Mientras México entero cantaba boleros de amor y felicidad, una escena de horror se gestaba en silencio la noche del 29 de noviembre de 1987.

Víctor Iturbe, conocido por millones como El Pirulí, yacía agonizante en el piso de su casa con seis balas incrustadas en el cuerpo.
Lo verdaderamente perturbador no fue solo el crimen, sino lo que ocurrió después: su esposa no llamó de inmediato a la policía, no pidió auxilio desesperado, no intentó salvarlo.
En cambio, lavó la sangre, movió el cuerpo y desapareció pruebas clave antes de que las autoridades llegaran.
Treinta días más tarde, el caso fue cerrado sin culpables, sin responsables y sin justicia.
La música de El Pirulí desapareció misteriosamente de la radio y su nombre comenzó a diluirse en la memoria colectiva, como si alguien hubiera dado la orden de borrarlo.
Así comenzó uno de los silencios más inquietantes del espectáculo mexicano.
El Pirulí había conquistado al público en las décadas de los setenta y ochenta con su voz romántica y su imagen de cantante bohemio.
Pocos sabían que aquel apodo nació de un accidente casi mortal en Acapulco, cuando trabajaba como payaso acuático sin saber nadar.
Años después, un grave problema de columna lo obligó a abandonar ese oficio y lo llevó a Puerto Vallarta, donde una guitarra abandonada en un bar cambiaría su destino para siempre.
Su voz cautivó a turistas y locales, y de la noche a la mañana pasó de cantar por propinas a sonar en la radio nacional.

El éxito llegó rápido.
“Felicidad”, de Armando Manzanero, lo consagró como estrella en 1969.
Sin embargo, su estilo de vida pronto despertó sospechas.
Mientras otros grandes cantantes luchaban por mantener estabilidad financiera, El Pirulí acumulaba una fortuna inexplicable: avioneta privada, rancho de 21 hectáreas, caballos de carreras, casas en zonas exclusivas.
Los números no cuadraban y nadie se atrevía a preguntar en voz alta.
En el México de los años setenta, el verdadero poder no residía solo en los políticos visibles, sino en figuras oscuras como Arturo “El Negro” Durazo, jefe de la policía capitalina y símbolo de una corrupción desbordada.
El Pirulí cantaba en fiestas privadas donde coincidían artistas, políticos y criminales.
De acuerdo con documentos desclasificados décadas después, la Dirección Federal de Seguridad lo espió durante cinco años.
Oficialmente, por burlarse del gobierno en sus shows.
Extraoficialmente, por algo mucho más peligroso.

Investigaciones periodísticas posteriores sugieren que El Pirulí se convirtió en intermediario del tráfico de cocaína dentro del mundo del espectáculo, particularmente en los pasillos de Televisa.
Su fama le daba acceso irrestricto, su imagen romántica lo hacía intocable y sus contactos lo protegían.
Así se explica el dinero, los lujos y también los enemigos.
Pero no solo el narco lo rodeaba.
Su vida personal estaba marcada por excesos y conquistas amorosas que humillaron a hombres poderosos.
Los rumores sobre su relación con Verónica Castro y los conflictos con Jorge Vargas, actor y policía del Estado de México, alimentaron una lista de posibles venganzas.
Vargas, curiosamente, fue uno de los primeros en llegar a la escena del crimen.
La noche del asesinato, un detalle selló su destino: un concierto cancelado a último momento lo obligó a quedarse en casa.
Tras una llamada telefónica que lo dejó visiblemente alterado, pasó la noche viendo televisión.
Cuando sonó el timbre cerca de la medianoche, pensó que era su hija, que había olvidado las llaves.
Abrió la puerta confiado.
Tres hombres le dispararon seis veces con precisión profesional.

Lo que siguió fue aún más inquietante.
La escena del crimen fue alterada, el sillón ensangrentado apareció días después flotando en un río y el cuerpo fue cremado en plena investigación.
Sin cadáver, no hubo segunda autopsia ni nuevas pruebas.
El silencio se impuso.
El patrón se repetiría doce años después con el asesinato de Paco Stanley, también figura de Televisa, ejecutado con violencia similar y rodeado del mismo mutismo mediático.
Dos crímenes, dos artistas, el mismo entorno, la misma ausencia de justicia.
Víctor Iturbe murió a los 51 años.
Su historia quedó enterrada entre archivos sellados, rumores peligrosos y una familia que eligió callar.
Hoy, casi cuatro décadas después, la pregunta sigue en el aire: ¿qué era tan terrible que prefirieron borrar la verdad antes que enfrentarla? El Pirulí cantó al amor, pero murió atrapado en una red de secretos que México aún no se atreve a desatar.
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