Octavio Mesa Gómez fue una figura emblemática de la música parrandera antioqueña, conocido popularmente como “El Rey de la Parranda”.
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Su vida, marcada por éxitos musicales y excesos personales, es un reflejo de la dualidad entre la fama y la fragilidad humana.
Este artículo explora su trayectoria artística, su legado cultural y el triste final de un hombre que, a pesar de su inmenso talento, terminó enfrentando dificultades económicas y personales.
Nacido el 4 de agosto de 1933 en Santa Rosa de Osos, Antioquia, Octavio Mesa creció en el barrio Manrique de Medellín, un entorno obrero donde las tradiciones rurales y la música popular moldearon su carácter y estilo.
Desde niño mostró un talento natural para el canto, participando en actos escolares y ganando concursos a una edad temprana.
Su primera composición, “Mi Rival”, escrita a los 15 años tras una traición amorosa, reveló desde temprano su habilidad para transformar emociones cotidianas en música auténtica y cercana.
Esta capacidad de narrar historias de la vida rural con humor, drama y sinceridad sería la base de su carrera.
La música parrandera, un género festivo y profundamente antioqueño, comenzó a consolidarse en los años 50.
Aunque no fue el creador del estilo, Mesa fue quien le dio un giro fresco y comercial, incorporando letras picarescas, dobles sentidos y un humor directo que conectó con el público popular.
Su voz, descrita como “de cantina” y “de camino de mulas”, era inconfundible y reflejaba la vida rural sin idealizaciones.
Canciones como “Los Relajos del Arriero” se convirtieron en himnos de las parrandas, reflejando la cultura campesina con sus excesos, bromas y crudeza.
Octavio Mesa no solo fue un cantante; fue un cronista de la vida campesina antioqueña.
Sus letras reflejaban el habla cotidiana, las tradiciones y el humor popular, muchas veces rechazando el decoro social para mostrar la realidad sin filtros.
Esta autenticidad le valió tanto admiradores como críticas, pero nunca renunció a su estilo.
Artistas contemporáneos como Juanes han reconocido la influencia de Mesa en su propia música, destacando el valor cultural de la parrandera y su importancia en la identidad paisa.
La colaboración entre ambos artistas, aunque incompleta, simboliza un puente entre generaciones y géneros musicales.
A pesar de su éxito y popularidad, Octavio Mesa nunca alcanzó estabilidad económica.
Como muchos músicos rurales de su época, tuvo que complementar sus ingresos con trabajos diversos, desde arriero hasta conductor de camión.
En sus últimos años, vivió modestamente en Medellín, pagando arriendo y subsistiendo con una pensión limitada.
Su vida personal estuvo marcada por la lucha constante entre el esfuerzo artístico y la precariedad económica.
Aun así, mantuvo una actitud alegre, franca y sin pudor, reflejada en sus canciones y presentaciones.
En 2005, durante las celebraciones del cumpleaños de Medellín, Octavio Mesa tuvo uno de los momentos más grandes de su carrera al presentarse ante más de 100,000 personas, invitado por Juanes.
Sin embargo, su último álbum, apoyado por el sello discográfico de Juanes, nunca llegó a publicarse, dejando un capítulo inconcluso en su historia.
Octavio Mesa falleció el 12 de marzo de 2007 en Medellín a los 73 años, víctima de una falla cardíaca agravada por complicaciones renales.
Su partida fue profundamente sentida en la cultura popular antioqueña, aunque no sacudió el género que ayudó a definir.
Aunque su muerte cerró un capítulo, la música parrandera y la influencia de Octavio Mesa continúan vivas en la memoria colectiva de Antioquia.
Sus canciones siguen sonando en cantinas, reuniones familiares y fiestas tradicionales, manteniendo la risa, la irreverencia y la identidad cultural que él representó.
Su hijo Robinson Mesa ha asumido la responsabilidad de preservar y defender este legado, asegurando que la parrandera siga siendo fiel a sus raíces, sin suavizar su esencia auténtica.

La vida de Octavio Mesa es un testimonio de la compleja relación entre la fama, la cultura popular y las realidades económicas.
Fue un hombre que entregó su voz y su talento sin reservas, narrando con crudeza y humor la vida rural antioqueña.
Aunque terminó sus días en la pobreza y pagando arriendo, su legado artístico permanece imborrable, resonando en generaciones y en la identidad musical de Colombia.
Octavio Mesa, el Rey de la Parranda, no solo fue un músico; fue la voz de un pueblo, un cronista de sus alegrías y penas, y una figura que, pese a las adversidades, logró dejar una huella indeleble en la historia de la música popular colombiana.