En abril de 1986, Juan Gabriel, el ícono musical más querido de México, llegó a los estudios de Televisa con la ilusión de grabar una presentación para “Siempre en Domingo”, el programa más influyente de la televisión mexicana conducido por Raúl Velasco.

Sin embargo, ese día marcaría el inicio de un veto que lo mantendría ausente de la pantalla durante 17 años, un silencio forzado por un choque de poderes entre el talento y la autoridad televisiva.
Juan Gabriel, nacido en extrema pobreza en Parácuaro, Michoacán, y criado en las calles de Ciudad Juárez, logró con esfuerzo y talento convertirse en un fenómeno musical.
Sus canciones, que hablaban de amor, desamor y la vida cotidiana del mexicano, conquistaron América Latina y llenaron estadios.
Para 1986, era más que un cantante; era una leyenda viva, con más de 100 composiciones convertidas en himnos nacionales y colaboraciones con grandes artistas.
Por otro lado, Raúl Velasco era el hombre detrás del programa dominical “Siempre en Domingo”, un espacio que definía carreras y tenía un poder casi absoluto sobre la industria musical en México.
Su estilo autoritario y su capacidad para decidir quién aparecía o era vetado le otorgaron un control sin precedentes, convirtiendo su palabra en ley para artistas y productores.
El encuentro entre Juan Gabriel y Raúl Velasco en 1986 fue más que una simple presentación musical.
Según diversas versiones, Velasco cuestionó el estilo, vestuario y actitud de Juan Gabriel, llegando a exigir cambios que el artista consideró una falta de respeto.
Cuando Juan Gabriel se negó a ceder, dijo un rotundo “no”, desafiando así al hombre que controlaba el escenario televisivo más importante del país.
La respuesta de Velasco fue silenciosa pero contundente: el veto.
Juan Gabriel desapareció de “Siempre en Domingo” durante 17 años, un castigo que no solo afectó su presencia en televisión, sino que también envió un mensaje claro a toda la industria sobre el precio de desafiar el poder.
Durante esos años, otros artistas que colaboraban con Juan Gabriel también sintieron el peso del veto.
En el programa, se minimizaba la influencia del compositor, y se evitaba darle el reconocimiento público que merecía.
A pesar de ello, Juan Gabriel continuó su carrera con éxito, llenando estadios y conquistando mercados internacionales, demostrando que su talento trascendía cualquier barrera impuesta.
Hubo varios intentos de mediación para que Juan Gabriel regresara a “Siempre en Domingo”, pero las condiciones impuestas por Velasco fueron consideradas humillantes por el artista, quien prefirió mantener su dignidad antes que aceptar un trato injusto.
El programa terminó en 1998, y con su final, el veto perdió fuerza, permitiendo que Juan Gabriel regresara gradualmente a la televisión.
Sin embargo, nunca hubo una reconciliación pública entre ambos.
Velasco negó hasta sus últimos días haber vetado a alguien, mientras que Juan Gabriel mantenía un respeto medido pero reservado hacia el conductor.
Esta ausencia de diálogo dejó un capítulo abierto en la historia del espectáculo mexicano.
Este enfrentamiento no solo fue una lucha personal, sino una representación del choque entre el poder institucional y el talento auténtico.
Velasco representaba el control absoluto y vertical, mientras que Juan Gabriel encarnaba la fuerza del arte y la conexión directa con el pueblo.

Aunque Velasco mantuvo su autoridad durante décadas, el legado de Juan Gabriel demostró que el verdadero poder reside en la autenticidad y el amor del público.
Este episodio dejó una marca profunda en la industria, recordándonos el costo emocional y profesional de resistir ante sistemas que buscan controlar la creatividad.
Raúl Velasco murió en 2006, reconocido por su impacto en la televisión latinoamericana, pero también cuestionado por su estilo autoritario.
Juan Gabriel falleció en 2016, dejando un legado musical imborrable y una historia de dignidad y resistencia.
Su historia conjunta es un reflejo de México mismo: un país donde el poder y la autenticidad a menudo chocan, y donde la lucha por la libertad artística puede costar caro, pero también puede inspirar a generaciones.