Durante décadas, Televisa no solo fue la empresa de medios más poderosa de México, sino un actor político, social y cultural con una influencia difícil de dimensionar.

Para millones de mexicanos, la televisión abierta fue la principal ventana al mundo, y Televisa controló durante años lo que se veía, lo que se escuchaba y, en muchos casos, lo que se creía.
Sin embargo, detrás de las telenovelas, los noticieros y los programas de entretenimiento, se fue construyendo una historia marcada por acusaciones de manipulación, abusos de poder, silencios convenientes y pactos que hoy siguen generando controversia.
Uno de los señalamientos más persistentes en torno a Televisa es el supuesto uso de un “catálogo” de actrices, una práctica que varias figuras del medio han mencionado a lo largo de los años.
Según estos testimonios, artistas jóvenes eran presionadas para asistir a cenas privadas con patrocinadores, publicistas o personajes influyentes, bajo la amenaza de ver frenadas o destruidas sus carreras.
La actriz Kate del Castillo afirmó públicamente que estas dinámicas existían y que negarse tenía consecuencias directas en la asignación de papeles protagónicos.
Para muchas, la fama no era solo cuestión de talento, sino de obediencia y silencio.
Estas denuncias no se limitaron al ámbito artístico.
A lo largo del tiempo, Televisa ha sido señalada por su cercanía con el poder político, especialmente con el Partido Revolucionario Institucional.
Diversos analistas y documentos filtrados han apuntado a que la empresa participó en campañas mediáticas diseñadas para favorecer a determinados candidatos presidenciales, moldeando la opinión pública a través de coberturas favorables, promoción encubierta y la omisión sistemática de escándalos incómodos.
El caso más citado es el de Enrique Peña Nieto, cuya imagen fue cuidadosamente construida durante años en la televisión, minimizando errores y potenciando una narrativa de liderazgo y carisma.
En ese contexto, la figura de Angélica Rivera, actriz de Televisa y posteriormente esposa de Peña Nieto, se convirtió en un símbolo de la estrecha relación entre la televisión y la política.
Su matrimonio, su repentina salida de la actuación y el escándalo de la “Casa Blanca” reforzaron la percepción de que el entretenimiento y el poder se mezclaban de formas poco transparentes.
Para muchos críticos, no se trató de coincidencias, sino de estrategias cuidadosamente planeadas.
Otro aspecto inquietante ha sido la llegada de figuras del espectáculo a cargos públicos sin preparación política previa.
Casos como el de Carmen Salinas, Silvia Pinal o Sergio Mayer generaron fuertes debates sobre el uso de la fama como moneda de cambio.
Según diversas versiones, estas candidaturas respondían más a lealtades mediáticas que a méritos legislativos.
Algunos de estos personajes incluso admitieron públicamente no comprender del todo su función en el Congreso, lo que alimentó la idea de que actuaban como piezas dentro de un sistema más amplio de control e influencia.
Las acusaciones más graves, sin embargo, están relacionadas con abusos sexuales y explotación de menores dentro de la industria.
El testimonio de Sasha Sokol contra el productor Luis de Llano marcó un antes y un después, al evidenciar cómo durante años se normalizaron relaciones profundamente desiguales bajo el amparo del poder empresarial.
Casos similares, como el de Sergio Andrade, mostraron un patrón de encubrimiento y omisión que permitió que estas prácticas se prolongaran durante décadas, afectando a generaciones de jóvenes artistas.
A estas historias se suman rumores y relatos sobre prácticas de ocultismo y rituales dentro de la empresa, asociados a ciertos productores y figuras del espectáculo.
Aunque muchos de estos señalamientos no han sido probados de manera concluyente, forman parte del imaginario que rodea a Televisa y refuerzan la percepción de una organización que operaba bajo códigos propios, lejos del escrutinio público.
La figura de Raúl Velasco, conductor emblemático de Siempre en Domingo, ejemplifica el enorme poder que podía concentrar una sola persona dentro del sistema.
Decidir quién aparecía en televisión significaba decidir quién triunfaba y quién desaparecía del panorama artístico.
Numerosos testimonios describen un ambiente de humillación, favoritismo y discriminación, especialmente hacia artistas nacionales o personas con rasgos indígenas, en contraste con el trato preferencial hacia figuras extranjeras o cercanas al círculo de poder.
Este clasismo estructural se reflejó durante años en la pantalla, donde predominaban estereotipos alejados de la realidad social del país.
La ausencia de protagonistas indígenas y la burla disfrazada de comedia contribuyeron a reforzar prejuicios que hoy siguen siendo objeto de crítica.
El caso de Yalitza Aparicio, y las reacciones de algunos actores vinculados a Televisa, evidenció que estas actitudes no pertenecen solo al pasado.

Finalmente, excolaboradores de la empresa han denunciado la existencia de áreas dedicadas a la creación de campañas de desprestigio contra adversarios políticos o empresariales.
Según estas versiones, se fabricaban narrativas, se difundían rumores y se utilizaba el poder mediático para destruir reputaciones, todo en función de intereses económicos o políticos.
Aunque pocas de estas acusaciones han sido investigadas a fondo por las autoridades, su reiteración ha dejado una huella profunda en la percepción pública.
Hoy, en un entorno mediático más fragmentado y con mayor acceso a fuentes alternativas de información, el poder de Televisa ya no es el mismo.
Sin embargo, su legado sigue siendo objeto de debate.
Las historias que durante años se mantuvieron en la sombra continúan saliendo a la luz, recordando que cuando un medio concentra tanto poder, la línea entre información, entretenimiento y manipulación puede volverse peligrosamente difusa.
Cuestionar, investigar y no aceptar pasivamente lo que se presenta en pantalla se ha convertido, más que nunca, en una responsabilidad colectiva.