Fueron dueños del atlante y se los quito Emilio Azcárraga

Durante décadas, el fútbol mexicano ha sido presentado ante el público como una mezcla de pasión popular, identidad nacional y espectáculo masivo.

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Sin embargo, detrás de los estadios repletos, los cánticos incesantes y los colores que despiertan emociones colectivas, existen historias oscuras que rara vez salen a la luz.

Relatos donde el verdadero juego no se disputa en la cancha, sino en oficinas cerradas, entre contratos ambiguos, presiones silenciosas y decisiones tomadas desde el poder.

Una de esas historias, sepultada durante años bajo el silencio y la conveniencia, ocurrió en 1968 y tuvo como protagonistas a dos figuras del cine mexicano y a uno de los hombres más influyentes que México conocería en el siglo XX: Emilio Azcárraga.

 

El año 1968 fue un punto de quiebre para el país.

México vivía un clima de tensión política, protestas sociales y un férreo control autoritario.

Mientras las calles se llenaban de inconformidad y miedo, en las alturas del poder económico y mediático se gestaban movimientos estratégicos que marcarían el rumbo de varias industrias.

El fútbol, lejos de ser ajeno a ese contexto, comenzaba a transformarse en un negocio de alto valor simbólico y político.

Poseer un equipo ya no significaba solo administrar un club deportivo, sino controlar una poderosa herramienta de influencia social.

 

En ese escenario, el Club Atlante ocupaba un lugar especial.

No era el equipo más rico ni el más ganador, pero sí uno de los más queridos por la afición.

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Su historia, su identidad popular y su cercanía con las clases trabajadoras lo convertían en un símbolo del fútbol tradicional mexicano.

Controlar al Atlante era, en muchos sentidos, controlar una parte del imaginario colectivo del país.

Ese atractivo fue suficiente para que dos hombres provenientes de un mundo completamente distinto decidieran apostar por él.

 

Enrique Lizalde y Fernando Luján eran, en ese momento, galanes consagrados del cine y la televisión mexicana.

Sus rostros aparecían con frecuencia en carteles, revistas y pantallas.

Estaban acostumbrados a los aplausos, a los contratos lucrativos y a una vida rodeada de privilegios.

El dinero parecía fluir sin límites y la sensación de invulnerabilidad era absoluta, como suele ocurrir con quienes nunca han experimentado una caída real.

Convencidos de que el éxito en el espectáculo podía trasladarse sin problemas al ámbito empresarial, decidieron adquirir el Atlante.

 

La compra fue presentada ante la opinión pública como una historia romántica y casi heroica: dos estrellas del cine invirtiendo en el deporte del pueblo, acercándose a la afición y demostrando su amor por México más allá de las cámaras.

La prensa del espectáculo celebró la noticia y la vendió como un acto visionario.

Sin embargo, lo que no se dijo entonces fue que la operación resultó financieramente desastrosa desde el primer día.

 

El Atlante no era un juguete ni un capricho de celebridades.

Era una institución con problemas estructurales graves: sueldos atrasados, instalaciones deterioradas, deudas heredadas y una administración corroída por años de malas decisiones.

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Para sostenerlo, Lizalde y Luján vaciaron cuentas, vendieron propiedades, comprometieron ingresos futuros y se endeudaron más allá de lo razonable.

En cuestión de meses, su fortuna comenzó a desangrarse.

 

En los pasillos del medio artístico comenzaron los rumores.

Se decía que Lizalde ya no pagaba a tiempo, que Luján había hipotecado propiedades y que el dinero ya no alcanzaba como antes.

Aun así, ambos seguían apareciendo en eventos públicos, sonriendo ante las cámaras y fingiendo que todo estaba bajo control.

Pero en privado, la presión era asfixiante.

Y cuando alguien se debilita financieramente, se convierte en presa fácil.

 

Fue entonces cuando el nombre de Emilio Azcárraga empezó a circular con fuerza alrededor del caso.

En aquel momento, Azcárraga era visto como un joven empresario ambicioso, con una visión clara sobre el poder de los medios y el entretenimiento como herramientas de dominio.

Para él, el fútbol no era un juego ni una pasión romántica, sino un instrumento estratégico.

Sin embargo, según versiones que jamás llegaron a los tribunales ni a las biografías oficiales, existía un elemento adicional: un resentimiento personal antiguo.

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Se decía que años atrás, Enrique Lizalde le había arrebatado una novia al joven Azcárraga, una afrenta que, en el mundo masculino y competitivo de la época, no se olvidaba fácilmente.

La herida nunca cerró; simplemente esperó el momento adecuado para cobrarse.

Y el Atlante apareció como la oportunidad perfecta.

Lizalde y Luján estaban financieramente debilitados, eran inexpertos en ese tipo de negociaciones y estaban rodeados de asesores que no comprendían el calibre del poder al que se enfrentaban.

 

Comenzaron a recibir propuestas confusas, ofertas de asociación que parecían soluciones, pero que escondían riesgos profundos.

Aparecieron intermediarios, gestores y supuestos salvadores.

Entre ellos destacó un personaje clave: Fernando González, apodado “Fernandón”.

Un hombre sin reflectores, sin fama y sin un pasado público relevante.

El prestanombres ideal.

Su papel consistía en firmar donde otros no querían aparecer y asumir riesgos que no le pertenecían, mientras el verdadero beneficiario permanecía en las sombras.

 

A través de este intermediario se ejecutó una estrategia calculada.

Primero, el desgaste económico; después, el miedo; finalmente, la urgencia.

Se filtraron rumores sobre posibles auditorías fiscales, irregularidades legales y problemas judiciales inminentes.

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Nada concreto, pero lo suficientemente creíble como para sembrar pánico.

Las amenazas nunca fueron directas, pero siempre estuvieron presentes, disfrazadas de consejos amistosos y advertencias veladas.

El mensaje era claro: vender o ser destruidos.

 

Cuando finalmente cedieron, lo hicieron desde la desesperación, no desde una negociación justa.

El traspaso del Atlante fue rápido, silencioso y devastador.

Legalmente impecable, pero moralmente cuestionable.

El equipo quedó en manos del prestanombres y, por extensión, fuera del alcance de Lizalde y Luján.

La prensa habló de una mala inversión, de ingenuidad empresarial y de un fracaso financiero.

Nadie habló de venganza.

Nadie habló de amenazas.

Nadie habló de abuso de poder.

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Para los dos actores, las consecuencias fueron profundas.

No solo perdieron el equipo, sino también prestigio, influencia y estabilidad económica.

Su caída fue lenta y humillante.

Pasaron de ser galanes intocables a ejemplos silenciosos de lo que ocurre cuando se desafía al poder real en México.

En el medio artístico y empresarial, el mensaje quedó grabado con claridad: nadie estaba por encima de Emilio Azcárraga ni de su incipiente imperio mediático.

Una lección que, hasta hoy, sigue resonando en los pasillos del fútbol y del entretenimiento nacional.

 

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