Miss Universo, un certamen que durante décadas fue símbolo de belleza, esfuerzo y aspiración femenina, vivió en 2025 uno de sus años más turbulentos y controversiales.

Lo que debería haber sido una celebración de glamour y talento se convirtió en un escenario lleno de tensiones, escándalos y cuestionamientos que han puesto en duda la integridad y el futuro del concurso.
Durante la era Trump (1996-2015), Miss Universo alcanzó un nivel de fama y producción sin precedentes.
Con el respaldo de la cadena ABC, el certamen se convirtió en un espectáculo televisivo millonario, con escenarios colosales y una maquinaria de marketing que explotaba cada detalle para generar ingresos.
Sin embargo, el cambio en los hábitos de consumo televisivo, la caída del interés por la televisión tradicional y la polémica salida de Trump en 2015 marcaron el inicio del declive.
La venta del concurso a IMGWME profesionalizó la organización, pero también la volvió más fría y distante, perdiendo parte de su esencia.
Posteriormente, en 2024, la compra del 50% del certamen por parte del empresario mexicano Raúl Rocha Cantú trajo promesas de modernización y expansión, pero también tensiones internas y problemas financieros que terminaron por afectar la credibilidad del evento.
La sede de Miss Universo 2025 en Tailandia, un país conocido por su belleza y hospitalidad, se convirtió en el epicentro de la crisis.
Antes incluso de que comenzara la competencia, un incidente público entre Fátima Bosch, representante de México, y Nawat, un funcionario local, dejó en evidencia la tensión que se respiraba detrás del telón.
La confrontación, que incluyó insultos y la amenaza de expulsión para Fátima, fue un claro indicio de los problemas de gestión y respeto dentro de la organización.

La reacción de las concursantes, que apoyaron a Fátima y rechazaron el trato autoritario, fue un acto de valentía que marcó el tono del certamen.
Incluso la actual Miss Universo 2024 se pronunció en defensa de Bosch, una postura poco común en un ambiente donde la diplomacia y la corrección política suelen prevalecer.
Uno de los momentos más reveladores fue la renuncia pública de Omar Harfou, juez internacional del certamen, quien denunció la falta de transparencia en la selección de finalistas.
Según Harfou, existía un grupo no oficial que tomaba decisiones sobre quiénes avanzaban en la competencia, incluso antes de las preliminares.
Esta manipulación, que incluía instrucciones explícitas sobre cómo votar, socavó la legitimidad del concurso y generó un clima de desconfianza entre participantes y público.
La salida de otros miembros del jurado y la exclusión inexplicada de figuras como la princesa Camila de Borbón aumentaron la sensación de caos y falta de control.
La organización parecía avanzar como una obra teatral con un guion ya escrito, donde la espontaneidad y la justicia habían quedado relegadas.
La final mantuvo el brillo visual característico de Miss Universo, pero la tensión era palpable.
Las respuestas de las finalistas mostraron diferencias notables: mientras algunas ofrecieron discursos profundos y bien estructurados, otras, como Fátima Bosch, optaron por mensajes más simbólicos y políticos, lo que generó debates sobre la preparación y el favoritismo.
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La elección final entre México y Tailandia, con la victoria de Fátima Bosch, fue recibida con emociones intensas pero también con susurros de favoritismo y dudas sobre la equidad del proceso.
El acompañamiento especial que Bosch recibió durante el certamen alimentó especulaciones sobre un trato preferencial, aunque no se presentaron acusaciones formales.
Más allá de la corona, el ambiente interno del certamen fue descrito por varias participantes como tóxico y discriminatorio.
Testimonios revelaron que se juzgaba a las concursantes no solo por su desempeño, sino también por su vida personal, decisiones sobre pareja y maternidad, lo que afectó la moral y la confianza de muchas.
El accidente de Miss Jamaica, que sufrió una caída grave en el escenario y fue ignorada por la organización, evidenció la falta de cuidado y respeto hacia las participantes.
Este episodio fue un punto de quiebre que reflejó la crisis profunda que enfrentaba Miss Universo.
La figura de Raúl Rocha Cantú, empresario mexicano y CEO parcial del certamen, se volvió central en las controversias.
Su historial empresarial, marcado por conflictos y una tragedia en un casino que dejó decenas de muertos, junto con acusaciones laborales y contratos millonarios vinculados a familiares de Bosch, generaron un clima de sospecha y cuestionamientos sobre la gestión del concurso.

La orden de arresto internacional contra Rocha por presuntos vínculos con el crimen organizado, aunque no confirmada oficialmente, añadió un nuevo nivel de incertidumbre y crisis a la organización.
Miss Universo 2025 dejó una sensación amarga y una herida profunda en la historia del certamen.
Lo que alguna vez fue un sueño colectivo, una plataforma para empoderar y celebrar la belleza y la diversidad femenina, se transformó en un espectáculo marcado por la manipulación, la falta de transparencia y la pérdida de valores fundamentales.
Fátima Bosch, con su corona, representa no solo el triunfo personal, sino también el peso de un sistema que parece necesitar una renovación urgente.
La batalla por recuperar la confianza del público y la dignidad de las concursantes es ahora el verdadero desafío para Miss Universo.