Benny Moré, conocido como “El Bárbaro del Ritmo”, fue una de las voces más poderosas y emblemáticas de la música cubana, cuya influencia trascendió las fronteras de su país natal para conquistar América Latina y Estados Unidos.

Sin embargo, detrás de su éxito y carisma se escondía una vida marcada por la pobreza, los excesos y una lucha constante con sus propios demonios, que finalmente lo condujeron a una muerte prematura a la edad de 43 años.
Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació el 24 de agosto de 1919 en Santa Isabel de las Lajas, Cuba, en una familia campesina humilde, siendo el mayor de 18 hermanos.
La pobreza extrema marcó su infancia: varios de sus hermanos no sobrevivieron a la niñez.
Su linaje también llevaba una historia profunda y dolorosa, pues su tatarabuelo materno era hijo de un rey de una tribu congolesa, capturado y vendido como esclavo en Cuba.
Esta herencia africana, según muchos, fue la raíz del ritmo natural que caracterizó su música.
Desde muy pequeño, Benny mostró una inclinación natural hacia la música.
A los seis años construyó su primera guitarra con madera y alambre, un instrumento rudimentario que le permitió comenzar a explorar su don.
Sin embargo, la necesidad lo llevó a dejar la escuela y trabajar en los campos de caña de azúcar para ayudar a su familia.
A los 17 años, Benny tomó la valiente decisión de abandonar su pueblo y mudarse a La Habana con solo su guitarra y un sueño.
La ciudad capital fue dura y despiadada: vivió en la calle, vendiendo frutas en mal estado y hierbas medicinales, durmiendo donde podía y comiendo lo que encontraba.
Por las noches, cantaba en bares, cafés y burdeles, muchas veces para prostitutas y sus clientes, simplemente para sobrevivir.
Su destino cambió cuando fue descubierto por Ciro Rodríguez, del trío Matamoros, en un bar llamado El Templete.
Cuando Miguel Matamoros enfermó antes de una presentación radial, Benny fue llamado para reemplazarlo, y nunca más se separó del trío que lo acogió como a un hijo.
Miguel Matamoros no solo le enseñó música, sino también disciplina y modales, preparándolo para el mundo artístico que apenas comenzaba a conocer.
En 1945, Benny viajó a México, donde adoptó su nombre artístico en honor a Benny Goodman y comenzó a construir su leyenda como “El Bárbaro del Ritmo”.
Allí conoció a Dámaso Pérez Prado, el rey indiscutible del mambo, quien se convirtió en su mentor y colaborador.
Juntos grabaron canciones históricas como “Pachito Eché” y “Bábara Batiri”.
Fue Jesús Chucho Rodríguez, director de orquesta mexicano, quien le otorgó el apodo que lo acompañaría para siempre tras verlo actuar.
La vida personal de Benny fue tan intensa y caótica como su música.
Tuvo varios romances y matrimonios que reflejaron su naturaleza apasionada y conflictiva.
Su primer matrimonio fue con Juana Margarita Bocanegra Durán, una enfermera mexicana que comprendía sus exigencias artísticas.
Durante esa etapa, Benny compuso algunas de sus canciones más hermosas, como “Bonito y Sabroso”.
Sin embargo, su corazón inquieto y su temperamento explosivo provocaron conflictos.
Tuvo una relación extramatrimonial con una empleada doméstica, con quien tuvo una hija, situación que puso a prueba la fortaleza de Juana, quien decidió perdonarlo.
Más tarde, se casó con Noraida Rodríguez Cool, una bailarina cubana con quien tuvo dos hijos.
Su última esposa fue Iraida Castillo Rosel, quien intentó salvarlo cuando su salud ya estaba deteriorada.
Entre sus relaciones más profundas se destacó la amistad con Bola de Nieve, su hermano del alma y confidente, quien lo apoyó en momentos difíciles, incluso ayudándolo a salir de prisión en Venezuela tras un altercado con un promotor que intentó engañarlo.
A pesar de su éxito, Benny nunca pudo escapar de sus demonios.
Su temperamento, los celos, la violencia y el abuso del alcohol marcaron su vida.
Sufría de cirrosis hepática severa debido a años de consumo excesivo de alcohol y bebidas típicas como el zaoco.
Los médicos le advirtieron que debía dejar de beber o moriría, pero su adicción y su espíritu autodestructivo hicieron que no abandonara sus excesos.
Aun así, Benny se negó a cancelar sus presentaciones, incluso cuando su salud estaba en franco deterioro.
Llegaba tarde a sus shows a propósito, para observar cómo lo esperaban y confirmarse que aún era amado por el público.
En sus últimos meses, su obsesión por la perfección musical se intensificó, repitiendo canciones decenas de veces hasta lograr la interpretación exacta que tenía en su mente.
El 17 de febrero de 1963, en Palmira, cerca de su pueblo natal, Benny sufrió una ruptura catastrófica de várices esofágicas, lo que le causó un sangrado masivo.
A pesar de vomitar sangre, se limpió la boca, se arregló la ropa y subió al escenario para dar su última actuación con una intensidad desgarradora, cantando sobre el dolor y el perdón.

Dos días después, el 19 de febrero de 1963, Benny Moré falleció en La Habana a la edad de 43 años.
Su cuerpo no resistió más.
La tragedia final fue la soledad con la que murió: sus esposas peleaban por la herencia, sus hijos estaban dispersos y sus excesos lo habían alejado de muchos amigos.
La muerte de Benny Moré fue un golpe para Cuba y el mundo de la música tropical.
Los cabarets de La Habana cerraron en señal de duelo, y miles de personas acudieron a su funeral para despedir al hombre que hizo bailar y llorar a toda una nación.
Su vida, llena de genialidad musical y autodestrucción, es un recordatorio de que la fama y el talento no protegen a nadie del dolor ni de las adicciones.
Benny Moré fue un genio del ritmo, un hombre que vino de la pobreza más extrema para conquistar América con su voz y su carisma, pero que también fue humano, vulnerable y marcado por sus propias batallas internas.
Su historia es una mezcla de luz y sombra, un legado imborrable que sigue inspirando y emocionando a quienes aman la música latina.