Durante años, la figura de Yeison Jiménez fue construida ante el público como la de un artista fuerte, exitoso e imparable, un referente de la música popular colombiana que parecía blindado frente a las grietas que suele dejar la fama.
Sin embargo, esa imagen comenzó a resquebrajarse cuando Juan Fernando Fonseca decidió hablar.
No lo hizo desde el escándalo ni desde la confrontación directa, sino desde un lugar íntimo, humano y profundamente incómodo.
Sus palabras no buscan alimentar teorías, pero sí obligan a mirar más allá de la versión oficial y a escuchar aquello que durante mucho tiempo quedó atrapado en silencios.
Fonseca revela a un Yeison Jiménez muy distinto al personaje público.
Un hombre sensible, reflexivo, consciente del peso que cargaba y del precio emocional que exige sostener el éxito.
Lejos de los reflectores, las conversaciones entre ambos no giraban en torno a cifras, premios o estrategias, sino sobre cansancio, decisiones difíciles y una presión constante que parecía no dar tregua.
Yeison no hablaba desde el miedo, sino desde una serenidad inquietante, como alguien que había aprendido a convivir con la idea de lo finito.
Uno de los elementos que más impactan en el testimonio es la relación de Yeison con los viajes aéreos.
Cada vez que debía subirse a una avioneta, algo en él cambiaba.
Su mirada se volvía más profunda, su silencio más elocuente.
Fonseca recuerda llamadas previas a esos viajes, conversaciones que en su momento parecían simples, pero que hoy pesan como presagios.
Yeison expresaba la necesidad de dejar claro que todo lo que había hecho en su carrera nacía del amor por la música y por la gente que lo acompañó desde el inicio.

No eran despedidas explícitas, pero sí palabras suspendidas en el aire, cargadas de una honestidad que solo se comprende con el tiempo.
Fonseca intentaba alivianar el tono, llevar la charla hacia terrenos más optimistas, pero confiesa que algo dentro de él quedaba inquieto.
Con los años entendió que Yeison guardaba más de lo que decía, que elegía cuidadosamente qué emociones mostrar y cuáles callar para no generar ruido.
El accidente que terminó con su vida dio un giro brutal a esas memorias.
Las últimas conversaciones, aparentemente normales, adquirieron un significado distinto.
Hablaban de proyectos, del agotamiento acumulado, de lo rápido que pasa la vida cuando uno se entrega por completo.
Cuando la noticia comenzó a circular, Fonseca sintió que el mundo se detenía, obligándolo a repasar cada frase, cada llamada, cada silencio que ahora cobraba otro peso.
Lejos de alimentar teorías oscuras, Fonseca insiste en que Yeison tenía una relación serena con la idea de la muerte.
No la buscaba ni la temía, pero tampoco la negaba.
Lo que realmente le pesaba era la posibilidad de partir con asuntos pendientes, con verdades no dichas y emociones inconclusas.
Esa sensibilidad, según él, era la misma que le permitía conectar de manera tan profunda con su público.

Yeison Jiménez no cantaba desde un personaje.
Cantaba desde la vida real, desde el cansancio, desde las cicatrices propias y ajenas.
Por eso sus canciones tocaban fibras tan profundas.
En el escenario no se subía a lucirse, sino a vaciarse por completo, como si cada presentación fuera un acto de lealtad y, al mismo tiempo, una despedida silenciosa.
Esa entrega absoluta lo llevó a llenar escenarios impensables y a abrir caminos nuevos para la música popular colombiana.
Fonseca recuerda con claridad el día en que Yeison llenó el estadio El Campín en solitario.
Detrás del logro histórico, vio a un hombre emocionado, agradecido, pero también agotado.
Le confesó que todo había valido la pena, pero ese cansancio no desaparecía.
Vivía entre aeropuertos, camerinos y carreteras, siempre adelantado al siguiente compromiso, obsesionado con cumplirle a su público incluso cuando su cuerpo pedía frenar.
Las charlas nocturnas, lejos del ruido, eran espacios de verdad.
Yeison hablaba de lo rápido que iba todo, de la sensación de que la vida le estaba pasando factura antes de tiempo.
Fonseca intentaba recordarle que hasta los más fuertes necesitan detenerse, pero Yeison parecía sentir que su destino no estaba hecho para la pausa.

Días antes de su muerte, le confesó estar exhausto, consciente de que su cuerpo comenzaba a cobrarle la factura. Aun así, no se permitía fallar.
Cada concierto era un compromiso sagrado. Cada persona que compraba una entrada merecía lo mejor de él.
Esa mentalidad, admirable y peligrosa a la vez, fue parte esencial de quien era.
Tras su partida, el país no solo perdió a un cantante.
Perdió una voz que representaba a muchos, un hombre salido del barrio que construyó su camino sin atajos, con disciplina, constancia y una honestidad que nunca negoció.
Sus canciones comenzaron a escucharse distinto, como si hubieran estado dejando pistas de una despedida que nadie quiso ver.
Juan Fernando Fonseca no recuerda a Yeison como un titular, sino como un ser humano exigente consigo mismo, obsesivo con los detalles y profundamente leal a su gente.
Un artista que entendía que la fama es frágil y que lo único que permanece es lo que se hace con el corazón.
Hoy, su voz ya no suena en los escenarios, pero su legado sigue vivo en cada persona que encontró consuelo, fuerza y verdad en sus canciones.
Porque Yeison Jiménez no se fue en silencio.
Se quedó en la memoria colectiva, en las letras que siguen resonando y en las historias que, poco a poco, comienzan a contarse sin maquillaje.