¿Qué está pasando con los padres de Mario Pineida ?

La violencia en Ecuador ha dejado innumerables víctimas, pero algunas historias trascienden el impacto inmediato de un titular y revelan heridas mucho más profundas.

Vụ sát hại Mario Pineida hé lộ mặt tối ngoài sân cỏ | Znews.vn
La muerte de Mario Pineida no solo estremeció al fútbol ecuatoriano, sino que también marcó de forma irreversible la vida de sus padres.

Aquella mañana cualquiera en una calle de Guayaquil, los disparos no solo apagaron la vida de un futbolista profesional, sino que destruyeron el equilibrio de una familia que había construido su historia alrededor del esfuerzo, el silencio y la esperanza.

 

Mario Pineida no era una figura fabricada por el espectáculo ni por el marketing.

Su carrera se forjó lejos del escándalo, con constancia y trabajo sostenido.

Desde joven entendió que el fútbol no era solo talento, sino disciplina, sacrificio y carácter.

Criado en un entorno donde el deporte representaba una oportunidad y no un lujo, Mario avanzó paso a paso hasta consolidarse como lateral, una posición ingrata para el aplauso, pero fundamental para el funcionamiento de cualquier equipo.

 

Su paso por clubes importantes, especialmente por Barcelona Sporting Club, lo colocó en el radar nacional.

Vestir esa camiseta implicaba una presión constante y una exigencia que no todos podían sostener.

Mario lo hizo sin estridencias, con una actitud casi laboral.

Entraba al campo concentrado, cumplía su función y regresaba a casa con la misma discreción con la que había salido.

Incluso cuando fue convocado a la selección ecuatoriana, nunca buscó protagonismo.

Para él, cada logro tenía un destinatario claro: sus padres.

 

En múltiples ocasiones dejó en evidencia que su mayor orgullo no era la fama, sino poder retribuir el apoyo incondicional de su familia.

Su madre, en particular, ocupaba un lugar central en su vida.

Quién fue Mario Pineida y cómo su fallecimiento sacudió al fútbol  ecuatoriano - El Comercio
Era la figura que sostenía emocionalmente los momentos de duda, la que acompañaba los procesos largos y las frustraciones silenciosas.

Ella no exigía títulos ni reconocimiento, solo honestidad, esfuerzo y respeto.

Ese amor sin condiciones moldeó profundamente el carácter de Mario.

 

El padre, por su parte, siempre permaneció fuera del foco público.

No por ausencia, sino por elección.

Su presencia era silenciosa, firme, constante.

En muchas familias, ese tipo de acompañamiento no necesita palabras.

Era un equilibrio claro: una madre emocionalmente presente y un padre observador, creando un entorno de estabilidad donde el fútbol se entendía como trabajo y no como fantasía.

 

Todo ese mundo construido durante años se quebró de manera abrupta.

El día del ataque, la violencia irrumpió sin aviso.

Según los reportes oficiales, Mario Pineida fue víctima de un ataque armado en plena vía pública.

Los disparos, la confusión y el pánico transformaron un espacio cotidiano en un escenario de terror.

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Mario recibió impactos de bala que le causaron heridas de extrema gravedad.

A pesar de los intentos por auxiliarlo y trasladarlo de urgencia a un centro médico, su estado era crítico desde el primer momento.

Minutos después, se confirmó su fallecimiento.

 

La tragedia no terminó con su muerte.

En el mismo ataque, su madre también resultó herida.

Se encontraba cerca, compartiendo un instante cotidiano, sin imaginar que ese momento se convertiría en la peor pesadilla de su vida.

Fue trasladada de emergencia, consciente, pero profundamente afectada.

No solo cargaba con las heridas físicas, sino con el impacto psicológico de haber presenciado el ataque que le arrebató a su hijo.

 

Ese detalle convierte esta historia en algo más que un caso policial.

No se trató únicamente de una vida perdida, sino de una familia golpeada en su núcleo más íntimo.

Mientras las autoridades iniciaban investigaciones y hablaban de hipótesis en un contexto de inseguridad creciente, los padres de Mario quedaron sumidos en un silencio devastador.

El padre recibió la noticia a la distancia, con una sensación de irrealidad imposible de procesar.

Para la madre, cada recuerdo de ese día quedó grabado con una nitidez dolorosa.

El fútbol ecuatoriano lamenta el fallecimiento de Mario Pineida

El funeral de Mario Pineida fue un acto cargado de quietud y respeto.

No hubo gestos grandilocuentes, solo incredulidad y dolor.

Compañeros, amigos y personas anónimas se acercaron a despedirlo, pero para sus padres ese momento no fue público ni mediático.

Era el instante en el que debían aceptar lo inaceptable.

La madre, aún con heridas visibles, caminaba sostenida por otros, con la mirada ausente.

El padre permaneció en silencio, observando el féretro como si esperara un desenlace distinto.

 

Después del funeral llegó el tramo más duro: el regreso a la vida cotidiana.

La casa se llenó de silencios, de recuerdos que aparecían sin aviso.

La madre enfrentó una doble recuperación.

Mientras su cuerpo sanaba lentamente, su mente revivía una y otra vez el instante del ataque.

Los sonidos repentinos, los espacios públicos y hasta las imágenes en televisión se convirtieron en detonantes.

Sobrevivir al mismo episodio que terminó con la vida de su hijo la colocó en una contradicción constante entre la gratitud por seguir viva y la culpa por haberlo perdido.

Lamentable, se filtró el video del momento donde ocurrió el ataque armado a Mario  Pineida

El padre procesó el duelo desde otro lugar.

Su dolor se expresó en el aislamiento y en la ausencia de planes.

El tiempo parecía detenido.

La relación entre ambos padres también se vio afectada.

El duelo no siempre une de la misma manera.

Hubo cansancio emocional, incomprensión y silencios prolongados.

Cada uno atravesaba la pérdida a su propio ritmo, intentando sostener al otro sin saber cómo hacerlo.

 

Con el paso de los meses, no llegó el olvido, pero sí una forma distinta de convivencia con el dolor.

La memoria de Mario se transformó en un punto de encuentro.

Hablar de él en presente, conservar objetos, visitar lugares significativos se volvió una manera de mantenerlo cerca.

Seguir adelante no significó cerrar la herida, sino aprender a caminar con ella.

 

La historia de Mario Pineida no terminó con su muerte.

Continúa en la vida de sus padres, en cada gesto cotidiano, en cada respiración profunda antes de salir a la calle, en cada silencio cargado de significado.

Para ellos, Mario no es una estadística ni un titular más.

Es la ausencia más grande de sus vidas.

 

Este caso recuerda que detrás de cada tragedia que aparece en las noticias hay familias que siguen viviendo cuando las cámaras se apagan.

Padres y madres que no eligieron ser parte de una historia pública, pero que cargan con un dolor eterno.

La violencia no solo mata cuerpos; también deja vidas suspendidas en un antes y un después del que nunca se regresa por completo.

 

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