El 15 de septiembre de 1988 quedó marcado en la historia de México no solo por la celebración de la independencia nacional, sino también por un acto de valentía artística que cambió para siempre la relación entre el poder político y la música popular en el país.

Ese día, Juan Gabriel, el icónico “Divo de Juárez”, recibió una llamada directa del presidente Carlos Salinas de Gortari, quien le pidió que no interpretara la canción “El México que se nos fue” durante su concierto en el Zócalo capitalino frente a 150,000 personas.
Sin embargo, Juan Gabriel tomó una decisión que desafió al poder y se convirtió en un símbolo de libertad y autenticidad.
Apenas seis horas antes de subir al escenario, Juan Gabriel estaba en su habitación de hotel cuando su manager le entregó el teléfono con una mezcla de nerviosismo y respeto.
La voz al otro lado era la del presidente Salinas, quien agradeció su participación en las festividades patrias pero le hizo una petición muy especial: no cantar “El México que se nos fue”.
Esta canción, escrita por Juan Gabriel en 1987, reflejaba la crisis económica y social que atravesaba México, y aunque no era un himno político partidista, sí era una crítica melancólica sobre la pérdida de la inocencia y las promesas incumplidas del país.
El presidente, preocupado por proyectar una imagen de unidad y prosperidad en un momento crucial para México, especialmente en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, consideraba que la canción podría generar controversias y divisiones.
Juan Gabriel escuchó en silencio la petición presidencial y respondió con respeto, pero en su interior se gestaba una determinación firme.
Para él, la canción representaba los sentimientos genuinos de millones de mexicanos, especialmente de las clases trabajadoras y medias que vivían la desilusión de un México cambiante y desigual.
Mientras caminaba por su habitación, mirando hacia el Zócalo donde miles ya se congregaban, Juan Gabriel meditaba sobre su responsabilidad como artista.
Finalmente decidió que “El México que se nos fue” debía ser cantada esa noche, no como un acto de desafío, sino como una expresión auténtica de su pueblo.

Así, la canción fue programada para tocarse a mitad del concierto, justo después de “Querida” y antes de “Amor Eterno”, convirtiéndose en el momento más emotivo y esperado de la noche.
El concierto comenzó puntualmente a las 8:30 pm con Juan Gabriel interpretando sus éxitos más populares, mientras la multitud cantaba y vibraba con cada canción.
Pero cuando llegó el momento de “El México que se nos fue”, el ambiente cambió radicalmente.
Con una voz cargada de emoción y gravedad, Juan Gabriel dedicó la canción a todos los mexicanos que sentían nostalgia por un país que parecía perdido en medio de crisis y cambios acelerados.
La interpretación fue intensa, con su voz quebrándose en ciertos versos, transmitiendo no solo la letra, sino el peso de una realidad compartida.
La multitud no solo cantó con él, sino que muchos lloraron abiertamente, reconociendo en esas palabras sus propias experiencias y sentimientos.
Fue un acto catártico, un himno no oficial de resistencia cultural y autenticidad.
La ovación que siguió fue la más fuerte de toda la noche, no solo por la calidad musical, sino por la valentía de Juan Gabriel al desafiar la orden presidencial.
En los días siguientes, el incidente fue ampliamente cubierto por los medios, generando debates entre quienes elogiaban su coraje y quienes criticaban la politización de la celebración.
Aunque no hubo represalias oficiales inmediatas, Juan Gabriel enfrentó dificultades burocráticas para obtener permisos para futuros conciertos, y se percibieron intentos de crear obstáculos administrativos.
Sin embargo, su popularidad y el apoyo del público fueron tan grandes que estas trabas se resolvían.

Este episodio marcó un precedente importante en México, demostrando que el arte podía desafiar el poder político sin destruir la carrera de un artista, siempre y cuando contara con el respaldo popular y la valentía necesaria.
“El México que se nos fue” se convirtió en un símbolo de libertad artística y expresión auténtica.
La frase “Lo hizo Juan Gabriel en el Zócalo” se popularizó como sinónimo de valentía frente al poder.
El incidente también influyó en la relación futura entre artistas y gobiernos mexicanos, ya que ningún presidente posterior intentó prohibir canciones específicas antes de eventos importantes, consciente del costo político que eso podría implicar.
Juan Gabriel explicó años después que para un artista aceptar la censura era renunciar a su esencia, y que esa noche eligió ser la voz del pueblo antes que un empleado del gobierno.

El 15 de septiembre de 1988 no solo se celebró la independencia política de México, sino también un acto de independencia artística y cultural gracias a Juan Gabriel.
Su decisión de cantar “El México que se nos fue” frente a cientos de miles de personas y a pesar de la prohibición presidencial es un testimonio de la fuerza del arte para expresar verdades incómodas y conectar con el sentir colectivo.
Este momento histórico sigue siendo un referente de la lucha por la libertad de expresión en México y un homenaje a uno de los artistas más grandes que ha dado la música popular latinoamericana.