Héctor Lavoe, conocido como “El Cantante de los Cantantes”, vivió una existencia tan apasionada, trágica y desbordante como las letras de sus propias canciones de salsa.
Detrás del escenario brillante, los aplausos ensordecedores y el swing inconfundible que revolucionó la música latina en Nueva York, se escondía un hombre herido por el amor, las pérdidas y los excesos que marcaron su vida personal de manera irreversible.
Nacido el 30 de septiembre de 1946 en Ponce, Puerto Rico, en el humilde barrio Machuelo Abajo, Héctor Juan Pérez Martínez creció en una familia de ocho hermanos.
Su madre falleció cuando él tenía apenas tres o cuatro años, dejando una primera cicatriz profunda en su corazón.
Su padre, don Luis, músico de barrio, soñaba con que su hijo menor se convirtiera en saxofonista y lo inscribió en la escuela Juan Morel Campos.
Sin embargo, Héctor descubrió pronto que su verdadera pasión era cantar.
Desde pequeño imitaba a soneros como Ismael Rivera, Cheo Feliciano y Daniel Santos, y a los 14 años ya ganaba 18 dólares por noche cantando en fiestas y clubes locales.
A los 16 años, contra la voluntad de su padre —quien temía por su seguridad tras la muerte accidental de un hermano mayor en Nueva York—, Héctor se mudó a la Gran Manzana.
Allí enfrentó la dura realidad de los barrios latinos: pobreza, basura en las calles y trabajos precarios como pintor, mensajero o conserje.
Pero la música no lo abandonó.
En 1967, gracias a una conexión con Johnny Pacheco, conoció a Willie Colón, quien quedó impactado por su improvisación y su voz única.
Con solo 17 años, Héctor se convirtió en la voz principal de la orquesta de Willie Colón.
Juntos grabaron *El Malo* ese mismo año, iniciando una de las duplas más legendarias de la salsa.
Álbumes como *The Hustler*, *Cosa Nuestra* y *Asalto Navideño* los catapultaron al estrellato durante finales de los 60 y principios de los 70.
En 1974, Willie decidió disolver la sociedad para dedicarse a la producción.
Aunque al principio dolió, Héctor lo tomó como una oportunidad para volar solo.
En 1975 lanzó su primer disco como solista bajo el sello Fania: *La Voz*.
El álbum fue un éxito rotundo, disco de oro y premio al mejor vocalista del año.
Le siguieron clásicos inolvidables: *De ti depende* (1976), *Comedia* (1978), *El Sabio* (1980) y *Que Sentimiento* (1981).
Héctor popularizó expresiones boricuas como “chévere”, “trácala” y “salsa con control”, y su estilo —una mezcla de sentimiento jíbaro, swing callejero y honestidad emocional— lo convirtió en un ícono irrepetible.
Sin embargo, su vida sentimental fue una montaña rusa paralela a su carrera.
Su primer amor conocido fue Carmen Castro, con quien tuvo a su primogénito, José Alberto Pérez Castro, nacido el 30 de octubre de 1968.
La relación fue intensa pero breve.
Carmen, consciente del estilo de vida nocturno y mujeriego de Héctor en la efervescente escena salsera neoyorquina, se negó a casarse con él.
El día del bautizo del niño, Héctor recibió una llamada inesperada de Nilda Georgina Román, conocida como Puchi, otra joven con quien mantenía una relación simultánea: ella también estaba embarazada de él.
Este triángulo amoroso marcó el fin de la relación con Carmen.
Héctor se casó con Puchi en 1969, apenas meses después, y a petición de su nueva esposa se alejó de Carmen y del pequeño José Alberto.
El primogénito creció prácticamente sin la presencia paterna, llegando incluso a comprar entradas como cualquier fan para ver a su padre en concierto.
Solo años más tarde, ya adulto, José Alberto reapareció públicamente.
En 2018 viajó desde Estados Unidos junto a su madre para participar en un homenaje a Héctor en Perú, declarando con orgullo que lo recordaba más como padre que como cantante.
Puchi Román se convirtió en el gran amor y tormento de Héctor.
Fanática apasionada que lo seguía a todos sus conciertos, de cejas arqueadas y personalidad fuerte, llegó a su vida con una hija pequeña de una relación anterior: Leslie, nacida alrededor de 1967.
Héctor la adoptó como propia y la crió como parte de la familia.
En septiembre de 1969 nació Héctor Pérez Román, conocido como Héctor Junior o “Hectito”, el segundo hijo biológico de la pareja.
