía imposible.
Su testimonio refleja cómo las redes familiares pueden convertirse en mecanismos de perpetuación del delito.
En sus palabras finales, insiste en que la historia oficial rara vez cuenta todo.
Afirma que gobiernos y organizaciones criminales han sido, en ocasiones, piezas de un mismo tablero.
“La guerra contra las drogas fue, muchas veces, teatro”, sostiene.
Sus declaraciones, difundidas en un contexto de enfermedad avanzada, generan interrogantes inevitables sobre los límites entre estrategia, encubrimiento y complicidad.

Mientras tanto, el legado de Amado Carrillo Fuentes continúa envuelto en mito y controversia.
Para algunos, su muerte en 1997 cerró un capítulo clave del narcotráfico mexicano.
Para otros, las dudas persistentes alimentan especulaciones.
Ahora, la voz de quien dice ser su hijo añade una nueva capa a una historia marcada por secretos, poder y silencio.
Si los documentos que menciona salen a la luz, podrían confirmar o desmentir una de las afirmaciones más audaces en la historia reciente del crimen organizado.
Hasta entonces, su confesión queda suspendida entre la revelación y la incertidumbre, como tantas historias que orbitan en la frontera difusa entre la verdad oficial y las sombras del poder.