El 12 de octubre de 1995, en las calles del centro de Guadalajara, ocurrió un encuentro que marcaría profundamente la vida de Juan Gabriel, uno de los cantautores más icónicos de México y América Latina.

Mientras caminaba por la plaza de armas, rodeado del bullicio típico de turistas, músicos callejeros y vendedores ambulantes, algo llamó su atención: un póster enmarcado, viejo pero cuidado, con una firma que reconoció al instante.
Era su propia firma, escrita dos décadas atrás, en 1975.
El póster que Juan Gabriel vio no era cualquier póster pirata o copia barata que acostumbraba a ver en las calles.
Era un ejemplar auténtico, oficial, del álbum *El alma joven*, con un marco de madera que, aunque desgastado, denotaba que alguien lo había valorado mucho.
Lo que realmente conmovió a Juan Gabriel fue la firma en tinta azul en la esquina inferior derecha, una firma que él mismo había puesto hace 20 años.
El dueño del póster era un anciano de aproximadamente 75 años, sentado en el suelo, rodeado de objetos viejos que intentaba vender: platos desportillados, libros amarillentos, ropa usada.
Su nombre era don Salvador Méndez, un hombre que había trabajado como chófer de taxi durante muchos años y que ahora, en su vejez, enfrentaba dificultades económicas.
Cuando Juan Gabriel se acercó y preguntó por el precio del póster, don Salvador respondió que pedía 300 pesos, la última cosa de valor que le quedaba para poder comprar medicinas para su esposa enferma.
Esta revelación tocó el corazón del cantante.

Don Salvador comenzó a contarle a Juan Gabriel la historia de cómo había conseguido ese póster y la firma que llevaba.
En 1975, cuando Juan Gabriel era un joven aspirante a cantante, don Salvador trabajaba como chófer de taxi en Ciudad de México.
Una noche lluviosa, cerca de las 2 de la madrugada, recogió a un muchacho empapado que acababa de salir de una entrevista de radio donde intentaba promocionar su música sin mucho éxito.
Durante el trayecto, el taxi comenzó a fallar y tuvieron que detenerse en una calle vacía bajo la lluvia.
El joven, que era Juan Gabriel, decidió quedarse con el chófer para hacerle compañía mientras llegaba la ayuda.
Durante esa hora, conversaron sobre sus sueños y esperanzas.
Cuando finalmente llegó la grúa, Juan Gabriel insistió en pagarle el doble de la tarifa y, como muestra de gratitud, le firmó uno de sus pósters con una dedicatoria que decía: “Para don Salvador, el mejor taxista de México. Cuando sea famoso, este póster valdrá mucho. Guárdelo bien. Juan Gabriel, 1975.”
Don Salvador guardó el póster con cariño, lo enmarcó con el primer dinero extra que ganó y lo colgó en su sala durante 20 años, recordando siempre al joven amable que se quedó con él aquella noche bajo la lluvia.

Al escuchar esta historia, Juan Gabriel no pudo contener las lágrimas.
Se quitó los lentes oscuros para revelar su identidad y le dijo a don Salvador: “Yo soy ese muchacho que se quedó con usted bajo la lluvia hace 20 años.
” Don Salvador, sorprendido y emocionado, no podía creer que el joven de aquella noche se encontraba ahora frente a él, convertido en una estrella mundialmente famosa.
Juan Gabriel le aseguró que ese póster no era lo último que tenía valor, sino que la bondad y humanidad de don Salvador valían mucho más.
Para ayudarlo, le entregó 4,500 pesos para las medicinas de su esposa y prometió que su manager visitaría a don Salvador para organizar la cobertura de todas las medicinas futuras y una pensión mensual adicional.
La historia de Juan Gabriel y don Salvador se volvió legendaria en Guadalajara y en todo México.
Fue un ejemplo palpable de cómo un pequeño acto de bondad puede tener un impacto profundo y duradero.
La noche en que don Salvador ayudó a un joven desconocido bajo la lluvia fue decisiva para que Juan Gabriel siguiera luchando por sus sueños, a pesar de las dificultades y rechazos iniciales.
Juan Gabriel explicó que esa noche estaba a punto de rendirse, cansado y sin esperanzas, pero la amabilidad de don Salvador le dio la fuerza para continuar y eventualmente alcanzar el éxito que todos conocemos.

Después de ese encuentro, el manager de Juan Gabriel cumplió con todas las promesas hechas.
Se pagaron las deudas médicas de la esposa de don Salvador, se estableció un fondo para cubrir sus medicinas futuras y se le otorgó una pensión mensual para mejorar su calidad de vida.
Juan Gabriel visitó personalmente la casa de don Salvador en Guadalajara, donde conoció a su familia y vio el lugar donde el póster había colgado durante tantos años.
Prometió enmarcar un nuevo póster para ese espacio y le regaló un paquete con un póster nuevo y moderno, así como el póster original con un segundo marco protector y una placa explicativa de la historia.
Don Salvador vivió ocho años más después de ese encuentro sin preocuparse por el dinero para medicinas, gracias al apoyo de Juan Gabriel.
Cuando don Salvador falleció en 2003, Juan Gabriel asistió a su funeral y habló con respeto y admiración sobre el hombre que le enseñó que la verdadera grandeza no está en la fama, sino en la bondad con los demás.

Esta historia es un recordatorio conmovedor de que la humanidad y la solidaridad pueden transformar vidas y que los actos de bondad siempre regresan, a veces de maneras inesperadas y maravillosas.
Si te conmovió esta historia, es un buen momento para reflexionar sobre la importancia de la empatía y la ayuda mutua en nuestras vidas.
Juan Gabriel no solo dejó un legado musical, sino también un ejemplo de humildad y gratitud que sigue inspirando a millones.