DURANTE AÑOS, Antonio Margarito fue presentado como un símbolo del boxeo mexicano más feroz: resistencia infinita, presión constante y una capacidad casi inhumana para absorber castigo mientras destruía a sus rivales.

Campeón mundial del peso wélter, 41 victorias y una reputación de “peleador que no retrocede”, Margarito fue temido y admirado a partes iguales.
Sin embargo, detrás de esa imagen de guerrero indestructible se escondía una historia mucho más oscura, marcada por la trampa, el silencio cómplice del sistema y un final que terminó convirtiendo al verdugo en víctima.
Nacido el 5 de marzo de 1978 en Tijuana, Baja California, Antonio Margarito Montiel creció en una de las zonas más duras de la ciudad.
La colonia Libertad era pobreza, violencia y supervivencia diaria.
Su padre cruzaba ilegalmente la frontera para trabajar como albañil cuando había suerte; su madre limpiaba casas.
Desde niño, Antonio aprendió que el mundo no regala nada.
A los nueve años vendía chicles en la frontera durante jornadas interminables y a los once descubrió el boxeo en un gimnasio de barrio.
No destacaba por técnica ni inteligencia táctica, pero tenía algo que lo diferenciaba del resto: no sentía el dolor como los demás.
Esa cualidad, que al inicio parecía una ventaja, pronto se convirtió en el núcleo de su estilo.
Margarito no boxeaba, avanzaba.
Absorbía golpes, rompía cuerpos y voluntades.
Como amateur peleó más de 40 veces antes de los 17 años y ganó la mayoría por nocaut.

Sus entrenadores ya notaban algo inquietante: Antonio no peleaba para ganar, peleaba para hacer daño.
Esa brutalidad lo llevó rápidamente al profesionalismo y, durante la década siguiente, se consolidó como uno de los boxeadores más temidos del mundo.
Entre 1994 y 2007, Margarito construyó una carrera demoledora.
Presión constante, castigo al cuerpo y ráfagas interminables cuando el rival comenzaba a quebrarse.
Pero también empezaron los rumores.
Médicos, entrenadores y boxeadores hablaban de fracturas “anormales”, de golpes que no se sentían como guantes comunes.
Mandíbulas partidas, costillas rotas, daños que parecían exceder la fuerza humana normal.
Nadie investigaba.
En el boxeo, mientras ganes, las preguntas no existen.
Todo alcanzó su punto más alto —y más infame— el 26 de julio de 2008, cuando Margarito enfrentó a Miguel Cotto en Las Vegas.
Aquella noche fue una masacre.
Cotto, técnico y rápido, comenzó dominando, pero round tras round el rostro del puertorriqueño fue destruido.
El ojo izquierdo se convirtió en una herida abierta, la sangre no dejaba de caer y la pelea se transformó en una tortura transmitida a millones de personas.
Margarito ganó por nocaut técnico, pero Cotto salió del ring con daños permanentes en el ojo y una carrera que nunca volvió a ser la misma.

Meses después, llegó la revelación que cambiaría para siempre la historia de Antonio Margarito.
El 24 de enero de 2009, antes de pelear contra Shane Mosley en Los Ángeles, inspectores de la Comisión Atlética de California revisaron sus vendas y encontraron una almohadilla dura escondida entre los nudillos.
Al romperla, descubrieron yeso de París endurecido.
Puños de cemento.
La evidencia fue clara, documentada y analizada en laboratorio.
Margarito había intentado pelear con vendas ilegales.
La pelea se realizó con vendas limpias y el resultado fue devastador: Mosley lo destruyó en siete rounds.
Sin su “arma secreta”, Margarito parecía un boxeador común, vulnerable.
La comisión lo suspendió por un año y revocó de por vida la licencia de su entrenador, Javier Capetillo.
Margarito alegó ignorancia, dijo no saber qué había en sus vendas.
Legalmente no se pudo probar lo contrario, pero su reputación quedó manchada para siempre.
La historia, sin embargo, no terminó ahí.
En 2010, Antonio Margarito volvió al ring para enfrentar a Manny Pacquiao, el mejor boxeador libra por libra del mundo y amigo cercano de Miguel Cotto.
Aquella pelea no fue un combate, fue un castigo.
Pacquiao golpeó sin piedad durante doce rounds, enfocándose en el ojo derecho de Margarito hasta destruirlo por completo.
La cuenca orbital quedó fracturada en múltiples pedazos, la retina dañada y la visión perdida de forma permanente.
Margarito terminó ciego de un ojo.

Lo irónico —y trágico— fue que Margarito sufrió exactamente lo mismo que había infligido años antes.
El daño que él causó regresó, multiplicado.
Aun así, contra toda lógica médica, decidió seguir peleando.
En 2011 enfrentó a Miguel Cotto en la revancha y fue nuevamente castigado hasta que los doctores detuvieron la pelea para evitar que perdiera el ojo por completo.
Esa noche terminó su carrera de facto, aunque aún tuvo una última pelea en 2013 contra Saúl “Canelo” Álvarez, donde fue claramente superado y humillado.
Hoy, en 2026, Antonio Margarito vive en Tijuana.
Tiene 47 años, un ojo dañado, dolores crónicos y secuelas neurológicas compatibles con encefalopatía traumática crónica.
Entrena niños en un pequeño gimnasio y, según quienes lo conocen, es un hombre muy distinto al que fue en el ring.
Silencioso, reservado, cargando con un legado que mezcla gloria, trampa y castigo.
Miguel Cotto nunca lo perdonó.
Manny Pacquiao no siente remordimiento.
El boxeo siguió adelante.
Pero la historia de Antonio Margarito quedó como una advertencia brutal: en un deporte donde ganar lo es todo, la trampa puede llevarte a la cima, pero el precio siempre llega.
A veces en forma de puños.
A veces en forma de ceguera.
Y casi siempre, demasiado tarde.
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