El 23 de marzo de 1994, en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana, un disparo a quemarropa cambió para siempre la historia política de México.

Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y favorito en las encuestas, cayó herido ante la mirada de miles de simpatizantes.
Minutos después, tras ser trasladado al Hospital General de Tijuana, fue declarado muerto.
Tenía 44 años.
A más de tres décadas del crimen, el caso continúa generando dudas, teorías y nuevas líneas de investigación que impiden cerrar por completo aquella herida nacional.
Colosio no era un político cualquiera.
Nacido el 10 de febrero de 1950 en Magdalena de Kino, Sonora, destacó desde joven por su disciplina y brillantez académica.
Estudió Economía en el Tecnológico de Monterrey y realizó estudios de posgrado en Estados Unidos y Europa.
Su carrera política despegó en la década de 1980 dentro del PRI, donde se convirtió en un colaborador cercano de Carlos Salinas de Gortari.
Fue diputado federal, senador, presidente del PRI y secretario de Desarrollo Social.
En noviembre de 1993 fue designado candidato presidencial, en medio de tensiones internas con otros aspirantes como Manuel Camacho Solís y Pedro Aspe.
El contexto de 1994 era explosivo.
El 1 de enero, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas sacudió al país el mismo día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio con América del Norte.
México vivía una mezcla de modernización económica y profundas desigualdades sociales.
En ese escenario, Colosio pronunció el 6 de marzo un discurso que muchos consideran un parteaguas.
Frente al Monumento a la Revolución afirmó: “Yo veo un México con hambre y con sed de justicia”.
Habló de combatir la desigualdad, reformar el poder y cerrar el paso a la corrupción.
Para algunos analistas, aquellas palabras marcaron un distanciamiento del presidente Salinas y de sectores del poder.
Diecisiete días después, en Tijuana, la campaña terminó abruptamente.
Tras un mitin multitudinario, Colosio descendió del templete y decidió caminar entre la gente.
A las 17:08 horas, un hombre identificado como Mario Aburto Martínez se acercó por su costado derecho y disparó dos veces.
El primer tiro impactó en la cabeza; el segundo, en el abdomen.
La escena fue caótica.
Aunque había decenas de elementos de seguridad, ninguno logró impedir el ataque.
Aburto fue detenido de inmediato.

La versión oficial estableció que Mario Aburto, un joven de 23 años, trabajador de maquiladora en Tijuana, actuó solo.
Fue condenado a más de 40 años de prisión como autor material del asesinato.
Sin embargo, desde el principio surgieron inconsistencias.
La escena del crimen no fue preservada adecuadamente; la necropsia se realizó ante numerosas personas; una de las balas fue manipulada por peritos; y el arma permaneció varias horas fuera del control inmediato de las autoridades.
Estas irregularidades alimentaron sospechas de encubrimiento o negligencia.
El propio Aburto ofreció declaraciones contradictorias.
En un primer momento dijo que su intención era “herir” al candidato; después habló de motivaciones ideológicas confusas.
Peritajes psicológicos divergentes complicaron aún más el panorama.
A lo largo de los años, él ha sostenido que no actuó solo y que hubo otros involucrados.
Uno de los elementos más polémicos fue la detención, el mismo día del magnicidio, de Jorge Antonio Sánchez Ortega, entonces agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN).
Según documentos posteriores, presentaba manchas de sangre y dio positivo a pruebas relacionadas con residuos de disparo.
No obstante, fue liberado al día siguiente bajo el argumento de que cumplía funciones oficiales.
Durante décadas el episodio quedó sin aclarar, alimentando teorías sobre un posible segundo tirador.
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En noviembre de 2025, la Fiscalía General de la República anunció la detención de Sánchez Ortega, acusado de haber participado como segundo tirador.
La noticia reavivó el debate público.
Las autoridades plantearon la hipótesis de que hubo más de un disparo proveniente de diferentes posiciones.
Además, surgieron señalamientos sobre la posible intervención de altos funcionarios de la época en la liberación inicial del exagente.
Estas revelaciones han abierto una nueva etapa en la investigación, aunque aún no existe una sentencia definitiva que modifique la versión oficial establecida en los años noventa.
Las teorías sobre el autor intelectual del crimen han apuntado en diversas direcciones.
Algunos han señalado al entorno presidencial de entonces, sugiriendo que Colosio representaba una amenaza para ciertos intereses políticos.
Otros han mencionado rivalidades internas dentro del PRI o incluso posibles vínculos con el narcotráfico.
Sin embargo, ninguna de estas hipótesis ha sido probada en tribunales.
Cuatro fiscales especiales revisaron el caso en distintos momentos y, pese a las dudas, mantuvieron la conclusión de que Aburto actuó solo.
El asesinato de Colosio tuvo consecuencias inmediatas.
El PRI designó como candidato sustituto a Ernesto Zedillo Ponce de León, quien ganó las elecciones de agosto de 1994.
Ese mismo año estuvo marcado por otras tragedias, como el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu y la crisis económica de diciembre, conocida como el “error de diciembre”.
Para muchos, 1994 se convirtió en uno de los años más convulsos de la historia reciente de México.
La tragedia personal también fue profunda.
Diana Laura Riojas, esposa de Colosio, falleció en noviembre de 1994 a causa de cáncer de páncreas, dejando huérfanos a sus dos hijos.
Con el paso del tiempo, el mayor, Luis Donaldo Colosio Riojas, incursionó en la política y ha abogado por la reconciliación y el esclarecimiento total de los hechos.

Treinta años después, la figura de Colosio sigue siendo símbolo de una promesa inconclusa.
Para algunos representa la posibilidad de una reforma interna del sistema político; para otros, es el recordatorio de las limitaciones estructurales del poder en México.
Su frase sobre un país con hambre y sed de justicia continúa citándose en discursos y debates.
La reciente reapertura de líneas de investigación demuestra que el caso no está completamente cerrado en la conciencia colectiva.
Persisten interrogantes sobre las fallas de seguridad, las irregularidades procesales y la posible participación de más personas.
Mientras no exista una verdad plenamente aceptada y respaldada por pruebas contundentes, el magnicidio de Luis Donaldo Colosio seguirá siendo uno de los mayores enigmas de la historia contemporánea mexicana, un episodio que cambió el rumbo político del país y dejó una herida que aún busca cicatrizar.