FINALMENTE la MAMÁ de MARIO PINEIDA CONFIESA los IMPACTANTES SECRETOS tras la MUERTE de su HIJO

La muerte violenta del jugador Mario Pineida no solo truncó una vida joven, sino que abrió una herida profunda que sigue supurando dolor, sospechas y silencios incómodos.

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A una semana del crimen que conmocionó a la opinión pública, su madre decidió romper el silencio.

No lo hizo frente a cámaras ni con un comunicado oficial, sino a través de confesiones fragmentadas, cargadas de angustia, que han encendido aún más la polémica en torno a lo ocurrido.

Sus palabras, lejos de traer paz, han sembrado dudas inquietantes sobre lo que realmente rodeó la muerte de su hijo.

 

Desde el instante en que vio el cuerpo sin vida de Mario, la vida de esta mujer quedó dividida en un antes y un después.

Perdió el sueño, la calma y cualquier sensación de seguridad.

Según personas cercanas, sufre pesadillas constantes en las que revive una y otra vez la escena más cruel que puede enfrentar una madre: su hijo desangrándose, el sonido seco de los disparos y la certeza de que nada podía hacerse para salvarlo.

Sin embargo, el dolor no se limita al asesinato en sí, sino a todo lo que lo rodea, antes y después, como una cadena de hechos que aún no logra comprender del todo.

 

El crimen fue doble.

Junto a Mario también murió la mujer que lo acompañaba en ese momento, su nueva pareja.

Dos cuerpos, dos historias entrelazadas por la violencia, que colocaron a la madre del jugador en el centro de una tormenta emocional y mediática.

Rabia, culpa, frustración y miedo se mezclan en su interior sin un destinatario claro.

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Algunos días culpa a los sicarios, otros a las mujeres que pasaron por la vida de su hijo, y en los momentos más oscuros se culpa a sí misma por no haber visto, o no haber querido ver, las señales de peligro.

 

Uno de los puntos que más controversia ha generado es su postura frente a la pareja oficial de Mario.

La madre evita llamarla viuda o esposa; se refiere a ella como “la ex” o “esa mujer”.

Este distanciamiento verbal fue interpretado por muchos como una afrenta directa, sobre todo cuando se difundieron versiones que la mostraban cercana a la amante de su hijo y no a la familia legal.

Las redes sociales reaccionaron con una violencia despiadada, llenándola de insultos y acusaciones que la retratan como cómplice o encubridora de la doble vida de Mario.

 

Pero, según su entorno, nadie conoce lo que ella sabe ni lo que ha descubierto tras la muerte.

Después del entierro, cuando el ruido mediático empezó a apagarse, comenzaron las llamadas anónimas.

Voces desconocidas, mensajes cortos, advertencias veladas.

“Abra los ojos”, le dijeron. “Esto no fue solo un ajuste de cuentas”.

Esas frases marcaron el inicio de un proceso interno devastador.

La madre empezó a recordar discusiones, silencios incómodos, amenazas pasadas y comportamientos extraños en los días previos al asesinato.

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De acuerdo con versiones cercanas, estas reflexiones la llevaron a una conclusión tan peligrosa como perturbadora: la posibilidad de que la mente detrás del crimen no fuera un sicario cualquiera, sino alguien muy cercano a Mario.

Ella no acusa directamente, no da nombres, pero deja caer frases que pesan como piedras.

“La orden no siempre la da quien aprieta el gatillo”, habría dicho.

Para muchos, esas palabras apuntan a la pareja oficial de su hijo, aunque la madre se cuida de no afirmarlo de manera explícita.

 

Este silencio calculado no nace del deseo de proteger a nadie, sino del miedo.

Miedo a represalias, miedo a equivocarse, miedo a que la verdad, si sale a la luz sin pruebas, termine destruyéndolo todo.

Vive en sobresalto constante, con la sensación de que algo más puede ocurrirle.

Hay noches en las que el miedo se transforma en agotamiento absoluto y la idea de morir aparece como una forma de descanso.

Aun así, hay algo que la mantiene en pie: la necesidad de que el nombre de su hijo no quede manchado por mentiras o versiones incompletas.

 

La opinión pública, sin embargo, no concede tregua.

Mientras algunos la defienden y aseguran que cada madre vive el duelo a su manera, otros la condenan sin piedad.

La acusan de proteger a la amante, de darle la espalda a sus nietos y de haber sido parte de los errores de Mario.

Ella carga con todo eso en silencio, convencida de que el verdadero peso no está en las críticas, sino en las preguntas que nadie responde oficialmente.

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Según quienes han hablado con ella, la madre está convencida de que Mario no murió por casualidad.

Cree que alguien sabía dónde estaría, que hubo planificación y traición.

No busca venganza, asegura, sino sentido.

Entender por qué su hijo terminó así y quién se benefició de su ausencia.

Esa búsqueda, sin embargo, la ha llevado a un terreno peligroso, donde las intuiciones de madre chocan con la falta de pruebas concretas.

 

Hoy, el caso de Mario Pineida se ha convertido en algo más que una tragedia familiar.

Es un campo de batalla de versiones, sospechas y silencios, donde cada palabra puede ser interpretada como acusación.

En medio de todo, su madre permanece como una figura rota, atrapada entre el amor incondicional, la culpa y una verdad que siente cerca, pero que aún no se atreve a pronunciar en voz alta.

Porque, como ella misma habría dicho, hay verdades que no solo duelen, sino que también pueden matar.

 

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