Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito, fue un genio de la comedia latinoamericana que marcó a tres generaciones con sus personajes icónicos como El Chavo del Ocho y El Chapulín Colorado.

Sin embargo, detrás del éxito y la alegría que llevó a millones, se escondía una historia personal llena de conflictos familiares, traiciones y un legado que quedó dividido tras su muerte.
Nacido el 21 de febrero de 1929 en la Ciudad de México, Roberto creció en un ambiente artístico e intelectual.
Su padre era pintor y su madre una mujer culta y educada, prima del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Desde pequeño mostró talento para el dibujo y el deporte, incluso practicó boxeo y fútbol semiprofesionalmente.
Aunque inicialmente estudió ingeniería mecánica en la UNAM, pronto descubrió que su verdadera pasión era la escritura y la comedia.
En la década de los 50, comenzó a trabajar en publicidad como escritor creativo, donde desarrolló su don para hacer reír.
Fue apodado “Chespirito” por un director de cine que comparó su talento con el de Shakespeare, pero en versión pequeña.
Así nació su icónico nombre.
Roberto Gómez Bolaños fue pionero en escribir para la emergente televisión mexicana.
Su creatividad y rapidez para crear sketches cómicos lo llevaron a trabajar con famosos dúos cómicos y programas populares.
En 1968, creó “Los supergenios de la mesa cuadrada”, que fue un éxito rotundo.

Pero su gran salto llegó con la creación de dos personajes que se convertirían en leyendas: El Chapulín Colorado, un superhéroe mexicano imperfecto y torpe, y El Chavo del Ocho, un niño pobre, huérfano y noble que vivía en una vecindad.
Estos personajes conectaron profundamente con el público latinoamericano, mostrando la pobreza con dignidad y humor, sin caer en la lástima.
Durante los años 70 y 80, Chespirito se convirtió en el hombre más visto de Latinoamérica.
Sus programas alcanzaban audiencias de hasta el 70% en México y eran transmitidos en más de 90 países.
Además de la televisión, creó un imperio de merchandising con juguetes, ropa y música basada en sus personajes.
Sin embargo, el éxito tuvo un costo personal muy alto.
Roberto trabajaba hasta 18 horas al día, escribiendo, dirigiendo y actuando sin descanso.
Su vida giraba en torno al set de grabación, mientras su familia real empezaba a desintegrarse.
Roberto se casó con Graciela Fernández en 1968, con quien tuvo seis hijos.
Graciela fue su apoyo incondicional y primera productora.
Sin embargo, Roberto tenía fama de mujeriego y en 1977 inició una relación con Florinda Meza, actriz de sus programas, mientras aún estaba casado.

Esta infidelidad fue el inicio de una ruptura familiar profunda.
Graciela, al enterarse, no pudo perdonar y la relación terminó oficialmente en divorcio en 1989.
Roberto y Florinda vivieron juntos durante casi 30 años antes de casarse en 2004.
Sus hijos nunca aceptaron completamente esta situación y la relación con Florinda permaneció fría y distante.
En sus últimos años, Roberto sufrió de Parkinson tardío y enfermedad multiinfartos, lo que deterioró su salud física y mental.
Florinda Meza dejó su carrera para cuidarlo, enfrentando momentos difíciles cuando la enfermedad causaba cambios de personalidad violentos en Roberto.
Murió el 28 de noviembre de 2014 en Cancún, en brazos de Florinda, dejando un testamento ambiguo que causó una guerra familiar por el control de su legado.
El contrato original con Televisa cedía los derechos de sus personajes hasta 2020.
Al vencer, los herederos de Roberto no lograron ponerse de acuerdo con Televisa para la renovación, lo que provocó que sus programas fueran retirados del aire durante cuatro años.

Florinda Meza, coautora de muchos episodios, fue excluida de las negociaciones, generando un conflicto legal y familiar que dividió a sus hijos y a la viuda.
En 2024, finalmente lograron un acuerdo para el regreso de los programas, pero la relación personal sigue rota.
Roberto Gómez Bolaños fue un hombre que unió a toda Latinoamérica con su comedia, pero fracasó en mantener unida a su propia familia.
Su éxito en la televisión contrastó con la soledad y distancia que vivió con sus hijos y su primera esposa.
La ironía más cruel de su historia es que mientras enseñaba la importancia de la familia en sus programas, en su vida real no pudo mantener la suya.
Murió con el corazón roto, dejando un legado artístico inmenso, pero una familia fracturada.
La historia de Chespirito es una lección sobre el costo del éxito cuando se sacrifica lo más valioso: el amor y la unión familiar.
Roberto Gómez Bolaños hizo reír a millones, pero sus propios hijos nunca pudieron reír con él.
Su vida nos recuerda que triunfar en la fama y el dinero es vacío si no se cultivan las relaciones personales que realmente importan.