Durante años, el nombre de Tareck El Aissami representó una de las paradojas más inquietantes del poder en América Latina.

Para el discurso oficial venezolano, era un joven brillante, revolucionario disciplinado y funcionario leal al proyecto bolivariano.
Para los organismos de inteligencia internacionales, en cambio, era una de las piezas clave de una red que conectaba narcotráfico, terrorismo y corrupción estatal a escala continental.
Su caída no solo marcó el fin de una carrera política, sino que expuso con crudeza el funcionamiento interno de un sistema que convirtió al Estado en una plataforma criminal.
El currículum público de El Aissami parecía impecable.
Diputado, ministro del Interior, gobernador, vicepresidente de la República y, finalmente, ministro de Petróleo.
Cada ascenso reforzaba su imagen de hombre fuerte del chavismo, un operador eficaz capaz de controlar áreas estratégicas del poder.
Sin embargo, paralelamente se construía otro expediente, uno que no figuraba en biografías oficiales, pero sí en archivos de la DEA, el FBI y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
En esos documentos, El Aissami aparecía vinculado a rutas de cocaína, lavado de dinero y a organizaciones como Hezbolá.
El origen de esa historia se remonta a su familia.
Su padre, Zaidan El Aissami, llegó a Venezuela a mediados del siglo XX desde Medio Oriente, no como un inmigrante común, sino como militante del partido Baaz, la misma organización que llevó al poder a Saddam Hussein en Irak.

Bajo una fachada de comerciante en el estado Mérida, Zaidan mantenía vínculos ideológicos y políticos con movimientos radicales internacionales.
Esa visión del mundo, marcada por el antiimperialismo extremo y la militancia clandestina, fue transmitida a su hijo desde temprana edad.
Tareck creció en un entorno donde el poder era visto como una herramienta de protección y expansión.
Esa lógica se reforzó en 1992, cuando su padre fue detenido tras el fallido golpe de Estado de Hugo Chávez.
Aquel episodio dejó una lección imborrable: sin poder, no había seguridad.
Con poder, todo era posible.
Desde entonces, el joven El Aissami entendió que la política no era solo ideología, sino un escudo y una oportunidad.
Durante sus años universitarios en la Universidad de Los Andes, El Aissami no solo destacó académicamente, sino que se convirtió en un operador político precoz.
Estableció vínculos con grupos radicales, guerrillas colombianas y estructuras de seguridad paralelas.
Su relación con Adán Chávez, hermano del futuro presidente, fue decisiva.
Gracias a ese contacto, pasó de las aulas universitarias a los pasillos del poder nacional.

Su primer cargo clave llegó en 2003 con la Misión Identidad, encargada de emitir documentos de identidad y pasaportes.
Lo que parecía una función administrativa se transformó en una herramienta estratégica.
Bajo su gestión, miles de documentos venezolanos fueron otorgados a ciudadanos extranjeros sin controles adecuados.
Investigaciones posteriores señalaron que entre los beneficiarios había personas vinculadas a organizaciones terroristas como Hezbolá y Hamás.
El control de la identidad se convirtió en el primer gran negocio clandestino del futuro vicepresidente.
El ascenso continuó sin frenos.
En 2008, con apenas 33 años, El Aissami fue nombrado ministro del Interior y Justicia, pasando a controlar policías, aeropuertos, puertos y sistemas de seguridad.
Fue precisamente en ese período cuando Venezuela se consolidó como una de las principales rutas del narcotráfico hacia Estados Unidos y Europa.
Las costas extensas, la debilidad institucional y la complicidad de altos funcionarios crearon el escenario perfecto.
El Aissami no fue un espectador pasivo de ese proceso; según múltiples investigaciones, fue uno de sus facilitadores centrales.

La conexión con el narcotraficante Walid Makled destapó parte de la red.
Testimonios y documentos señalaron pagos directos a familiares de El Aissami, inversiones de dinero ilícito en sectores estratégicos y protección institucional a cargamentos de droga.
Sin embargo, durante años, ninguna denuncia prosperó dentro de Venezuela.
La lealtad al liderazgo chavista funcionaba como un blindaje absoluto.
En 2017, Nicolás Maduro lo nombró vicepresidente de la República.
Apenas semanas después, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo designó formalmente como narcotraficante internacional bajo la Ley Kingpin.
Las acusaciones eran devastadoras: control de rutas de cocaína, uso de aviones militares para el transporte de droga y asociación directa con carteles internacionales.
Aun así, el régimen venezolano no solo lo sostuvo, sino que lo defendió públicamente.
El punto culminante de su poder llegó en 2020, cuando asumió el Ministerio de Petróleo.
Allí, según investigaciones oficiales posteriores, se diseñó un sistema masivo de corrupción utilizando criptomonedas, empresas fantasma y operaciones sin auditoría.
Entre 2020 y 2023, más de 17. 000 millones de dólares desaparecieron de PDVSA.
Fue el saqueo más grande en la historia reciente del país.

La caída comenzó en 2023, cuando una purga interna sacudió al chavismo.
El Aissami renunció y desapareció durante más de un año.
Finalmente, en abril de 2024, fue presentado ante las cámaras como un detenido común.
El mensaje del régimen fue claro: no cayó por narcotráfico ni por terrorismo, sino por intentar conspirar y acumular demasiado poder propio.
Hoy, Tareck El Aissami permanece detenido en Venezuela, convertido en una figura incómoda para todos.
Para Estados Unidos, es uno de los testigos más valiosos del funcionamiento del narcoestado venezolano.
Para el chavismo, es un recordatorio peligroso de lo que ocurre cuando un operador cree que puede reemplazar al jefe.
Su historia resume la tragedia de un país donde el poder político, el crimen organizado y la ideología se fusionaron hasta volverse indistinguibles.
La mansión maldita de El Aissami no es solo un símbolo de riqueza ilícita, sino el reflejo de un sistema entero que permitió su ascenso, celebró su poder y, finalmente, decidió sacrificarlo.
Su destino final sigue siendo una incógnita, pero su legado ya está escrito: el de un hombre que llegó a la cima del Estado y cayó arrastrando consigo las sombras más profundas del poder venezolano.