Alejandro Ciangherotti Erbelia, nacido en Buenos Aires, Argentina, el 12 de noviembre de 1912, es recordado como uno de los actores más emblemáticos del cine mexicano, especialmente por sus papeles de villano que marcaron la Época de Oro del cine nacional.
Sin embargo, detrás de la imponente presencia en pantalla y la admiración del público, se escondía una vida llena de conflictos familiares, tensiones con sus cuñados y un legado complejo que aún hoy genera controversia y admiración.
Aunque muchos lo consideraban mexicano, Alejandro llegó a México siendo apenas un joven, probablemente en su adolescencia tardía o principios de sus veinte años.
Proveniente de una familia de actores viajeros, comenzó su carrera en las carpas teatrales itinerantes que recorrían América Latina, llevando espectáculos a barrios obreros y pequeñas ciudades.
Este estilo de vida nómada marcó su juventud y le permitió desarrollar su talento en un ambiente artístico lleno de desafíos.
En 1926, con poco más de 20 años, debutó en la pantalla grande con la película “The Heart of Glory”, una producción mexicano-estadounidense.
Su atractivo, carisma y voz suave comenzaron a llamar la atención, aunque su camino hacia la fama fue lento y lleno de obstáculos.
Un punto crucial en la vida de Alejandro fue su matrimonio con Mercedes Díaz Pavia, la menor de los legendarios hermanos Soler, una familia que dominó el cine mexicano durante décadas.
Los Soler eran conocidos por su talento, unión familiar y fuerte protección hacia sus miembros, especialmente hacia Mercedes, su hermana menor.
Desde el inicio, Alejandro enfrentó la desaprobación de sus cuñados, quienes lo consideraban un extraño y dudaban de su capacidad para cuidar a Mercedes.
A pesar de estas tensiones, la pareja tuvo tres hijos, entre ellos Fernando Ciangherotti, quien más tarde adoptaría el nombre artístico Fernando Luján y se convertiría en una figura destacada del cine y la televisión mexicana.
Alejandro Ciangherotti se especializó en papeles secundarios y antagonistas, construyendo una sólida carrera como actor de carácter.
Su papel más icónico fue el de “El Coyote” en la película “Los tres huastecos”, donde interpretó al villano que enfrentaba a Pedro Infante.
Esta actuación lo inmortalizó como uno de los antagonistas más memorables de la Época de Oro.
A pesar de su talento, nunca logró papeles protagónicos o románticos, lo que le generó frustración.
Mientras sus cuñados alcanzaban la fama y el reconocimiento, Alejandro trabajaba constantemente pero sin recibir el mismo nivel de oportunidades.
Sin embargo, su profesionalismo y disciplina le permitieron mantener una carrera respetable y duradera.
La relación con los hermanos Soler fue una fuente constante de conflicto.
Los cuñados no solo lo despreciaban a él, sino que también proyectaban esa animadversión hacia sus hijos, quienes decidieron adoptar apellidos artísticos diferentes para distanciarse de la hostilidad familiar.
Alejandro, sin embargo, siempre defendió a su esposa y trató de mantener la unidad familiar a pesar de las dificultades.
Mercedes, por su parte, siempre sostuvo que Alejandro no era el monstruo que su imagen cinematográfica o sus cuñados querían hacer creer.
Ella defendió su buen trato hacia ella y sus hijos, describiéndolo como un padre protector y un esposo cariñoso.
La muerte de Mercedes en 1971 por trombosis fue un golpe devastador para Alejandro.
Dos años después, decidió rehacer su vida casándose con Margarita Díaz Mora, una joven escritora con una diferencia de edad notable, lo que generó controversias y críticas, incluso por parte de figuras como Mario Moreno “Cantinflas”.
Alejandro Ciangherotti falleció el 29 de agosto de 1975, a los 64 años, dejando un legado de más de 50 películas y casi 20 telenovelas.
Fue sepultado en la sección de actores del Panteón de la Ángel en la Ciudad de México.
Aunque su carrera estuvo marcada por la sombra de sus cuñados y el encasillamiento en papeles de villano, Alejandro Ciangherotti dejó una huella imborrable en la historia del cine mexicano.
Su habilidad para interpretar personajes complejos y su dedicación al arte fueron reconocidos por el público y colegas.
Su vida, llena de éxitos y desafíos, refleja las complejidades del mundo artístico, donde el talento a menudo debe enfrentarse a rivalidades y prejuicios.
Alejandro fue un hombre que amó profundamente a su familia y luchó por mantenerla unida, a pesar de las adversidades.
Hoy, su legado vive no solo en sus películas, sino también en la trayectoria de sus hijos, quienes continuaron su pasión por la actuación, demostrando que el arte y la perseverancia pueden trascender generaciones.