La relación entre Héctor y Puchi fue apasionada y caótica.
Vivieron un amor tormentoso lleno de celos, infidelidades mutuas, peleas sonadas y reconciliaciones constantes.
Las adicciones de Héctor —principalmente a la heroína— y su carácter impulsivo ponían a prueba el matrimonio una y otra vez.
A pesar de todo, el vínculo perduró envuelto en dependencia emocional y un amor profundo que Héctor siempre consideró el más importante de su vida.
La década de 1980 trajo una cadena de tragedias que devastaron a la familia.
En febrero de 1987 un incendio accidental destruyó su apartamento en Queens, causado por un cigarrillo mal apagado.
Héctor y Puchi sobrevivieron de milagro, aunque sufrieron fracturas al saltar para escapar.
Meses después, el 7 de mayo de 1987, Héctor Junior, de apenas 17 años, murió en un accidente.
La pérdida fue devastadora.
Amigos cercanos aseguran que algo en Héctor murió junto con su hijo y que nunca volvió a ser el mismo.
En esa misma época fallecieron su suegra, doña Gina —a quien quería como a una madre— y su padre natural.
Era como si una maldición se hubiera instalado en su vida.
Hundido en la depresión y abusando de las drogas para sobrellevar el dolor, Héctor llegó a un punto crítico.
El 26 de junio de 1988 sufrió una caída desde la ventana de un hotel en San Juan, Puerto Rico.
Sobrevivió de milagro, pero resultó gravemente herido.
Las versiones sobre lo ocurrido varían: algunos hablan de un intento de suicidio impulsado por visiones de su hijo fallecido, otros de una discusión violenta con Puchi, y Héctor mismo admitió en una ocasión que fue un acto impulsivo tras una pelea con su esposa, declarando: “Lo hice por mi cuenta porque tuve una discusión con Puchi.
Me estuvo molestando desde la noche antes”.
A finales de los 80 le diagnosticaron VIH, que evolucionó a sida.
Rumores de la época hablaban de infidelidades, incluso de supuestas relaciones homosexuales o bisexuales —alimentados por su interpretación magistral de “El Gran Varón” de Willie Colón—, pero nunca se confirmaron y muchos los consideran chismes morbosos sin fundamento.
Lo más probable es que contrajera el virus por el uso de agujas infectadas durante su adicción.
Puchi, agotada por la lucha contra las adicciones de Héctor, finalmente lo abandonó a comienzos de 1988.
El hombre que había ganado fortunas con su música terminó sus días en la pobreza, la soledad y la enfermedad.
En 1991 sufrió un derrame cerebral que le afectó el habla y la capacidad para cantar, dejándolo casi imposibilitado para presentarse en tarima.
Sus últimas apariciones fueron dolorosas: sentado en una silla, con el cuerpo deteriorado pero el alma intentando resistir.
Héctor Lavoe falleció el 29 de junio de 1993 en Nueva York, a los 46 años, por complicaciones relacionadas con el sida.
Miles de fans le dieron el último adiós en Manhattan con plena y salsa.
Sus restos descansaron primero en el Bronx junto a su hijo Héctor Junior; en 2002 fueron trasladados a Ponce, donde hoy yacen también los de Puchi —quien murió ese mismo año en un accidente doméstico tras una cirugía cardíaca— y Héctor Junior.
La vida de Héctor Lavoe fue una montaña rusa de éxitos artísticos y desastres personales.
Perdió a su madre de niño, se alejó de su primogénito por presiones familiares, crió a Leslie como hija propia, amó intensamente a Puchi en medio de tormentas emocionales, vio morir a su hijo varón y sucumbió a las adicciones y la enfermedad.
Sin embargo, su legado permanece inmortal.
Popularizó la salsa en todo el mundo, dejó clásicos inolvidables y se convirtió en símbolo de autenticidad y sentimiento.
En el Callao, Perú, dos estatuas lo honran, una de ellas con la inscripción: “Es chévere ser grande, pero más grande es ser chévere”.
Esa frase resume su esencia: un boricua humilde, de corazón gigante, que nunca se sintió superior a nadie a pesar de ser una superestrella.
Hoy, más de treinta años después de su muerte, su voz sigue sonando en cada esquina donde se baila salsa, recordándonos que la grandeza no está solo en el talento, sino en vivir con pasión, con dolor y con verdad, aunque el precio sea altísimo.
Héctor Lavoe no solo cantó la salsa; la vivió, la sufrió y la inmortalizó.