La música ranchera mexicana es un patrimonio cultural que ha dado voz a grandes leyendas, muchas de ellas formadas por duetos de hermanas que conquistaron al público con sus voces únicas y emotivas.

Entre estos destacan dos parejas inolvidables: Las Gilguerillas y Las Hermanitas Huerta.
Ambas formaciones no solo marcaron la historia musical de México, sino que también vivieron historias personales llenas de esfuerzo, amor y tragedia que conmueven hasta el día de hoy.
La historia de Las Gilguerillas comienza en un pequeño rincón de Michoacán, donde Amparo e Imelda Higuera Juárez crecieron trabajando en el campo junto a su padre Felipe.
Sin haber pisado nunca una escuela, estas dos niñas tenían un don natural para la música, que descubrían cantando mientras realizaban las labores agrícolas.
Una noche, en una fiesta local, sorprendieron a todos con su voz ranchera.
Fue entonces cuando el dueto América, ya conocido en ese tiempo, las invitó a profesionalizar su talento.
Con la guía de maestros como Gilberto Parra y Cornelio Reina, Amparo se convirtió en la voz principal, mientras Imelda aportaba armonía y profundidad, creando un estilo único que las haría famosas.
El nombre “Las Gilguerillas” fue un apodo cariñoso de su madre, inspirado en el canto dulce del gilguero.
En 1955 lanzaron su primer álbum, con canciones que rápidamente se convirtieron en himnos, como “Chaparrita Consentida” y “Debe Ser”.
Su música llegó a todas las radios y conquistaron no solo México, sino también Estados Unidos y Centroamérica, donde sus giras eran recibidas con entusiasmo por las comunidades hispanas.

Durante 66 años, más de 20 álbumes y numerosas colaboraciones con leyendas como José José y Juan Gabriel, Las Gilguerillas brillaron también en el cine mexicano.
Sin embargo, la vida no estuvo exenta de dolor: en 2004, Imelda falleció, dejando a Amparo devastada y en silencio por casi tres años.
Gracias al apoyo de Mercedes Castro, Amparo retomó su carrera, extendiendo el legado de Las Gilguerillas hasta 2016.
Amparo falleció en 2021, pero su voz y la de Imelda siguen vivas en la memoria del público, recordándonos que las verdaderas leyendas nunca mueren, solo cambian de escenario.
La historia de Luz y Aurora Huerta, originarias de Tampico, Tamaulipas, es igualmente conmovedora.
Huérfanas de madre desde niñas, encontraron en el canto un refugio y una forma de superar el dolor.
Luz, con su voz brillante y melódica, y Aurora, con su segunda voz cálida y firme, formaron un dúo inseparable.
Su carrera comenzó con concursos locales y un triunfo en la estación XCF de Tampico que marcó su salto profesional.
Para evitar confusiones con otro dúo homónimo, adoptaron los nombres artísticos Luz y Lucero, iniciando así una nueva etapa.
Se trasladaron a la Ciudad de México, donde ganaron popularidad en programas como “Noches Tapatías” y conquistaron al público con su presencia magnética y su impecable sincronía vocal.
El compositor Felipe Valdés Leal les brindó canciones que hablaban del dolor y la resistencia del pueblo mexicano, convirtiéndolas en himnos populares.
Con el apoyo del promotor Jesús Delgado, llevaron su música a las comunidades mexicanas en Estados Unidos, donde llenaban auditorios y emocionaban a sus seguidores.
No obstante, la vida en la carretera fue dura: viajes constantes, agotamiento físico y emocional, y una vida personal sacrificada sin matrimonios ni hijos.
A pesar de su éxito, la fama las atrapó en una rutina implacable que las llevó al desgaste.
Con el paso del tiempo y la llegada de nuevos artistas, Luz y Aurora fueron quedando en el olvido.
Pasaron sus últimos días en la Casa del Actor, un asilo para artistas retirados, siempre juntas.
La muerte de Aurora en 2019 quebró a Luz, quien falleció apenas 14 meses después, simbolizando el fin de una unión inseparable.
Las historias de Las Gilguerillas y Las Hermanitas Huerta son un testimonio del poder del amor fraternal y la pasión por la música ranchera.
Ambas parejas compartieron no solo el escenario, sino también la vida, enfrentando juntos el éxito, la fama y la pérdida con una entrega absoluta.

Aunque sus voces ya no se escuchan en vivo, su música sigue viva en las fiestas, en los mariachis y en el corazón de quienes las recuerdan.
Son un ejemplo de cómo el verdadero éxito no se mide solo en aplausos o discos vendidos, sino en la conexión profunda con el público y en el amor incondicional que se tienen entre ellas.
Estas leyendas mexicanas nos enseñan que, a pesar de las adversidades, el arte y el amor pueden trascender el tiempo y la muerte, dejando un legado eterno que sigue inspirando a nuevas generaciones.