El caso que ha mantenido en vilo a Ecuador y a los seguidores del fútbol nacional dio un giro inesperado y revelador cuando las autoridades ecuatorianas realizaron un cateo en la vivienda compartida por la ciudadana peruana Giselle Fernández Ramírez y el futbolista Mario Pineida.

Lo hallado dentro de este inmueble no solo sorprendió a los investigadores, sino que además ofreció pistas determinantes sobre la cadena de crímenes que sacudió a la ciudad en días recientes.
Durante la inspección de la casa, los agentes encontraron sumas considerables de dinero en efectivo distribuidas meticulosamente en distintos lugares del inmueble.
La presencia del dinero no parecía casual; junto a este se localizó un listado manuscrito que detallaba nombres de personas, montos de dinero y fechas de pago.
Dicho documento, según los investigadores, resulta fundamental para entender las actividades que se desarrollaban en la vivienda y la posible relación de estas con los crímenes que se investigan.
Sin embargo, los hallazgos no se limitaron al dinero.
En distintos espacios de la residencia también se encontraron sustancias ilegales listas para su distribución, empaquetadas y organizadas de manera sistemática.
Esto reforzó la hipótesis de que la casa no era solo un hogar, sino también un punto de operaciones de actividades ilícitas.
Especialistas en criminalística y narcotráfico han comenzado a analizar estos hallazgos, y desde ya ubican el caso en un escenario mucho más complejo y preocupante de lo que se conocía inicialmente.
Para los investigadores, los indicios obtenidos durante el cateo vinculan directamente a Giselle Fernández con actividades de microtráfico y préstamos informales.
Además, revelan conexiones con su círculo cercano, incluyendo a Karen Juliana Grunauer Franco, la amiga asesinada tras asistir al funeral de Mario Pineida.
La relación entre estas tres personas deja entrever no solo vínculos personales, sino también económicos y posiblemente criminales.
El asesinato en la carnicería y la muerte posterior de Karen sugieren que no se trató de hechos aislados, sino de una secuencia planificada que buscaba eliminar “cabos sueltos” dentro de una misma red.
Según las líneas de investigación, las tres mujeres compartían actividades económicas que implicaban manejo de dinero, deudas y tráfico de sustancias ilegales, lo que explicaría la rapidez y precisión de los ataques.
La policía considera que estas muertes obedecen a la necesidad de controlar información sensible y evitar represalias dentro de la estructura que operaba alrededor de Giselle Fernández.
La figura de Mario Pineida, hasta ahora percibida como víctima, también está bajo escrutinio.
Las autoridades analizan si el futbolista estaba al tanto de las actividades ilícitas que se realizaban en su propia vivienda o si, por el contrario, terminó involucrado sin comprender el alcance real de lo que ocurría a su alrededor.
Si bien la investigación no busca culparlo directamente, sí pretende determinar el grado de conocimiento y exposición que tuvo dentro de este contexto.
El hallazgo de listados de deudas, nombres repetidos y montos elevados refuerza la idea de que no se trataba de operaciones improvisadas, sino de un esquema organizado con cierto tiempo de funcionamiento.
Los agentes consideran que esto explica la secuencia de asesinatos: tras la muerte de la primera víctima, Karen fue eliminada poco después del sepelio.
Para las autoridades, su asesinato responde a la lógica de cerrar frentes y evitar filtraciones que pudieran comprometer la red de actividades ilícitas.
A partir de los hallazgos del cateo, la investigación se centró en determinar quién era realmente el objetivo de los ataques.
Según los indicios recabados, todo apunta a que Giselle Fernández Ramírez era la persona que motivaba los ataques, mientras que Mario Pineida se vio involucrado simplemente por convivir con ella.
La planificación de los crímenes incluyó seguimientos previos, vigilancia de rutas y horarios, y coordinación entre los responsables, lo que evidencia un nivel de organización y precisión que descarta la improvisación.
Un detalle que llamó la atención de los investigadores fue la desaparición del celular de Mario Pineida.
Este dispositivo podría contener información clave sobre contactos, mensajes y registros que vinculen las actividades económicas descubiertas en la vivienda con las amenazas y ataques previos.
Hasta ahora, este teléfono no ha sido localizado, y su ausencia mantiene abiertas líneas de investigación importantes para esclarecer el caso.
Las detenciones realizadas tras los crímenes también revelaron la existencia de una estructura organizada con roles claramente definidos.
Entre los capturados se encuentran dos ciudadanos de nacionalidad venezolana, señalados como los ejecutores directos de los ataques, y un tercero que habría cumplido funciones de seguimiento y vigilancia.
Uno de los detenidos confesó haber recibido dinero para realizar el ataque, mientras que otro reconoció que su labor se limitaba a observar los movimientos de Giselle y Mario.
Esto confirma que los crímenes fueron producto de una cadena de mando con jerarquías precisas y planificación anticipada.
Un panfleto con la inscripción “Mafia 18” hallado tras el asesinato de Karen Juliana Grunauer Franco reforzó la hipótesis de que ambos crímenes responden a un mismo grupo u organización.
Para la policía, aunque los sicarios no fueran siempre los mismos, los asesinatos obedecieron a un mismo liderazgo y a la intención de enviar un mensaje claro.
Asimismo, se investiga la figura del intermediario que coordinó los pagos y las órdenes de ejecución, pues las evidencias sugieren que los responsables directos actuaron bajo instrucciones precisas y no por iniciativa propia.
A pesar de las capturas y los procesos judiciales en marcha, las autoridades insisten en que los detenidos representan solo la parte visible de la red.
Los responsables intelectuales —quienes habrían conectado el dinero, las deudas, el microtráfico y la eliminación sistemática de personas cercanas a Giselle— aún no han sido identificados públicamente.
La investigación sigue activa, con la prioridad de descubrir a quienes movían los hilos detrás de esta estructura y comprender cómo, en menos de 72 horas, tres personas del mismo círculo terminaron asesinadas.
El cateo realizado en la vivienda compartida por Giselle Fernández y Mario Pineida dejó en evidencia que este caso va mucho más allá de un ataque aislado contra un futbolista.
Los hallazgos de dinero, sustancias ilegales y documentos detallados revelan un entorno marcado por conflictos económicos y actividades ilícitas que venían desarrollándose desde tiempo atrás.
La secuencia de asesinatos no fue producto de la casualidad, sino de una planificación meticulosa, pagos coordinados y seguimiento constante, lo que confirma la existencia de una estructura organizada detrás de los hechos.

Para las autoridades, el caso sigue abierto y cada nuevo hallazgo puede cambiar el rumbo de la investigación.
Identificar a los responsables finales y desmantelar la red completa es la prioridad, así como esclarecer la implicación de cada persona involucrada y el grado de conocimiento de Mario Pineida sobre lo que ocurría en su entorno.
Este caso, que comenzó como un aparente crimen aislado, se ha convertido en un complejo entramado de relaciones personales, actividades económicas ilícitas y violencia organizada que aún no ha llegado a su fin.
En conclusión, el cateo y las detenciones recientes evidencian que detrás de los ataques hay una red bien estructurada, con planificación previa, roles definidos y objetivos claros.
El hallazgo de dinero, listados de deudas y sustancias ilegales confirma la existencia de un entramado criminal que conecta directamente a las víctimas.
Las autoridades continúan investigando y buscan dar con los responsables intelectuales, quienes podrían revelar la totalidad de la operación y esclarecer los motivos detrás de esta cadena de muertes.
Este caso aún está lejos de resolverse y promete nuevos avances que podrían cambiar la comprensión de la historia tal como se conoce hasta ahora.